Decir que estoy obsesionado con la generación cultural en cualquiera de sus expresiones es quedarse corto. De un tiempo a esta parte me acecha la pregunta: ¿a qué nos dedicaríamos si no tuviésemos que trabajar? La respuesta siempre es la misma: crearíamos más cultura, entre todos. Comparto conclusión con Javier Serrano, autor de ‘Un mundo robot’, con quien tuve el placer de conversar ayer.

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Si me lees, enhorabuena: has nacido en la época de la cultura a bajo coste. Eso significa que, salvo algunos tipos de espectáculos asociados a la cultura tales como el teatro, el cine o la ópera, tienes acceso a la cultura ilimitada a través de tu teléfono. Pero ahora la pregunta a la que quiero contestar es “¿Cuánta cultura generas?”.

¿Te acuerdas de Fotolog? Aquello era creación cultural

Hace años, en 2014, nos planteamos la profundidad de internet. Si imaginamos la red como un océano sobre el que navegar en que cada gota es un contenido, pronto se hace evidente que muchos de ellos quedan muy por debajo de la quilla de nuestro barco. Para saber algo consultamos al oráculo en que se ha convertido Google y, si el resultado no está en la primera página, decimos que el SEO es malo.

Esto significa que el contenido, como le ocurre a la RAE, es virtualmente inaccesible. Está, pero permanece invisible. Aunque indizado, se precipita al fondo de un océano cada vez más escarpado y, eventualmente, será borrado de los servidores. Quizá sin ninguna copia de respaldo.

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De tanto en tanto, algún remanente cultural estalla por la presión a la que se han sometido las capas altas de la red, y aparece de nuevo, liberando contenido de hacía años. Quizá décadas. En 2014 llamé a este proceso “subducción informática”, y en 2018 el reflote de Fotolog ponía el ejemplo perfecto.

Fotolog fue una red social precursora de Facebook, Twitter e incluso Instagram. Corría sobre una plataforma web y tenía reglas que hoy nos parecen absurdas, como subir solo una fotografía diaria o permitir únicamente 20 comentarios. En aquella época el espacio era oro, y había que pagarlo.

Hoy, los distintos servicios de RRSS nos animan a compartir, haciéndose cargo del coste de mantenimiento y sacando rédito a nuestros datos. Por aquella época, los usuarios exprimían la fotografía y los caracteres máximos de sus publicaciones. Aquello era creación cultural en estado puro.

Prosumidor: tuitear es escribir en un blog

A menudo se llama escritores a aquellas personas que han logrado abrirse paso a empujones por el complejo sistema editorial. Si bien es cierto, no son menos escritores aquellos que imprimen en formato de 280 caracteres su día a día, sus inquietudes, chistes, quejas, poemas, etc.

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Twitter es una red de microblogging, y eso significa que sus usuarios (activos) están escribiendo un gran blog. En su momento lo llamamos “uno de los mayores libros de la humanidad” debido a su impacto en la cultura moderna. El contenido de Twitter se ha mostrado en no pocas ocasiones en los medios, o ha conformado arte por sí mismo.

La mayoría de nosotros tenemos a la creación de contenido como una esfera inalcanzable sobre nuestras cabezas. Algunos incluso nos esforzamos durante años por destacar en ella. Guionistas, actores, bailarines, cineastas, productores, presentadores, comisarios, escritores… tenemos claro que toda esa gente es un importante eslabón —a veces motor principal— de la creación de contenido. ¿Y el resto de las personas? ¿Qué ocurre con el “pueblo”?

El grueso de los lectores se sentirá identificado, al menos parcialmente, con el concepto de adicción a las redes sociales. Si se declara como una adicción es por el modo en que tiene de sacarnos de una tarea productiva, como trabajar, para ponernos a escribir, a hacer fotografías o vídeos.

Dejar de ser productivos para ser productores. No parece una mala adicción, si pudiésemos controlar su temperamento o trabajar no fuese necesario. Poca importancia tiene la distracción de una tarea banal. Ya en 2014 analizamos la posibilidad de que la gente desplazase la flecha de creación de contenido hacia la creación en lugar del consumo.

Hablamos, por supuesto, de los prosumidores de cultura. Hoy todos nosotros consumidores de cultura, pero también creadores de la misma. Todos somos escritores y fotógrafos. Mediocres, pero practicantes. Algunos incluso vivimos como expositores de arte móvil. El número de tatuajes no ha dejado de crecer.

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Creación de contenido ‘ad infinitum’

De la más que interesante conversación con Javier Serrano me quedaron varios conceptos rondando la cabeza. El primero de ellos es que la cultura actual resulta ya inabarcable. El segundo es que esta va a dar un salto exponencial porque cada vez más personas van a verse liberadas, al menos en parte, del tiempo diario en que su trabajo les mantiene presos.

Abríamos 2017 hablando sobre un 2016 negro en que grandes figuras de la cultura morían ante nuestros ojos. Lejos de ser un hecho aislado, cada año morirán más artistas que el anterior. Convertirnos todos gradualmente en generadores de cultura tiene el coste de ser más conocidos.

Imaginemos, aunque solo sea por un instante, en cómo sería un mundo en el que trabajásemos 35 horas semanales en lugar de, por decir algo, las 40 actuales. La Revolución Industrial eliminó las jornadas de 12 horas durante seis días seguidos, liberando cerca de 32 horas semanales para el ocio.

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El resultado fue una eclosión del arte, la cultura y el conocimiento científico —me cuesta separar esos tres conceptos— como nunca antes la habíamos visto. Hay empresas que ya practican con semanas de cuatro días, y países enteros que se plantean si las jornadas continuas pueden liberar tiempo a sus ciudadanos.

En un siglo XIX en el que casi toda la población era analfabeta, liberar unas horas a la semana generó una ola cultural cuyos resultados aún hoy se estudian en los colegios. Imaginemos lo que supone liberar a las personas de la pesada tarea de trabajar cuando somos lo suficientemente afortunados como para poder escribir.

Es casi seguro que mejoraremos a nivel de especie. Quizá sacaremos tiempo para disciplinas olvidadas, como el cómic. Dime, lector, ¿cuánto de tu tiempo dedicas a generar contenido?

 

Imágenes | Georgia de Lotz, Devin Avery, Marten Bjork, Annie Spratt, rawpixel

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