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Pocos artistas actuales están rodeados de tanta polémica y de tanta expectación como Banksy. Recientemente destruyó una de sus obras con una trituradora oculta en el lienzo justo después de que esta fuera vendida en una subasta. Esta circunstancia, que ha sido interpretada como una obra de arte en sí misma, ha suscitado toda una ola de reacciones a favor y en contra del grafitero. Y también ha generado imitadores. Uno de ellos es el artista estadounidense Ron English, que ha anunciado que también se propone destruir una obra de arte, pero no suya sino del propio Banksy.

La obra en cuestión no es poca cosa. Se trata de una de las más icónicas del misterioso artista callejero, Slave Labor, donde se ve a un niño trabajando una máquina de coser y luciendo una bandera del Reino Unido. Para hacerse con esta obra de arte, English ha desembolsado unos 640.000 euros. A continuación, según ha informado en un comunicado, se dispone a pintarla de blanco, con el objetivo de protestar contra la compra y venta de arte callejero.

Hay que recordar que la pieza, hecha con aerosol en blanco y negro sobre hormigón, fue ejecutada por Banksy en mayo de 2012 en la pared exterior de una tienda en Wood Green pero que fue retirada a escondidas y subastada en 2013, lo que generó malestar entre los vecinos, que se sentían orgullosos de lucir semejante obra. La pintura fue vendida por el Grupo Sincura por casi un millón de dólares y aunque nunca se supo quién era el propietario sí se dejó claro en todo momento que la venta era legal. En malestar generado por esta transacción llegó a trasladarse incluso a la esfera política. Lynn Featherstone, miembro del Parlamento Liberal Demócrata, hizo un llamamiento para que se devolviera el mural al lugar originario. «Se ha privado a una comunidad de un activo que fue entregado de forma gratuita y que mejoró enormemente un área que lo necesitaba», dijo en su momento. Hasta seis imitaciones de la obra aparecieron en las afueras de la tienda 36 horas antes de la subasta, lo que llegó a interpretarse como una reacción por parte de Banksy en contra de la venta.

En cualquier caso, la protesta de English no parece estar demasiado fundamentada, ya que una vez que la haya destruido tiene planeado revenderla, convertida en una pieza de arte conceptual. El negocio en apariencia es redondo porque la intención de English es vender la obra por 875.000 euros, obteniendo un beneficio de más de 200.000 euros, algo que no es completamente descabellado teniendo en cuenta que según la página MyArtBroker.com, que revende piezas de Banksy, después de que Girl with Balloon fuera destruida en la subasta incrementó su valor en un 50% de golpe. «Estoy loco pero no soy estúpido», comentó el artista. De esta manera, English pasará a formar parte de aquello que en teoría pretendía denunciar: el robo y la reventa de obras de arte creadas para espacios públicos.

Ahora bien, ¿ser el dueño de una obra de arte que es icónica te da derecho a destruirla? Sobre este tema ya hemos hablado en alguna ocasión en La piedra de Sísifo. En Estados Unidos la Ley de Derechos de los Artistas Visuales otorga a los artistas derechos morales sobre sus obras de relevancia destacada, permitiéndoles interceder jurídicamente para protegerlas o castigar a aquellos que las dañen o las destruyan incluso aunque no sean de su propiedad.

Tal vez parezca que, dejando a un lado excentricidades como la de English, nadie va a proponerse destruir obras de arte, pero lo cierto es que esta situación es más habitual de lo que se piensa cuando se trata de arte callejero. En no pocas ocasiones se tapan grafitis que tienen un incuestionable valor artístico. De hecho, eso es precisamente en su origen Slave Labor de Banksy, y no está de más volver a repetir que la obra pasó del dominio público a manos privadas como consecuencia de un robo ‒aunque parece bastante improbable que Banksy emprenda acciones legales para protegerla‒. Pero la situación del arte de Banksy no es única. El arte callejero está experimentando una vertigiosa revalorización en los últimos tiempos. Cada vez es más habitual ver colgadas en galerías y museos piezas que fueron creadas en la clandestinidad de la noche. A menudo son robadas de su lugar originario y vendidas con esa misma clandestinidad. Que este tipo de obras de arte llamen la atención de críticos y coleccionistas es positivo porque sitúa algo que hasta hace poco era considerado como vandalismo al mismo nivel que las obras maestras tradicionales, pero al mismo tiempo nos hace ver la necesidad de proteger de la expoliación a unas piezas que fueron creadas para el disfrute de todo el mundo.

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