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«A menudo ocurre que vemos la infancia como un paraíso perdido, nos volvemos hacia ella con nostalgia y regresamos a los lugares donde transcurrió en busca de no se sabe muy bien qué», escribe Chantal Maillard en En un principio era el hambre. Y en esa búsqueda ocurre con frecuencia que, cuando se regresa a los lugares de la infancia, estos han desaparecido. Que la mercería se ha convertido en un Tiger y la panadería de toda vida en un Ale-Hop. Pero no solo los lugares físicos se desmoronan pisados por la huella implacable del tiempo. Todo aquello que se revisita desde la etapa adulta está expuesto a la desaparición: un plato que hace mil años que no comes, una serie de dibujos animados cuya musiquilla de opening no puedes quitarte de la cabeza o un libro que te marcó.

Tal vez con comida es más complicado que pase pero compartir las series de televisión, las películas o los libros que te hicieron tan feliz con tus hijos o sobrinos es uno de los grandes placeres que depara la vida. Es como darles un trocito de felicidad pura. De hecho, según Goodreads los libros más releídos por sus usuarios eran libros para niños, como la serie entera de Harry Potter de J.K Rowling, El león, la bruja y el armario de C.S. Lewis o El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Ahora bien, ¿acaso nos exponemos, cuando con el paso de los años volvemos ver una serie o leer un libro, a descubrir que le pasó lo mismo que a la mercería o a la panadería? ¿Vamos a encontrarnos con que esas historias que nos maravillaron han desaparecido o se han convertido en algo muy distinto?

En realidad, releer como adulto un libro que leíste por primera vez siendo niño no es solo una forma de redescubrir una historia que tal vez es muy diferente a cómo la recuerdas, es una manera de redescubrirte a ti mismo. La relectura de una obra infantil te lleva de vuelta a ese universo ficticio que te fascinó en su día y a todos los recuerdos y experiencias que rodearon los momentos en los que te acercaste a él, incluso si el libro no es fiel lo que había en tu memoria. En uno de sus ensayos más conocidos, La muerte del autor, Roland Barthes afirma que «la relectura saca el texto de su cronología interna (“esto sucede antes o después de eso”) y se sitúa en un tiempo mítico (sin antes ni después)». No es difícil asociar el concepto de relectura de Barthes con el enfoque lúdico de la infancia. «Releer», continúa Barthes, «es una operación contraria a los hábitos comerciales e ideológicos de nuestra sociedad, que nos hace ‘tirar’ la historia una vez que consumida», pero la relectura no es consumo sino juego, «ese juego que es el retorno de lo diferente».

Cuando vuelves a una historia que ya conoces y sobre la que tienes una idea mental a base de recuerdos lo haces con un ritmo más pausado, deteniéndote en todos aquellos elementos que probablemente hayas olvidado con el paso de los años. Puede que te des cuenta de que tal detalle se te había pasado por alto y que es mucho mejor de lo que esperabas o, en cambio, que el canon de tu niñez se reduce a una perspectiva muy limitada. Sin embargo, cuando ese libro mantiene la magia que tenía dentro de tu cabeza, te puede servir como punto de anclaje vital cuando todo lo demás ha cambiado con el tiempo.

En un estudio de 2012 sobre por qué las personas releían libros, volvían a ver películas o regresaban a lugares que ya habían visitado, se entrevistó a 23 participantes sobre qué experiencias eligieron repetir, por qué y cómo se sintieron durante ese momento. Descubrieron que las experiencias repetidas «permiten una síntesis activa del tiempo y sirven como catalizadores para la reflexión existencial». Según una de las mujeres del estudio, volver a ver el drama romántico Mensaje en una botella le ayudó a procesar una ruptura. Es más, la escritora y terapeuta Rosalie Knecht afirmó en un artículo de Literary Hub, hablando del poder terapéutico de la relectura, que «cuando te sientes estancado, como si no progresaras, [la relectura] le da forma a esa experiencia y te hace pensar que pasará». Como dice Emma Court en The Atlantic, los libros infantiles ofrecen la oportunidad de sentarse al borde del río del tiempo, aunque sea solo por un momento, y reflexionar sobre el alcance total de la vida.

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