Tras las vacaciones de verano, ya casi están empezando a vestirse de otoño las hojas en el estanque de las flores de loto. Retomo aquí el hilo de este relato que va tomando forma semana a semana, y van seis.

En los anteriores episodios, por decirlo de alguna forma, supimos que en el centro del estanque de las flores de loto hay un árbol, ni el más grande, ni el más vistoso, pero es nuestro árbol, el que sabe de qué va esta historia. De eso se trata este proyecto, de ir semana a semana coloreando un nuevo pétalo de la flor de la vida, y después otro, y luego el siguiente, hasta completarla.

Si os fijáis en el dibujo de abajo, el de todos los días, cada episodio tiene un nuevo pétalo pintado: El rojo era Pedro, el azul Magdalena y su nieta Clara, el amarillo de arriba la monja budista Maya, a su derecha, yendo en su tono desde el amarillo cercano al rojo, está la otra monja, la católica, Ruth.

Ahora otro color y otro pétalo, porque cada círculo tendrá un color, y cada pétalo estará pintado por uno o más colores en función de en cuántos círculos esté:

Maya, la monja budista de 40 años, estaba meditando como cada jueves en el estanque de las flores de loto. En el extremo opuesto del estanque había un hombre, de la edad de ella, quizás algo mayor; pero es que Maya no aparentaba la edad que tenía, había empezado por fin a quererse y cada año que pasaba parecía más joven, como si fuera bruja, maga o meiga.

El hombre estaba sentado en otro de los bancos de ladrillos, la sombra le tapaba la cara, iba vestido de negro, pantalón largo y camiseta, tenía tatuados los brazos, puede que llevara una visera en la cabeza. Bebía una cerveza y fumaba un cigarro, sostenía entre las manos una libreta, la soltaba para dar otra calada; el humo parecía una nube que le rodeaba; dejaba la libreta apoyada en el banco y se levantaba, tomando un nuevo sorbo de la lata.

Maya le vio al abrir los ojos tras la meditación.

Ella estaba en paz, él en guerra; ella estaba en la luz, él en las sombras.

El hombre estrujó la lata y la tiró en la papelera, arrancó enérgicamente el folio en el que estaba garabateando algo y lo apretó con las dos manos hasta hacer una pelota, que también tiró en la papelera. Guardó sus cosas en la mochila, también negra, y se fue.

Maya vio la escena, y no pudo evitar ir hasta la papelera para recoger la pelota y ver lo que ese hombre tan oscuro escribió en ella. Era el esbozo de una poesía, con garabatos y tachones. Lo firmaba SAM, con la A escrita del revés, y decía:

Quiero ser libre contigo;

y contigo quiero construir un castillo.

Un castillo sin torres ni murallas;

murallas que no necesitamos, porque nadie nos ataca;

nadie nos ataca.

Te conoceré cuando derribe mis propios muros,

y cabalgue más allá de mi castillo;

mi cárcel…

Yo mi carcelero; mi prisionero.

Pero me falta valor y me sobra miedo;

Me sobra miedo, y me faltas tú… Amor.

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