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Ya lo dije en alguna ocasión: para enseñar literatura primero hay que matarla. No parece que otro sea el resultado del cuidadoso proceso de diseccionarla, medirla y pesarla. Esto es lo que hace que muchos señalen a los profesores como los principales responsables de que los jóvenes no lean. Sin embargo, ¿qué pasaría si en lugar de enseñar literatura matándola se hace dándole vida? Durante muchos años, el currículo de Lengua Castellana y Literatura se ha centrado en el desarrollo de habilidades académicas, en análisis lingüístico y textual, que pretenden que el alumnado domine el lenguaje, pero, si bien nadie pone en duda lo importantes que son esas habilidades, rara vez se habla sobre las reacciones emocionales que producen los textos.

Rodeados de videojuegos, películas e Internet, los adolescentes a menudo parecen difíciles de impresionar. Los personajes literarios, sin actores maquillados que les den vida ni efectos especiales digitales, no dejan de ser abstracciones ficticias lo que complica hacer que lo sientan real. A pesar de ello, a lo largo de su vida académica un adolescente puede leer historias sobre una madre que es capaz de vender a su hijo, sobre un adolescente que no duda en pedirle ayuda a una persona de la peor calaña para conquistar a la chica de sus sueños, de un hombre que engaña a las mujeres como si no hubiera mañana para acostarse con ellas o de un par de hermanos que no dudan en asesinar al amante de su hermana, que impidió que llegara virgen al matrimonio. Ha leído sobre un hombre que es devorado por los lobos en un intento de tener un gesto amoroso, sobre una mujer que es marginada porque trata de ser feliz, sobre un hombre que roba a otro, ciego, en su lecho de muerte, o sobre un novio que mata a su novia porque se atreve a fugarse con otro.

Todas estas tragedias personales, políticas y sociales ‒el Lazarillo, La Celestina, Don Juan Tenorio, Crónica de una muerte anunciada, «El monte de las ánimas», La Regenta, Luces de Bohemia o Bodas de sangre‒ no se enseñan para golpear a los estudiantes con la oscuridad de la naturaleza humana. Tampoco se hace para recordarles algunos de los capítulos más horribles de la historia o para enfatizar lo absurdo de la existencia. Bien llevadas, estas historias, con sus sombrías tramas, pueden ayudar a los jóvenes a enfrentarse a los aspectos más inquietantes y desagradables de la vida real. Patrick Hogan de la Universidad de Connecticut y Keith Oatley de la Universidad de Toronto, que estudiaron a fondo la emoción y la cognición, sugieren que la literatura puede desempeñar un papel vital para ayudar a las personas a comprenderse a sí mismos y a los demás, algo que puede complementarse perfectamente con la alfabetización y habilidades académicas. La buena literatura, además de estar bien escrita, puede reflejar con honestidad las consecuencias psicológicas, sociales y emocionales de toda la violencia, la muerte, la guerra, la destrucción y la opresión que existe en el mundo. Es más, nos ayuda a entenderlo.

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Es por eso que los libros no deberían verse únicamente como una forma de aprender determinadas habilidades. Recuerdo que cuando yo estudiaba, por ejemplo, al leer las «Coplas por la muerte de su padre» de Jorge Manrique, se hacía más hincapié en aspectos formales, en analizar las figuras retóricas, la métrica o los tópicos literarios, que en la respuesta emocional que me producía la situación de una persona que ha perdido a un ser querido. Es un error presentar a los alumnos los libros dentro de una burbuja, aislados de su contexto más cercano e interno. Es un error que todo el trabajo que se haga con un libro, con cualquier texto, sea estrictamente intelectual, sin detenerse ni reaccionar ante el componente emocional. Y, sin embargo, el currículo de Lengua Castellana y Literatura pasa de puntillas sobre este aspecto.

Diferentes estudios realizados en los últimos años demuestran que leer ficción literaria nos ayuda a ser más humanos. Según un estudio de la Universidad de Emory, cuando te imaginas a ti mismo como un personaje de libro puedes asumir las emociones que está sintiendo, lo que te ayuda a ser más consciente de las emociones de los demás. Otro estudio concluyó que las personas que leían ficción y eran transportados emocionalmente a ese mundo eran más empáticos que los que no leían. «Usamos los mismos procesos psicológicos para navegar por la ficción y para las relaciones reales. La ficción no es solo un simulador de una experiencia social, es una experiencia social», dijo en su día el psicólogos David Comer Kidd, de la New School for Social Research. Una conclusión muy parecida a la que llegó el doctor Keith Oatley, profesor emérito del Departamento de Psicología Aplicada y Desarrollo Humano de la Universidad de Toronto, que afirmó que cuando exploramos las vidas internas de personajes de ficción formamos ideas sobre las emociones, los motivos y las creencias de todo el mundo fuera de la página, llegando a generar empatía hacia una raza o una cultura diferente.

Sí, es normal hasta cierto punto que el currículo sea esquivo con el escurridizo y confuso reino de los sentimientos. Las habilidades técnicas, académicas o lingüísticas son más fáciles de evaluar que las emocionales, o al menos de hacerlo con los instrumentos tradicionales. Sin embargo, no hay duda de que las emociones deben formar parte del plan de estudios.

Generalmente los profesores de Lengua Castellana y Literatura quieren que sus alumnos sean capaces de dominar todo el potencial que hay en el lenguaje. Que sean capaces de leer un contrato de alquiler y que no los engañen o que puedan redactar el currículum que les abra las puertas de un trabajo. Pero también quieren ‒o al menos eso prefiero pensar‒ que lleguen a amar los libros. Y más allá del terreno lingüístico, como educadores que son, quieren que sean buenos ciudadanos, que no hagan trampas, que no manipulen, que no juzguen injustamente a los demás o que estén emocionalmente centrados. Pueden parecer objetivos demasiado ambiciosos y difíciles de conjugar, pero precisamente la literatura, con su poder para ayudar a las personas a entenderse y conocerse a sí mismos y a los demás, los coloca en una situación privilegiada. Aprovechémosla y convirtamos la enseñanza de la literatura en algo distinto.

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