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Se sabe que la lectura tiene infinidad de beneficios, con independencia de la edad que tenga el lector en cuestión, pero en la etapa infantil juega un papel especialmente fundamental, como demuestran decenas de estudios que se han centrado en el desarrollo de las capacidades que brinda la lectocomprensión desde edad temprana. Por ejemplo, un estudio del departamento de pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York señaló que leer libros a niños menores de seis meses puede hacer que su vocabulario y sus habilidades en comprensión y expresión mejoren al cumplir cuatro años.

A simple vista, la lectura promueve en los niños la curiosidad, el espíritu crítico, la indagación sobre el mundo que los rodea o desarrollo de la imaginación. Partiendo de una investigación donde se analizaba el desarrollo cognitivo de gemelos monocigóticos evaluados en cinco momentos diferentes entre los siete y los dieciséis años, especialistas de la Universidad de Edimburgo demostraron que los niños expuestos a la lectura tienen puntuaciones más altas durante la etapa escolar, lo que se traduce en una mayor inteligencia.

Este descubrimiento demuestra que la inteligencia no es una capacidad fija o innata sino que depende de distintos factores externos. Era evidente que la lectura permitía desarrollar capacidades que permitían obtener mejores resultados en la etapa educativa, como el extraer información de textos, pero parece ser que este hábito podría tener un impacto en habilidades cognitivas más generales. Como aseguró Stuart J. Ritchie, principal responsable del estudio: «La lectura puede, con el tiempo, mejorar la inteligencia general. Dada la evidencia de que tanto la capacidad de leer como el interés son susceptibles de intervención, los hallazgos que demuestran que la mejora de estos factores podrían impulsar el desarrollo de la inteligencia». Se han hecho estudios que demuestran cómo determinado tipo de lecturas, en concreto Shakespeare y Kafka, pueden mejorar las capacidades cognitivas.

Al decodificar la lengua escrita, se activan zonas de la corteza cerebral ‒la occipital y la temporal‒ que permiten reconocer el significado de las palabras. La zona frontal motora se enciende al evocar sonidos, mientras que los recuerdos activan el hipocampo y el lóbulo temporal medial. Cuando se lee una simple frase y se interpreta, esta evoca recuerdos, aromas, colores y sonidos. «Al leer, el cerebro hace representaciones visuales de los paisajes, escenas o momentos, potenciando la imaginación y capacidad visuoespacial. Diversos estudios recientes indican, además, que las personas que leen literatura con frecuencia desarrollan más la empatía. Esto es así, porque al leer, la persona se identifica con los personajes, con sus vivencias y aventuras, poniéndose en su lugar e identificándose afectivamente con ellas», señaló Ayoze González, Responsable de la Unidad de Neurología en Hospital San Roque de Las Palmas a el país.

Además, se sabe que en etapas de edad avanzada, la lectura puede ser clave para la longevidad y para evitar el envejecimiento neuronal. «Cuanta mayor reserva cognitiva tenga, mayor será la capacidad de mantenerse mentalmente sano durante mayor tiempo. Aunque estemos en fases iniciales de una enfermedad neurodegenerativa, si conseguimos potenciar la neuroplasticidad de las neuronas sanas, conseguiremos mantener, e incluso desarrollar, nuevas conexiones neuronales que permitan contrarrestar durante un tiempo la enfermedad», concluyó el neurólogo Ayoze González.

Los padres, y no solo los centros escolares, son los responsables de promover la lectura entre los niños. Ahora bien, todo parece indicar que obligarles a leer sin más, sin usar otras estrategias, puede ser contraproducente y disminuir su interés por la lectura. De entre todas las maneras de fomentar el hábito, la lectura compartida parece la más eficaz. Los beneficios de la lectura compartida incluyen un mejor manejo del lenguaje, el desarrollo de habilidades para escuchar y deletrear, comprensión lectora y vocabulario, y habilidades esenciales de alfabetización, así como también supone una oportunidad de momento social compartido entre padres e hijos.

Si bien la mayoría de las investigaciones en esta área se centran en los niños pequeños, esto no significa que estos beneficios desaparezcan a medida que los niños crecen. Sin embargo, según un estudio llevado a cabo por el World Economic Forum demostró que la lectura compartida tiende a abandonarse cuando los niños cumplen entre cuatro y seis años ‒en concreto se abandonó en tres quintas partes de 997 niños‒. Pero la investigación sugiere que no se debe abandonar la lectura compartida solo porque los niños hayan aprendido a leer de forma independiente. Continuar leyendo con ellos, asegurándose de que sea una experiencia agradable, hasta que sean ellos mismos los que ya no deseen compartir el hábito puede aumentar su competencia como lectores, influir en su predisposición hacia la lectura e incluso aumentar su confianza. Vale la pena el esfuerzo de encontrar tiempo para compartir esta experiencia porque podemos convertir a esos niños en lectores de por vida.

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