Hace unos días Alejandro Gamero —creador de este espacio con 14 años de historia— escribía en Twitter una cita de Raymond Carver. Cuando le preguntaron al escritor cómo se le ocurrían los relatos, respondió que “La historia te elige a ti. Aparece la imagen y después el marco emocional. No tienes la opción de elegir la trama”. Estoy de acuerdo con Carver.

Es muy improbable que los lectores sepan quién soy o qué he hecho durante los últimos años. Una respuesta corta sería “escribir”, en general. A un ritmo de unas 5000 palabras diarias, admito haber dejado aparcada la escritura de relatos. Hace tiempo, durante un año entero, me dediqué entre otros asuntos a redactar un relato diario de unas 1000 palabras. Fue un reto divertido.

Despertar la inspiración es posible

Durante 365 días me despertaba, arrancaba el ordenador y, sin conectarlo a la red para evitar distracciones, me ponía a escribir sin parar hasta que llevaba un par de horas con ello. Luego releía, corregía, editaba y daba algún que otro retoque de estilo. La trama, por contra, permanecía inalterada tal cual había aparecido en mi mente. Por supuesto que era mía, pero no la había pensado yo.

la inspiracion no es tuya

Tardé un par de meses en forzar un proceso creativo del que yo era un completo ignorante. Sin atreverme a decir que mis textos eran buenos, sí me lanzo a confirmar que eran inéditos y con tramas originales. Algo que en un inicio me costó mucho y que poco a poco empezó a surgir de forma natural al despertarme. Los hábitos tienen mucha fuerza.

Para orientar mi tarea, cada noche leía a los grandes de las historias que tenía “a mi alrededor”, como Gabriella Campbell (El día del dragón, 2016) en Gabriella Literaria; Cris Mandarica (Detrás de la pistola, 2016) en Detrás de la Pistola; o Isaac Belmar (Perdimos la luz de los viejos días, 2014) en Hoja en Blanco. Cada mañana me esforzaba por seguir sus consejos, hasta que un día…

Cuando no tienes ni idea de dónde viene la inspiración

Un día, pasados los primeros sesenta relatos, me desperté y la trama, personajes, relaciones personales y desenlace estaban ahí. También estaban ahí al día siguiente, y al otro. Día tras día me sentaba a escribir y, sin pensar, transcribía palabras. Eran mías —nada de influencia divina—, pero no surgían de un yo consciente. En su lugar, simplemente se manifestaban.

ideas se manifestaban

Mi rol en aquel experimento dejó de ser el de creador de historias para convertirme en una herramienta de las mismas o, por matizar y calmar a los escépticos, de aquellos relatos cortos que se generaban en mi subconsciente. Algunos me parecían maravillosos y originales, otros bazofia de la peor estirpe. Como transcriptor, yo solo me dedicaba a moer las palabras de un lugar a otro.

Del cerebro al papel, y del papel al cerebro, porque buena parte de las tramas que ideaba acababan por engendrar hijos perdidos y endogámicos en un ciclo que rompía al leer otros textos y contaminarme de nuevas ideas. Todo sin tener ni remotamente idea de lo que hacía, por supuesto. El estilo era mío, pero las ideas… Digamos que eso era más que discutible, dado que no eran conscientes.

Raymond Carver tenía razón

Cuento todo esto para dar validez al punto de vista de Carver y para contar un caso, quizá aislado, que de fe en vida de que algo así puede llegar a ocurrir. Matizando, a su vez, la importancia del proceso creativo detrás, y materializandome como mortal: hubo un importante trabajo detrás de los primeros relatos para lograr tramas consistentes. Luego, no.

Si uno ata una cuerda a un bloque de hormigón y tira de él, lo complicado es ponerlo en movimiento. Tras ello, lo importante es no detenerse. Si uno se sigue moviendo, la energía necesaria para tirar del bloque de hormigón es baja. Si se para, volverá a ser elevada. Supongo que algo así ocurrió durante el experimento en el que me metí de cabeza. Ahora apenas tengo nuevas ideas para relatos.

ideas relatos subconsciente

Sin embargo, he arrancado un nuevo experimento mental, además de ese que tengo de leer #UnLibroPorSemana. Cada cierto número de días, diseñaré un pequeño juego de mesa usando limitados cubos de madera. El objetivo no es otro que ejercitar el cerebro y echar partidas rápidas. Tras un tiempo diseñando juegos, puedo asegurar que se me ocurren un par a la hora, más o menos.

Lo cierto es que he dejado de anotarlos en una libreta que ya se ha llenado casi por completo. Arriba, por ejemplo, se observan dados dados de madera. Pero cuando los miro veo un par de soldados, dos arqueros, un caballero, una muralla y una máquina de asalto. A veces son puntos, otras casillas, en una tercera opción son simples fichas que se mueven por un tablero imaginario.

He llegado a un punto en que no tengo que pensar para diseñar el siguiente juego —no hablo de su calidad—. La idea, simplemente, aparece. Entrenad vuestro cerebro, es como un músculo.

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