La madre, de Maksim Gorki

Pienso que la razón principal de que existan las librerías no es la venta de ejemplares, que también, sino el aprendizaje del lector. Aunque declarado escéptico, no negaré que yo también he tenido esa sensación de que un libro, insignificante ante las estanterías de un gran establecimiento, me llamaba a que lo leyese desde antes de adentrarme en ese inefable lugar. Así lo narraba Carlos Ruiz Zafón en El cementerio de los libros olvidados, al momento de encontrar Daniel Sempere aquel libro maldito, y así me sentí yo cuando cayó en mis manos La madre, de Maksim Gorki, en una feria del libro de Donosti a la que tuve la suerte de acudir en un viaje familiar. Y es que ser amante de la literatura, más cuando es de culto, y no conocer la obra culminante del realismo soviético es incluso una contradicción lógica.

Inspirada en los sucesos de la fábrica de Sornovo durante la revolución de 1905, narra, acompañada por una atmósfera escalofriantemente gris, la historia de Pelagia, viuda maltratada de Mijaíl Vlásov, un obrero de la fábrica que, con su oscura grandeza, martiriza día a día a todos y cada uno de los habitantes de la ciudad. Hijo del hombre es Pável, joven reservado donde los haya, que introducirá a Pelagia en la política de la época y, por ende, en la lucha obrera de principios de siglo contra el régimen zarista.

El pilar sobre el que se sustenta la obra es la evolución, una evolución doble. Por un lado, la de los protagonistas, en especial la de Pelagia y, por otro, la del escenario, que sigue, con el realismo característico del género, los sucesos de Sornovo. Y es que dicha evolución, quizás reconocida como uno de los factores para crear una narración de calidad en según qué géneros, es a todas luces sublime en esta obra. Ante unos sucesos semejantes, ¿qué final ha de esperarse?

Uno de los riesgos a los que un autor se enfrenta a la hora de escribir una novela histórica no es otro que el de introducir con calzador una historia ficticia paralela. Y es que, en este tipo de obras, en las que los protagonistas son inventados sobre un escenario inamovible, existen dos tendencias de las que resulta difícil escapar. La primera es la de crear unos personajes cuya psicología viene concebida en función de los hechos que han de contarse, en pos de una armonía casi enfermiza. La segunda es la de crear un universo ajeno a los hechos que simplemente se ve afectado por éstos de forma superficial. No obstante, ninguna de las dos debe ser considerada como un elemento negativo en una obra, pero es precisamente la capacidad de Gorki para sobreponerse a esas tendencias la que hace que sea esta la obra más importante del realismo soviético. Por un lado, introduce unos personajes que responden a la cotidianidad de la época, pero que no siguen el cliché de muchas otras novelas. Los jóvenes no son héroes, su futuro es incierto y lo demuestran, sienten miedo, angustia, amor y pasión, que son transmitidos al lector como una lanza certera, casi escalofriante. Se plantean cada una de sus decisiones, cada uno de sus días. El destino no tiene cabida en la obra, no hay forma de considerar que hayan sido creados para saborear la victoria. En definitiva, son personas reales con vidas reales, que casan a la perfección con el transcurso de los hechos en los que está inspirada.

Evidentemente, ninguna obra es perfecta y ésta, como todas, tiene puntos flacos (o no tan flacos). Precisamente por ser tan humana, tan real, puede resultar a los ojos del lector una novela lenta, incluso pesada, pues nada de lo que se narra en ella sorprende en exceso (salvando las últimas palabras de Pelagia, que son magníficas) y, aunque la acción aumenta a más se acerca el final, no tiene un punto álgido memorable. El lenguaje (tal vez por ser una traducción), sin siquiera rozar el extremo del célebre Ulises de Joyce, no es en exceso comunicativo. Puede resultar farragoso en algunos casos, y más de una página es probable que necesite un par de lecturas, agravando esa impresión de lentitud.

Como conclusión, he de decir que es un libro que le recomiendo a todo aquel que tenga un mínimo interés por la lucha obrera de inicios de siglo XX, pero con precaución. No es un libro de iniciación a la novela histórica, como sí puede ser, por ejemplo, Las aventuras del capitán Alatriste, de Pérez Reverte. Es crudo y, como ya he dicho, lento. Un lector un tanto experimentado en obras clásicas lo disfrutará más que un adolescente novato, pero es un libro que debería estar en todas las estanterías (como lo están el Quijote o Veinte mil leguas de viaje submarino), esperando al momento idóneo para ser leído y, sobre todo, disfrutada al máximo.

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