La voz que no cesa de Ramón Boldú y Ramón Pereira

Con motivo del 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, que tuvo lugar en 2017, Astiberri puso en marcha una edición ampliada, con prólogo de Joan Manuel Serrat, de La voz que no cesa, la biografía sobre Miguel Hernández que Ramón Pereira y Ramón Boldú publicaran allá por 2013 en la desaparecida Editores de Tebeos.

A priori, se trata de una potente combinación, la de los dos Ramones, que solo puede deparar grandes hallazgos. Por una parte, Ramón Boldú es un veterano en el mundo del cómic, con una solvente trayectoria, que desde los 90 se ha desmarcado como uno de los pioneros en España del cómic autobiográfico, con títulos como Los sexcéntricos, Bohemio pero abstemio, Memorias de un hombre de segunda mano, El arte de criar malvas o Sexo, amor y pistachos. Por otra, Ramón Pereira consigue en una obra como es la biografía de Miguel Hernández aunar sus dos grandes pasiones: los cómics, donde ha escrito guiones para las revistas Gothiclands, Boom o La Cripta ‒además de ser miembro de la Asociación de Autores de Cómic de España‒, y la poesía, género en el que ha publicado diversos poemarios colectivos como Trece puertas o Versolabios y espaminostas, con el grupo Taula Kabish, o Hachís (Poesía 2005-2011) en solitario.

Como en cualquier obra biográfica, la narración acerca de la vida de Miguel Hernández sigue una estructura cronológica, que va desde su nacimiento a su muerte. El punto de unión de todo el relato es el diálogo que el propio poeta sostiene, desde presidio, con un gorrión que está posado en la ventana de su celda, en una clara referencia a su relato inacabado El gorrión y el prisionero. El punto de vista es autobiográfico: es el autor oriolano quien nos narra su propia vida, volviendo la vista atrás, haciendo un repaso de los acontecimientos más importantes de su vida, como quien sabe que el final está próximo y que tiene que saldar cuentas consigo mismo. A lo largo de toda la historia hay recurrentes saltos al presente, momento de la narración, que nos permite contrastar la situación del escritor en ambos momentos.

Es evidente el exhaustivo trabajo de documentación que hay no ya solo sobre la vida de Miguel Hernández sino sobre todo su entorno, consiguiendo recrear todo el período previo a la Guerra Civil. A través del testimonio del escritor seremos testigos de su temprana formación ‒en gran parte autodidacta‒, de los conflictos con su padre ‒que prefería que no perdiera el tiempo con las letras y se dedicara a sus cabras‒, de su vida amorosa y de sus idas y venidas de Orihuela a Madrid, donde entra en contacto con algunos de los intelectuales más importantes de su época: Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pablo Neruda o Juan Ramón Jiménez. La sucesión de anécdotas está muy bien enlazada y nos permite descubrir la evolución de Miguel Hernández, a nivel humano y literario, así como poner de manifiesto la enorme pasión que sentía por la escritura, por la poesía y por el teatro al tiempo que se describe con todo lujo de detalles el contexto en que se desarrolló.

Lo primero que llama la atención nada más comenzar a leer La voz que no cesa es el tremendo lirismo que desprenden muchas de sus páginas. En la primera escena encontramos a Miguel Hernández en su celda, atravesado por ese rayo que no cesa, cual místico a lo San Juan de la Cruz, y unos versos de ese poema, El rayo que no cesa, que al mismo tiempo sirven para dar título al volumen. Esta composición nos da una idea de la importancia que tendrá la obra poética del protagonista del relato dentro de la historia. Los dos Ramones consiguen encajar algunos de sus textos más relevantes en cada una de sus periodos vitales. No es solo que se recreen las situaciones en las que se componen esos poemas sino que se convierten en un elemento narrativo fundamental dentro de la trama. Así, encontraremos fragmentos de enorme trascendencia con una altísima carga simbólica como el mencionado El rayo que no cesa, Perito en lunas, la famosa elegía a su amigo Ramón Sijé, o las «Nanas de la cebolla».

A nivel gráfico, la obra tiene el estilo característico de Boldú, con la influencia del undeground americano de la década de los setenta, que se deja ver en esas viñetas cargadas de texto abigarrado. El estilo del dibujo tiende a la estilización, un tanto inocente, a ratos caricaturizado que aporta un fuerte contraste al trasfondo desventurado de la vida de Miguel Hernández, con estrecheces económicas, fallecimientos de amigos, penurias en la prisión o las infaustas consecuencias de la Guerra Civil. No se evita un componente humorístico a ratos, que no desmerece para nada la visión crítica que el libro muestra en aspectos tan diversos como la política o la guerra. A fin de cuentas, a pesar de todas las desgracias ocurridas en su vida, Miguel Hernández era una persona con una tremenda ansia de vivir, que mantuvo hasta el final de sus días. Por otra parte, la manera en la que esos dibujos se conjugan con los textos demuestran la sobrada capacidad de Boldú para la composición de viñetas.

Muy necesaria esta reedición de Astiberri, ya no solo como homenaje merecidísimo a Miguel Hernández sino como trabajo de memoria histórica en general. Recomendable ya no solo para amantes del cómic o, incluso, de la poesía sino para todos aquellos que consideren la libertad como el derecho más alto al que se debe aspirar y por el que hay que luchar.

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