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Existe en el imaginario colectivo la idea de que devorar libros es algo positivo. Hacerlo implica que un libro es tan apetecible que no hemos podido resistirnos a consumirlo del tirón. Así mismo, deja entrever que hemos leído un libro tan rápido que así tendremos tiempo para leer más, como si la lectura se convirtiera en una especie de competición y el mejor lector fuera el que más libros lee. De forma consciente o inconsciente, se ha tenido a idealizar este tipo de lectura como si fuera la deseable. Existen aplicaciones que te ayudan a leer más rápido, personas que te enseñan cómo hacerlo, llegando hasta límites insospechados. Sin embargo, como explica Sam Dresser en Aeon, hace un par de siglos las connotaciones que tenía esta metáfora era exactamente las opuestas: devorar un libro hubiera sido algo censurable.

Pocos son los lectores conscientes de que en la historia de la literatura hay una larga tradición de relacionar la lectura con la alimentación. Desde el Renacimiento, este vínculo sirvió para clasificar los distintos tipos de libros y de lectores. «Algunos libros son para ser probados, otros para ser tragados y algunos pocos para ser masticados y digeridos», escribió, por ejemplo, Francis Bacon. En el siglo XVII existe la idea de que leer mal es como una indigestión. Al igual que esta, los efectos de una lectura superficial o pesada podían afectar al estado de ánimo, a la conversación o a la salud. Desde un enfoque moral, si la lectura es indigesta, sugiere Ben Jonson, la economía espiritual de uno se obstruye.

En el siglo XVIII, los escritores comenzaron a distinguir entre el apetito, que conectaba la lectura con el cuerpo, y el gusto, que hacía lo propio entre lectura y mente. El discurso imperante era el que se inclinaba hacia el gusto ordenado y civilizado. La buena lectura era la consecuencia lógica de afinar el paladar, algo que ponían en práctica los que tenían una educación exquisita. Por el contrario, los ansiosos que devoraban libros sin medida eran tenidos por vulgares. Al ser un producto de masas, novedoso y de fácil consumo, las novelas, en particular, estaban asociadas con esos hábitos de lectura censurables. La alta crítica a menudo las describía como alimentos para apetitos insalubres. Para rematar, era el tipo de lectura predilecta de las mujeres. Tachar ese tipo de lectura de apetito lo vinculaba con la carne, en contraste con la lectura que hacían los hombres, que iba dirigida a la mente y al intelecto. De esta forma, se denigraba a cierto tipo de lectores, acusándolos de ignorantes y de moralmente inferiores. La consecuencia fue distinguir la lectura digestiva, ideal ético, del simple devorar, que era considerado hedonista y poco inteligente.

No obstante, a lo largo del siglo XX el modo de vida cada vez más acelerado fue haciendo que esa distinción fuera perdiendo cada vez más sentido. Sobre todo a partir de la segunda mitad de siglo comenzaron a aparecer voces críticas con la vinculación que se hacía entre alimentación y lectura. En 1986 Janice Radway publicó un ensayo titulado Reading is Not Eating en el que exponía las actitudes prejuiciosas y elitistas que existían hacia los lectores de novelas populares, expresadas a través del lenguaje metafórico de la alimentación. Poco a poco la oposición entre digerir y devorar fue quedando pasada de moda, e incluso considerándose políticamente incorrecta.

O así fue, al menos, hasta hace recientemente poco, cuando vuelve a recuperarse la expresión «devorar», ahora sí, llena de connotaciones positivas. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que devorar algo implica que ha generado muchísimo interés en nosotros, y eso es algo meritorio en un mundo lleno elementos que compiten constantemente por acaparar nuestra atención.

Ahora bien, el concepto de «devorar» promueve un tipo de lectura a un ritmo acelerado. Y no solo eso, promueve un tipo de escritura y de literatura que suscite esa lectura ‒el uso y el abuso de cliffhangers no sería más que un ejemplo‒. Si un libro nos engancha, si nos genera la necesidad de seguir leyendo y de hacerlo rápido, es que está bien escrito. Por el contrario, si la lectura se vuelve una experiencia lenta y reflexiva el libro se interpretará en muchas ocasiones como un fracaso. No estaría de más, en este contexto, recuperar el antiguo lenguaje que conectaba la lectura con la alimentación, defiende Sam Dresser. Esto es, que devorar un libro no es necesariamente algo positivo, que es necesaria una digestión que fomente hábitos de lectura más lentos. No por casualidad existe un tipo de lectura lenta, la lectura slow, que se relaciona con el movimiento de la Slow Food. Es necesario reivindicar lo beneficioso de una lectura lenta y reposada frente al atracón desmedido de páginas. Incluso aunque eso implique leer menos libros al año.

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