Al terminar la proyección, parecía que mi amigo y yo habíamos visto películas diferentes. Literal: habíamos leído lo mismo de formas casi opuestas. Me quedé preguntándome, de hecho, si habíamos visto la misma película. Unos días después, una cita de trabajo falló por un malentendido de horarios; y una fiesta, que para mí fue grandiosa, para otra persona fue un infierno. Las tres situaciones tejieron una trama; no la trama lógica de la narración, sino la trama musical de la poesía.

Adónde me llevó esa trama fue a la pregunta por la experiencia. ¿Qué es una experiencia? Vivimos situaciones creyendo que estamos viviendo situaciones. ¿Es así? Me arriesgo a pensar que no vivimos tanto las situaciones como la lectura que hacemos de ellas. Los así llamados daltónicos confunden, según los no llamados daltónicos, los colores. ¿Los colores o el nombre de los colores? ¿Dónde está, de hecho, el verde? ¿Qué es el verde?

¿Qué significa que algo es algo? Usamos el verbo ser como nuestra espada. O como nuestro escudo. Vivimos etiquetando, nombrando, definiendo, significando. ¿Pero qué significan las cosas?

Vida cotidiana

Digamos que en la vida cotidiana no vivimos experiencias puras, sino los significados (más bien el significado) que damos a esas experiencias. Tanto es así que uno puede preguntarse si existe la experiencia —pura— por debajo del significado que le asignamos. O si acaso la experiencia es un entramado de significados.

Viajando más lejos, queda la pregunta de si la experiencia, entendida como el acontecimiento puro, precede al significado o si el significado precede a la experiencia. Considerando la segunda opción, las así llamadas experiencias podrían ser pensadas como una puesta en escena de significados que las preceden. ¿Significamos la experiencia o experimentamos los significados?

Es radical y aterra —nos quita la tierra bajo los pies— pensar que las experiencias de nuestras vidas no tienen un significado en sí, sino que somos las criaturas humanas quienes significamos la experiencia.

Entonces vamos llegando al punto, al agujero negro de todas estas ideas: la hipótesis —y no digo que sea mía, ni mucho menos original— de que estructuramos nuestra vida cotidiana alrededor de un principio: lo unívoco de las experiencias: las cosas que nos suceden significan una sola cosa.

El catálogo de reacciones

Si me fue mal en un examen, es una cagada. Si me gané la lotería, es genial. Con más o menos matices, solemos acomodar los sucesos de nuestras vidas en la columna de lo positivo y la columna de lo negativo.

A lo sumo nos animamos a un paso más. Y no mucho más. Por ejemplo: pasamos de pensar “si me fue mal en un examen es una cagada” a pensar “puede que me sirva para estudiar y aprender más”. Otro ejemplo: pasamos de pensar “si me gané la lotería es genial” a pensar “ahora puede ser que me roben todo, o que los números ganadores oculten una extraña maldición.”

Tal vez, quién sabe, nos animamos a darle un par de vueltas más. Pero en general no mucho más. En general, lo que nos pasa significa una cosa o a lo sumo una serie acotada de cosas. Nunca todo.

Nunca todo.

Y ahí llegamos al agujero negro dentro del agujero negro: la idea del pensamiento poético.

Simplificación y complejidad

Si el pensamiento cotidiano es algo así como la significación unívoca de las cosas, el pensamiento poético podría ser algo así como la multiplicación del sentido de las cosas. Si el pensamiento cotidiano es una simplificación comunicante del mundo, el pensamiento poético sería una complejización del mundo —más bien una liberación o desinhibición del efecto constrictivo, utilitario, mercantil y simplificador de lo cotidiano —con su red de identidades.

Franco Bifo Berardi dice, en su libro Fenomenología del fin, que la “ambigüedad del lenguaje poético es, de hecho, un efecto de superinclusividad semántica”. Superinclusividad semántica. Bifo, en un segmento dedicado al tema de la poesía, habla del poeta como quien “revela el carácter inagotable del proceso de atribución de significado.” Susan Sontag, por su parte, nos dice que la literatura es la que nos recuerda que siempre hay “algo más.”

Dios nos libre del sentido común

Digamos que vivimos una vida significada, o más bien, ya significada. Las cosas del mundo significan más o menos una cosa, todo tiene más o menos un sentido definido —el sentido común. “Dios me libre del sentido común”, decía Chejov. La vida está semánticamente estructurada. Podemos circular por ella con cierta comodidad, gracias a que todo ya se entiende. Contamos con el mapa —el manual de supervivencia— de la vida cotidiana: si seguimos sus normativas, todo va más o menos bien.

Digamos entonces que salir a la calle es, en principio, al menos con los lentes de la vida cotidiana, salir a un mundo entendible. La razón lo ha ordenado casi todo; solo ha dejado, estratégicamente, un pequeño desván en donde se aglutina lo inentendible: las emociones, el fondo del mar, lo que hay detrás de las estrellas.

Tenemos el misterio organizado. Hasta el desorden tenemos ordenado. O eso nos creemos. Eso nos contamos. Nos contamos que detrás de una puerta misteriosa vive lo inentendible, mantenemos ese desorden en una caja. Damos un orden —un lugar acotado, ficticio— a lo in-ordenable. Y así van nuestras vidas cotidianas, con los locos en el loquero y lo raro detrás de una gran etiqueta que dice raro.

