Recuerdo a la perfección la sensación de superioridad económica que sentía cuando, yendo al colegio, era capaz de pagar con cien pesetas objetos “Made in China”. Que un niño del Viejo Continente tuviese la resolución monetaria como para demandar trabajo y recursos de Asia era algo que ocupaba mi cerebro.

europa ya no eres el centro del mundo

Crecí pensando que Europa era el centro del mundo. España no. Madrid, donde nací, tampoco. Europa. La Unión Europea fue construida cuando tenía algo más de cinco años, y durante toda mi formación académica supe que occidente tenía un poder inimaginable. Había nacido en una sociedad próspera.

No caía en que unas décadas atrás el Japón Imperial controlaba medio pacífico. Tampoco pensaba demasiado en cómo Portugal, Inglaterra o el Reino de Castilla se habían repartido un mundo que ya no era suyo. O en cómo cientos de años antes Germania invadía los reinos vecinos mientras las civilizaciones americanas alcanzaban el punto álgido en la ciencia matemática con la que observaban las estrellas… y luego caían.

Aquello ocurría tiempo después de que el mundo islámico se hundiese con la ciencia que había impulsado el mundo hacia el pensamiento crítico. Durante no pocos años constituyeron la punta de flecha de la civilización como ocurriese con los romanos, los antiguos griegos o los sumerios. ¿Y dónde están ahora?

También recuerdo el día en que me di cuenta de cómo Estados Unidos y La URSS habían perdido el poder de la guerra. Ocurría muchas décadas después de que la guerra fría quedara congelada, mientras estudiaba la carrera. Un profesor de economía hablaba de importaciones y exportaciones, y algo me hizo ‘clic’.

“Ya no eres el centro del mundo”, pensé. Era un viernes por la tarde, y el mundo se hundió bajo mis pies. Vengo de una familia obrera pero acomodada, y aunque hemos tenido tiempos duros nunca me ha faltado de nada. Sin embargo, aquella tarde vi el futuro de Europa.

Fui capaz de imaginar un destino similar al del resto de civilizaciones que nos habían precedido, y años después una fotografía de Siria confirmaba que vivimos en una peonza en mitad del espacio en la que no hay un foco de poder. En la fotografía, no muy diferente a la de abajo, se observaba una calle de Damasco. Abajo se muestra la Universidad de Damasco en 1950.

universidad-Damasco-1950

Exceptuando el cartel escrito en árabe, esa calle céntrica habría podido situarse en cualquier ciudad occidental. En 1950, la modernidad sacudía Siria. Hoy lo hace el fuego de los morteros del país vecino. Han pasado setenta años, yo espero vivir más. En líneas generales nunca hemos vivido mejor, pero quién sabe cuánto durará una bonanza que cada vez nos cuesta más reconocer.

No es necesario que estalle la guerra o el conflicto. Es suficiente con que el dinero deje de llover del cielo para que una sociedad se vea reducida a cenizas. Grecia lleva dos milenios sin ser rica, pero en 2009 sus vecinos etiquetaron su deuda soberana como inasumible, y el país se empobreció. Pura contabilidad.

Observo al mundo y leo noticias sobre China, Singapur y Japón. Luego miro a España, y me invade la misma sensación de vértigo que viví años atrás, en clase de economía. Un día, el Viejo Continente dejará de tener el peso que tenía hasta el momento y el “Made in China” cobrará un nuevo sentido. Ya está ocurriendo.

El cambio es gradual, pero la inversión polar de la economía arrancó hace décadas, cuando surgieron palabras como las BRICS (Brasil, Rusia, India y Corea del Sur). Las economías “emergentes” han llegado pisando fuerte y un día nos superarán. Ya nacen niños en Shenzhen que se creen el centro del mundo.

Hoy lo son. Shenzhen es una ciudad china en la que la totalidad de los autobuses son eléctricos. Los han cambiado todos en menos de cinco años. 16359 autobuses, y en menos de dos harán lo propio con los taxis. En Europa nos planteamos el reto a más de dos décadas vista, y a ver si llegamos.

Hemos de ser sinceros. Hay que reconocer que hemos perdido el tren de este siglo y, aunque nuestros hijos vivan mejor que nosotros (rara es la generación que no puede decir esto) nos seremos el centro del mundo, ni quienes tiraremos del progreso o del aumento de la calidad de vida. Estas décadas le tocan a otro. Ya no eres el centro del mundo.

Imágenes | Tom Grimbert, Universidad de Damasco

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