El Demacre de Juan Muñoz Flórez

No quiero reseñar El Demacre, quiero reivindicarlo.

Su autor se llama Juan Muñoz Flórez. Publicó El Demacre en el 2016, ganó un premio con él, Los Guillermo de Barskerville, y las reseñas que se pueden encontrar en la red son todas positivas. Por mi parte, llevo tiempo sin relecturas, agobiado por la inmensa pila en mi debe de títulos imprescindibles, sin embargo, he recurrido a El Demacre en varias ocasiones en estos dos años que lo conozco, y supongo que caerá alguna vez más. Me encanta, me evade, me hace disfrutar y me conecta con un Madrid al que dejé ya tantos años atrás.

Siempre que lo he terminado o pienso en su historia me la imagino llevada a la pantalla, vendiéndose tiempo después en un pack indivisible junto Airbag, la peli de 1997 de Bajo Ulloa. Menuda tarde de tele y manta.

Quien busque etiquetas podré complacerle con algo así: «Es una novela negra ambientada en el Madrid de nuestros días repleto del humor negro tan patrio que nos identifica, el muy español y mucho español» Sí, tampoco es la mejor etiqueta del mundo, soy consciente, pero tendrá que valer.

Diego Valente, protagonista de esta historia, es un drogadicto tan carismático como egoísta, ególatra y, por momentos, odioso. Un antihéroe. En ciertos aspectos me recuerda mucho a otro cocainómano odioso al que también adoro: Sherlock Holmes, aunque Diego resulta más pagado de sí mismo que el británico. Pienso que se debe al punto de vista, si Conan Doyle se hubiese decidido por la narración en primera persona, al detective de Baker Street no le habríamos aguantado ni el primer capítulo. Diego es un madrileño —del mismísimo centro, punto importante a destacar— de treinta y cinco años y una vida post-universitaria. Se niega a conseguir un trabajo alienante y su mayor desgracia reside en que le ha abandonado su novia atractivísima y fogosa de veinte años. Más de uno y de una empatizará con la situación; por lo de la vida post-universitaria con treinta y tantos o quien sabe, porque haya sido abandonado por su pareja atractivísima y fogosa quince o diecisiete años menor.

Diego, que también es el narrador de la historia, estudió Filología Clásica —y sus méritos le valieron para alargar su estilo de vida con varias becas—, es un chico de barrio, de cañas y tapas, de filosofar de fútbol, del cáncer que significa el Tito Floren para el Madrid —sic de uno de los personajes—, de si Casillas sí o si Casillas no, de garitos y antros, de fiestas y drogas, muchas drogas, de esos urbanitas pasados de rosca que no tienen ni carnet de conducir porque para qué, si vive en el puto centro. Esta mezcla consigue un ritmo y un estilo brutal, unas expresiones y metáforas potentes, tan actuales como originales, frescas y que cruzan de forma constante la línea que divide al Diego más culto con su carácter más soez y barriobajero. La construcción del protagonista y de los personajes secundarios son vibrantes, aunque su origen, al menos de alguno, venga del cliché. Acabo de terminar la novela entre esperas de cercanías, de autobuses y demás espacios públicos, y a pesar de conocérmela bien, he soltado varias carcajadas descontroladas. He conseguido que más de uno a mi lado se levante del asiento y me permita disfrutar de más espacio vital. Gracias, Juan.

En lector encontrará en la misma página palabrotas, latinismos, expresiones poligoneras, diálogos fieles al pulso de la calle y multitud de referencias cinéfilas y mitológicas. En las páginas de El Demacre se nombra indistintamente a algún cantante de esa sopa de hip hop y Funky pasteloso con tropezones de latino, a Séneca, Cristiano Ronaldo y al mismísimo Tolstoi, entre otros; todo un puntazo.

Muestro un botón:

«…para el Richi yo debía ser una especie de oráculo de Delfos redivivo, solo que en lugar de gases que me que me hiciesen recitar hexámetros a lo loco, a mí las paridas me las dictaban el cristal y mi cerebro de psicótico.»

Otro, acerca de un portero de discoteca que pregunta cuántos van a entrar al local:

«Estuve tentado de decirle que si dejara de mirar al horizonte con cara de def-con-uno y se molestara en contarnos, no tendría que hacer el ridículo con esas preguntas de retraso mental. Por supuesto, respondí con una sonrisa de tú y yo colegas para siempre, mi héroe»

El último, que no puedo resistirme, acerca de una situación tensa en una terraza de un bar:

«Con dos botellines aún en el cubo y varios salchichitos en el plato yo no hubiera abandonado mi posición ni aunque por Fuencarral estuviera subiendo la Séptima División Panzer acaudillada por Rommel»

Y así todo el libro.

Menos mal que esto no es una reseña, porque después de 800 palabras de artículo, todavía no he mencionado el conflicto que dispara la trama. Como Diego no quiere trabajar y se le acaba el dinero de la beca —donde no ha dado palo al agua—, decide convertirse en el camello oficial y exclusivo del antro más antro del centro, El Demacre, como lo llaman él y sus amigos —el verdadero nombre no transciende, y es una pena, porque estoy convencido de que existe—. Para Diego este apaño es perfecto, porque de jueves a domingo gana mucho dinero haciendo algo que no considera un trabajo para pasar de domingo a jueves como le da la gana, que es, básicamente, con su novia, ya que confía en recuperarla.

Por supuesto la cosa se complica y sin darnos cuenta nos encontramos en una espiral cada vez más vertiginosa de causas-efecto tan increíbles como divertidas —siempre partiendo del hecho de que soy fan de la novela negra y del humor negro—, con una toma de decisiones por parte del protagonista tan genuina e ibérica como los protagonistas de Airbag, de ahí la mención anterior. La historia, de doscientas cincuenta páginas, se me acaba muy pronto y de forma abrupta, quizá demasiado, y seguramente sea culpa mía, porque disfruto tanto con el narrador y sus diatribas que el final —que es muy bueno—me sabe a poco, ya puedes ir sacando una secuela o precuela o lo que quieras, le diría al autor si pudiera.

También digo que esta novela no es para todo el mundo; si no aceptas que el narrador abrace su drogadicción, que haga apología de su estilo de vida autodestructivo, te incomodará. Creo que este tipo de personajes, mientras a más gente ofenda, mejor. Barrunto la creación de esta historia en un momento difícil para el autor, escrita desde la amargura y el desengaño y sin ningún objetivo de agradar a nadie. Es honesta, visceral y auténtica. Esto mismo es lo que hace de El Demacre uno de mis libros favoritos. Me gustaría no haberla leído para tener la oportunidad de hacerlo de nuevo por primera vez.

Reivindico El Demacre, ya podéis buscar reseñas de verdad o, mejor aún, confiar en este artículo y encontrar un ejemplar. Yo voy a investigar cómo se abre un Change.org para que Alex de la Iglesia filme la película.

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