Acabábamos de volver al tren que estaba en la bodega del ferri, dejando atrás la Isla de Fehmarn y continuando la marcha en tierras danesas. La argentina hiperáctiva e histriónica continuó la conversación donde la habíamos dejado, siendo esta vez interrumpida cuando un joven muy extraño se sentó a mi lado.

Era agosto de este año y Julia y yo íbamos de Interrail desde el sur de España a la capital de Finlandia. Estaba siendo un viaje agradable, bonito y tranquilo, que estábamos disfrutando en pareja y soledad compartida. Aquella mañana nos levantamos en un nido de alcobas de un edificio a las afueras de Hamburgo y fuimos caminando con nuestras mochilas hasta la estación central. Allí nos sorprendimos al comprobar que el tren que iba a Copenhague era muy pequeñito y parecía viejo comparado con los trenes de alta velocidad de días precedentes. Ocupamos nuestros sitios en el vagón calentito y con asientos mullidos y confortables, adecuados para las condiciones invernales de aquellas latitudes nórdicas.

En otra parada un señor ocupó por unos segundos el asiento de al lado de Julia, y dejó su pequeña maleta debajo del mismo. Se fue. Nosotros seguimos a lo nuestro, mirando por la ventana a veces, otras veces enfrascados en las páginas del libro o escuchando música en el móvil. A mi lado el asiento del pasillo iba vacío, y en al otro lado una pareja de daneses con sus dos hijos ocupaban los otros cuatro asientos con mesita, iguales que los nuestros.

La gente iba callada como en el vagón silencioso, solo que todos los vagones son así si van personas de estas culturas tan respetuosas con el ruido ajeno… Aunque unos días antes nadie fue capaz de dejar su asiento a una pareja de ancianos en otro tren… Contradicciones, supongo.

Entonces una mujer arrastrando una maleta perturbó la paz del lugar. El hombre del otro lado del pasillo se molestó por el alboroto, pero la mujer no se daba por enterada y seguía hablando para sí, suspirando, arrastrando la maleta buscando un hueco; pasó para el otro vagón y despertó a la mujer del danés golpeando su cabeza con la mochila que también portaba; fue, vino, y finalmente encajó la maleta donde pudo. Se desparramó en el asiento de al lado de Julia, que le dijo que estaba ocupado por un hombre que había dejado la maleta debajo. A la nueva pasajera le dio igual, y empezó preguntándonos de dónde éramos en un inglés casi tan malo como el mío; con lo que la entendía bastante bien.

Vivimos en Sevilla, le dije, y ella exclamó ¡Qué bien! por fin puedo hablar en Español con alguien. Estábamos atrapados, la argentina histriónica que hablaba por los codos y para todo todo el vagón nos tenía secuestrados en su conversación. Cerré el libro y charlé con ella. Quizás viendo mis pensamientos dijo que le gustaban mucho las pelucas, y es que tenía un pelo muy raro para aquella cabeza, cardado y con rizos, voluminoso y con impresión de dar mucho calor. Me enseñó fotos y vídeos de su viaje: estaba regalándose el viaje de su vida, de 100 días en tren por Europa, para celebrar su jubilación.

En eso que llegamos al final de la isla, y los daneses nos explicaron que ahora el tren se metería en la bodega de un ferri para cruzar el mar hasta el otro lado. Aprovechamos todos para pasear por la cubierta del barco y comer y beber y hacer compras y mirar cómo la isla a la popa se iba haciendo pequeñita a medida que en la proa aparecía una nueva tierra por explorar.

Ya al otro lado nos volvimos a los asientos y esperamos a que el pequeño tren de tres vagones saliera del barco para engancharse a unos cuantos vagones más. Ahora tenía sentido que el tren fuera tan pequeñito. La policía de Dinamarca nos pidió la documentación, y le enseñamos el DNI. La argentina se puso nerviosa y le enseñó un documento escrito a la embajada: Sólo quiere ver tu pasaporte, no le des más explicaciones, le dije al ver la cara de no entender nada de la policía. Todo bien, todo en orden.

La mujer siguió contando cosas, Julia se aisló en la música y yo zanjé la conversación diciendo que quería leer un rato. 60 segundos de paz, hasta que un hombre de unos 30 años o menos me pidió permiso para sentarme a mi lado. Me encogí de hombros, viendo que tenía una mirada vacía y unos gestos lentos; tenía los ojos negros, o más bien las pupilas enormemente dilatadas como si se hubiera tomado algún tipo de droga; parecía un militar escapando de una guerra, con el pelo corto y negro.

La argentina me intentaba hacer gestos con la mirada, pero yo prefería hacer como que seguía enfrascado en las páginas de mi libro, leyendo una y otra vez la misma frase sin poder concentrarme, y es que debajo del asiento de la argentina un señor que no habíamos visto más que al entrar al tren había dejado una maleta, y ahora un tipo que parecía militar o terrorista, y que estaba nervioso y, sin duda drogado, posiblemente había cruzado de Alemania a Dinarmarca como polizón.

El revisor nos pidió el billete y el nuevo viajero no tenía; no me sorprendió. El pica apuntó en un papel sus datos y el importe del billete, sacó de sus bolsillos unos billetes y monedas y pagó. Siguió lentamente sacando cosas de los bolsillos y organizando los papeles en la mesita. Tenía un reloj grande, yo no podía dejar de imaginarme que iba a sacar en cualquier momento un puñal de guerra, o algo de eso. Por si acaso tenía mi boli Vic a mano… Quién sabe lo que se puede hacer con un boli cerca del cuello de un hombre. Yo no quería saberlo.

La mujer argentina estaba visiblemente inquieta, y comenzó a preguntar demasiadas cosas al muchacho:

−¿De dónde eres?

−Soy de Kosovo.

−¿A dónde vas?

−A pasar unos días en Dinamarca. ¿Y tú que haces aquí?

−Un viaje en tren por Europa.

−Por qué Dinamarca, no te parece más bonito Holanda.

−No lo sé, no he estado en Holanda.

La mujer se levantó y se fue en busca del revisor o de alguien de seguridad, nos lo contó a la vuelta, pero no había nadie que pudiera hacer nada. Yo sólo quería que el hombre se fuera. Y se levantó y se unió a otros dos compañeros que no había visto hasta entonces, en la zona entre los otros vagones, por el lado contrario al que se había ido la argentina.

El tren paró, y por la ventanilla vi que los tres jóvenes se iban caminando, no llevaban ni maletas ni mochilas, al menos no las tenían con ellos.

Fue raro.

La argentina volvió a sentarse enfrente de mí, y nos relajamos contando los minutos tan tensos que habíamos vivido. ¿Y si eran terroristas? dijo ella, Esperemos que no hayan dejado bombas en el tren, yo hasta no bajarme en Copenhague no voy a poder estar tranquilo, contesté, Bueno, ya se han ido, siguió ella, Ya, pero debajo de tu culo hay una maleta de un tipo al que no he vuelto a ver desde Hamburgo…

Me levanté, fui a dar una vuelta, y vi al hombre de la maleta de pie entre la zona de vagones, mirando por la ventana. Me relajé. Volví a mi sitio y después de la adrenalina la señora de la peluca se había quedado dormida, con la cabeza a un lado, como desmayada.

Llegamos a la estación final, y nos despedimos sin entender muy bien qué había pasado.

Recuerdo con cariño a aquella mujer de la que no volví a saber más.

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