Cerrar circuitos

Como si fuera en ciclos que alternan novedad y estructura, la mente humana —o planetaria— abre y cierra. Orden y desorden. Tradición y vanguardia. Lo nuevo emerge y, en algún momento, las fuerzas normalizadoras de la mente —la individual y la cultural— hacen de lo desconocido y extraño algo conocido y común. La mente humana, pareciera, tiene ese poder, esa función, de crear formas, de definir, de cerrar circuitos. Y pareciera, también, que esta función tiene que ver con la supervivencia: cerramos para crear nido, protección; lo maternal, la casa, la tribu, son formas mentales que sirven a los fines de la supervivencia y la nutrición.

Ahora, ¿qué pasa cuando nos atoramos en esas cómodas y tibias guaridas?

Porque sí, las cosas saben bien, y el restaurant de a la vuelta de casa tiene buenas pastas, y Hawaii es un lugar maravilloso, y lo que huele mal es malo, y los enemigos son los enemigos, y mis mejores amigos son muy buenos amigos, y mi pareja es muy fiel, y yo soy así y asá, y sí, los momentos de crisis intentamos evitarlos —o superarlos con velocidad— porque lo que hacen es agitar, y agrietar, nuestras guaridas, nuestras definiciones y nuestros significados más fundamentales.

¿Qué hay detrás?

¿Qué hay detrás de ese mundo organizado de tal manera que un piano sirve para tocar música, una pareja sirve para ir al cine, una maceta sirve para poner un potus, un ventilador para mover el aire, una novela para leer de principio a fin, un político para estar a favor o en contra, un arma para disparar, un disparo para herir, un payaso para reír y una confitería para comprar croissants?

Cuando tomamos la decisión, más o menos consciente, de que una cosa significa algo, dejamos fuera del juego una infinidad de sentidos alternativos, también posibles, para esa misma cosa —o acontecimiento.

Ahora, ¿quién dice que en una panadería no se puede hacer música, que un piano no sirve para herir, que un payaso no existe para estar a favor o en contra, que un arma no sirve para leer de principio a fin y que un político no sirve para disparar…?

Revolución poética

Cuando ya sobrevivimos, desde más allá del alambrado de nuestras guaridas, la poesía llama. Cuando los cuentos ya nos nutrieron, toca salir a explorar. La revolución, así entendida, sería poética.

Los políticos, ¿no deberían hablar en poesía?

Poesía para resignificar el mundo. Poesía para crear. Recrear. Desmagnetizar las cosas: arrancar de las cosas las garrapatas del sentido común. Hacer estallar los significados: revolución semántica. Crecer, entonces, por poesía. Crecer por poesía. La aventura, el viaje del héroe, como un viaje poético.

Pensamiento poético

Podemos pensar que lo que hace el pensamiento poético es devolver a las cosas su potencial —o natural— pluralidad de sentidos. Podemos pensar que lo poético es la liberación de las cosas: la descarga: el desate: la acción de liberar a las cosas de sus sentidos unívocos. Más que repetir, el pensamiento poético crea.

Los formalistas rusos hablaban, a principios del siglo XX, de que nuestra percepción cotidiana está automatizada. El arte, la poesía, planteaban, busca des-automatizar esa percepción dormida. Devolver al mundo su delicada singularidad. Des-simplificar el mundo implica la recuperación de la complejidad infinita de la vida; cada cosa es, a la vez, una y mil cosas. La práctica del pensamiento poético nos invita a recordar que hay muchos —acaso infinitos— puntos de vista desde los cuales se puede abordar una misma experiencia.

Pararse en otro lado. Pensar diferente. Pensar como si adentro mío pensara un ejército de poetas; vivir la vida con locura poética. ¿Podemos vivir así? ¿Podemos insuflar la vida cotidiana de poesía?

La práctica del pensamiento poético

La práctica del pensamiento poético podría ser un ejercicio diario que no tiene que ver con escribir poesía, ni siquiera con escribir ni con dedicarse a nada de lo que llamamos arte. Tiene más que ver, creo, con la decisión de tomar las riendas del corcel de los significados. Asumir que las experiencias no tienen un sentido a priori. Y que, si acaso lo tienen, es porque se ha construido. Asumir que construimos sentidos de acuerdo a intereses y a necesidades. Asumir que siempre podemos dudar. Poetizar. Re-escribir.

Asumir que soy yo —Yo individual y Yo cultural—, yo como máquina humana creativa, quien da valor y significado a las cosas. Asumir que soy yo —individual y colectivo y cultural— quien decide el sentido de las cosas.

Si las cosas ya significaban algo, ¿qué pasa cuando pongo en duda todos esos sentidos que ya tenía tejidos alrededor de las experiencias? El sentido como un perímetro, como un lote, como un alambrado. Si la vida cotidiana es mi parcela y la poesía el campo, ¿qué pasa cuando atravieso el alambrado?

A la carga, poetas, a atravesar el alambrado, a destejer el mundo.

Comentarios

comentarios