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Dicen que no echas en falta algo hasta que ya no lo tienes. Debido a un escándalo de acoso sexual, este año, por primera vez desde 1949, no se entregará el Premio Nobel de Literatura, que se pospondrá para el año que viene. La falta de galardón ha dado pie a un interesante debate acerca de su función y utilidad. Ahora que no lo tenemos, ¿somos capaces de darnos cuenta de qué tan necesario es el Nobel de Literatura para los lectores? Desde luego, no hay ninguna duda de que el Nobel de Literatura es necesario para un grupito de personas, en el que se incluyen periodistas, algunos editores y a los eternos candidatos que, quién sabe, tal vez lo consigan algún día ‒Murakami y compañía‒. Pero, ¿qué hay del resto de lectores? ¿Quedarnos sin el Nobel va a hacer que nos perdamos la oportunidad de conocer a un escritor al que admiraremos y amaremos?

La respuesta que da Adam Kirsch en The Atlantic es que no. Está claro que a lo largo de su historia, la Academia Sueca ha cometido grandes patinazos a la hora de conceder su premio ‒no solo el de Literatura‒. Sí, muchos de los escritores más leídos e influyentes del siglo XX han sido galardonados con el premio, pero teniendo en cuenta que esta clase de autores no abunda y que ha sido entregado a 114 personas, es sorprendente la cantidad de escritores premiados que no encajan con este perfil, mientras que se han dejado fuera a escritores de la talla de Henrik Ibsen, Marcel Proust, James Joyce, Virginia Woolf o Jorge Luis Borges, solo por mencionar algunos.

¿Significa eso que la Academia Sueca ha sido especialmente incompetente a la hora de dar el premio? Uno de los efectos que ha tenido el escándalo sexual ha sido el de llamar la atención sobre los miembros de la propia Academia. En el imaginario colectivo, el Nobel desciende de los cielos para ungir al ganador, comenta con bastante acierto Kirsch. Pero nunca prestamos atención al jurado. No es que mantengan su identidad en secreto como si fueran superhéroes, porque de hecho en Suecia son tan conocidos como los miembros de la Real Academia Española en España, pero son unos completos desconocidos fuera de su país y parece que nadie tiene el más mínimo interés por enterarse de quiénes son. Ni siquiera la prensa se refiere a ellos de forma individual y personal sino que suele hablar de la Academia Sueca como si fuera una especie de dios mitológico. El escándalo sexual ha puesto de manifiesto que detrás de ese ser todopoderoso existen seres humanos que cometen errores como cualquier hijo de vecino. Es más, ha revelado las luchas internas y las ansias de poder de sus miembros, como ocurre en cualquier institución con un mínimo de relevancia.

Así llegamos al núcleo del problema del Premio Nobel de Literatura: ¿es justo que otorgar el premio literario anual más importante del mundo recaiga en un pequeño grupo de especialistas cuyas identidades ni siquiera son bien conocidas fuera de su país? ¿Hasta qué punto esas personas representan a la mayoría de los lectores? Pero es que lo problemático de este premio no queda aquí. Otros premios como el de Física, el de Química o el de Medicina son fácilmente ponderables por un grupo de expertos; la Literatura, en cambio, está hecha para dirigirse a una audiencia que no tiene por qué ser experta en Literatura.

Ni tampoco, por otro lado, es progresiva en el sentido en el que lo son la ciencias. Un libro más nuevo no invalida a otro anterior como sí podría pasar con una teoría científica. Si esto es así, ¿en qué criterios de valor se basan los miembros de la Academia Sueca para determinar que una obra es superior a otra? Sí, sé que cuando se anuncia al ganador se ofrece una breve explicación de sus logros, que es lo que ha llevado al jurado a tomar la decisión, pero eso no es ni puede ser, ni de lejos, un estándar objetivo de calidad que posiciones a un autor por delante de otro. Porque cualquier intento por establecer ese criterio estaría condenado al fracaso.

Por supuesto que el Nobel de Literatura volverá en 2019. Son demasiados los intereses y muy poderosas las personas interesadas para que eso sea así. Pero nadie nos va a quitar el poder decir que pasamos el 2018 sin Nobel de Literatura y que sobrevivimos como si nada.

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