Hace poco le hacía esta simple pregunta a un amigo: ¿Cómo te sientes? Después le pregunté también: ¿Cuántas veces te han preguntado esto en casa, por ejemplo tus padres? Y para terminar le pregunté otra cosa más: ¿Cuántas veces te has hecho a ti mismo esta pregunta?

Quizás la gente cree que esto de observar las emociones es cosa de niños, que también, pero a todo el mundo le sentaría bien mirarse un poquito para adentro y aprender a detectar las emociones más primitivas.

−¿Cómo te sientes? −me preguntaba ella casi a diario.

Al principio no sabía qué contestar, y si tenía un buen día decía decía Bien, y si me había levantado con el pie izquierdo contestaba Yo que sé, no me preguntes.

Bien es una respuesta que no sirve de nada −ella siempre volvía a la carga, y yo no sabía qué contestar, porque nunca me habían preguntado algo tan raro−. Si me dices Bien, sin más, mal, déjame en paz, no sé… Y todas estas respuestas vacías, ¿no será que no sabes detectar tus propias emociones?

Os invito a ver una película de animación que se titula Inside out, y que explica de forma maravillosa cómo funcionan dentro de nuestro cerebro las emociones de la ira, tristeza, alegría, miedo y el asco.

−A veces tengo ganas de pegar puñetazos −le dije una vez.

−Eso es porque te sientes preparado para afrontar un reto, y el cuerpo se lo toma como una amenaza a la que hacer frente −me explicó ella−, por eso se concentra la energía en las manos, porque como animales que somos, es lo que utilizamos para defendernos.

−Otras veces tengo ganas de correr −observé.

−Ah, claro; esto pasa en el caso contrario, en el de no sentirse capacitado para superar un desafío, y querer evitarlo −y tenía sentido.

Entonces empecé a observar mis emociones… Y era muy complicado. Por ejemplo a veces sentía cierto calor en el pecho, era una reacción de pocos minutos y segundos, y entretanto me entraban ganas de contestar de forma agresiva, tirando algo o diciendo algo en respuesta. Era la ira, y aprendí a reconocerla.

−No te preocupes por darte cuenta de que eres una persona imperfecta que no sabe controlar sus instintos −me dijo ella en cierta ocasión−. No se trata de reprimir las emociones, o domarlas; se trata más bien de saber detectarlas, pararse a mirarlas y conocerlas.

−Ya, pero yo no quiero decir cosas de las que arrepentirme cuando me enfado −suspiré.

−Bueno, primero tendrás que darte cuenta de que te has enfadado, y después deberás aprender a gestionar esa emoción. Será muy importante que cuando sepas que te has enfadado, o frustrado o tengas miedo o incluso alegría, sepas por qué es.

Y es que los patrones se repiten una y otra vez, y nos enfadamos por las mismas cosas o por lo que recibimos de las mismas personas: seguramente casi todos tengamos a esa persona que es capaz de sacarnos de quicio. Pregúntate por qué.

−¿Recuerdas cuando fumabas, al principio de conocerme? −me preguntó hace ya algún tiempo.

−Sí, claro, me costó muchísimo darme cuenta de que empecé a fumar porque estaba aburrido y me sentía sólo −recordé.

−Sí, saber el por qué de haber empezado a fumar es importante, pero lo es más saber por qué se fuma cada vez que se hace. Con el tiempo se convierte en un gesto automático y casi inconsciente, pero perjudicial igualmente. La nicotina es muy poderosa, pero los hábitos también lo son.

−Sí, cada vez que salía de casa ya tenía la decisión de fumar tomada, y entonces pasaba por el estanco a comprar uno o dos puritos. Cuando los fumaba intentaba no sentirme mal o fracasado, y pensaba por qué no era capaz de dejarlo −esta etapa duró mucho tiempo.

−¿Y ahora? −preguntó ella con una sonrisa.

−Ahora ya no me fijo en los estancos que antes veía desde lejos, y no tengo esa tentación y necesitad de encontrar un momento de consuelo en dar unas hondas caladas; cuando alguna remota vez quiero fumar, respiro hondo varias veces, me pregunto qué ha desencadenado mis ganas, lo analizo, y consigo lo mismo que inspirando humo.

−Lo has hecho muy bien.

Ser minero de uno mismo es algo que una vez empezado no se puede parar, quizás haya momentos de distracciones, más largos o más cortos, pero despertar a lo que realmente somos es algo que no se puede detener.

Y para terminar un cuento:

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