«Soy de naturaleza pesimista, por eso en general no tengo expectativas. Los veo muertos muchas veces antes de qué lo estén (…) Un ángel muerto puede oler tan mal como un hombre muerto.»

Reflexiones de un vampiro existencialista y melancólico que vomita sus pensamientos en papel. Quiere descubrirse a través de la escritura mientras las décadas pasan y sigue allí, trabajando como conserje en un edificio repleto de oficinas.

Lo que definitivamente me fascinó de la novela de Ricardo Romero El conserje y la eternidad es que es una mezcla de géneros. Uno podría pensar que la presencia de un vampiro la convierte en una novela de terror pero para nada es así. «El género es un punto de partida», me comenta mientras charlamos en un bar de San Telmo. Sin duda, hay elementos del terror pero también aparecen partículas de otro tipo de historias. En el fondo, es una novela existencialista que me recordó un poco a Patrick Modiano. Con gran picardía, el autor nos introduce en un universo que nos horroriza y, al mismo tiempo, nos acongoja.

Conversamos mucho de la mezcla de géneros como un recurso que potencia la creatividad del artista. Mencionó la película sueca Déjame entrar, basada en la novela de John Ajvide Lindqvist, ejemplo muy claro de cómo combinar de manera muy astuta distintos elementos: «Una historia de amor y amistad enmarcada en un universo terrorífico». Su novela juega con este recurso magistralmente y su lectura me ha impactado profundamente, como debe hacerlo la buena literatura.

Nacido en Paraná, Argentina, en el año 1976, Romero se ha consolidado como exponente del terror y la ciencia ficción en Latinoamérica. Géneros que crecen gracias a la pluma de nuevos maestros que continúan una tradición de centurias. Además, como ferviente lector de Lovecraft, escribió el guion de la película Necronomicon junto a Luciano Saracino (otro fan de Lovecraft). Dirigida por Marcelo Schapces, el largometraje trabaja sobre una vieja leyenda iniciada por el mismísimo Jorge Luis Borges, la cual establece que el célebre libro de los muertos se encuentra en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

Autor de múltiples novelas y ganador del premio del Fondo Nacional de Artes por su novela Yo soy el invierno, inspira a otros a seguir su camino. No pude evitar contactarlo para tomarme un café con él para hablar de géneros literarios y sobre el significado de la escritura.

¿Cómo empezaste?

Siempre me gusto leer. Imagino que todos empiezan por la lectura. No diferencio la lectura de mirar televisión: para mi Robotech fue tan importante como Julio Verne o Stephen King. Y sí, el cine y las series de televisión se vuelven una parte fundamental de lo que uno va imaginando.  Jugaba a escribir antes de saber escribir. Leía mucho género (terror, ciencia ficción) pero cuando estudié la carrera me alejé un poco. De chico me atrapaba el miedo, lo que sucedía con la lectura, esa experiencia física, eso que te pasa por el cuerpo. Eso es intransferible y no te lo olvidás más. De lo fantástico no me alejé tanto porque lo veía en la universidad, supongo que culturalmente es un género más aceptado, por lo menos acá en la Argentina. El policial también me gustaba mucho. Como editor tuve la oportunidad de armar antologías y ahí pude volver a H.P. Lovecraft y a los policiales. Mi relación con los géneros es particular, me gusta utilizar elementos de cada uno. Para mí el género es un punto de partida, no de llegada. No quiero llegar a la novela de terror. Lo que hace el género, es brindarme un sustrato que utilizo para escribir el relato. Después puedo alejarme si así lo quiero.

¿Crees que en la Argentina la ciencia ficción y el terror han sido géneros parias?

Creo que eso ha tenido que ver con el azar. Con quienes establecen los cánones literarios, con los que eligen que se debe leer y que no. Si, por ejemplo, Borges y Bioy Casares no hubieran escrito policiales, probablemente éste género también hubiera sido aislado. Quizás eso fue lo que ocurrió con el terror y la ciencia ficción.  De todas maneras deben haber algunas novelas olvidadas del género que se podrían descubrir si uno investiga.  

¿Qué sentís con respecto a lo que escribís? 

Uno escribe los libros que le gustaría leer. A veces leo una novela que me gusta y quiero hacer algo como eso. Al final no me sale pero queda algo que se le  parece y quedo contento con el resultado. Soy feliz con ese libro. De hecho, mejor que se desvíe un poco porque, de lo contrario, sería una copia. Puedo decir luego: «éste soy yo, con mis errores y mis aciertos». Quiero vivir así la escritura. Metido en mi universo, en mi mundo. En una novela hay un universo y no sabés bien como está organizado. Lo más importante es la experiencia de la escritura, no el resultado. Ese es el problema que yo veo muchas veces en los talleres literarios: hay mucho trabajo de corrección, pensando en la mejor versión de un texto. Yo no sé si lo más importante sea la mejor versión. Lo importante es experimentar cuando escribís.

Leíste policiales y ciencia ficción, imagino que te gusta William Gibson.

Sí, leí  Neuromante. Es un policial negro que se cruza con otro género. Los mismo que Sueñan los androides con ovejas eléctricas de Philip Dick. También me encantan unos cuentos policiales de Stanislaw Lem previos a sus cuentos de ciencia ficción. Son cuentos originales porque, por ejemplo, en uno hay un crimen pero no hay criminal, y en otro saca el crimen. Hace un trabajo muy bueno.

¿Qué te aportó Lem?

Es genial. Me aportó algo que me han aportado también otros autores de ciencia ficción (Ballard, Harrison, Dick): una ambigüedad constructiva que rompe con esa lógica occidental con la que intentamos interpretar el mundo. No vas a entender nada y, ese motivo, está en juego tu identidad. La idea es que lo intentes, no que lo resuelvas. Tanto Lem, así como Harrison, Ballard y Dick ponen en crisis la idea de realidad. Establecen que la realidad es una convención. Hace poco leí un libro de divulgación científica de Carlo Rovelli, un físico italiano, que se llama El orden del tiempo. Trata sobre la teoría de los bucles. Realmente me fascinó. Entendí finalmente la teoría de la relatividad. Él desarma toda la idea del tiempo que damos por sentada. La idea de presente y la de linealidad es muy reciente desde el punto de vista histórico. Antes de Newton se entendía y se vivía el tiempo de otra manera. Que una lectura me ponga en crisis esas cosas y que yo pueda trabajar sobre eso me encanta, más allá de lo argumental. El terror, la ciencia ficción y la fantasía no deben anclarse en lo argumental. Podés usar artilugios literarios que te pueden divertir pero hasta que no aparezca la carne del lenguaje, lo narrativo, no me llama la atención. Me refiero en este caso al planteo de cuestionar la realidad desde el mismo discurso, de no creer en la linealidad narrativa. Por más que una novela pueda ser lineal, esa misma linealidad puede estar quebrada de alguna manera, fracturada, enrarecida. Como lo hace en el cine David Lynch. Él quebró la lógica narrativa. Hay un antes y un después. Y ahora lo hizo de vuelta en la última temporada de Twin Peaks. Te saca la posibilidad y la tranquilidad de saber cuál es el punto narrativo de partida. No hay un punto cero. David Lynch es en un estado. A veces digo: «hoy necesito un capítulo de Twin Peaks porque eso me hace bien».

¿Incorporaste lo alegórico de Lem o no?

La verdad no. Lo alegórico es peligroso ya que cristaliza el sentido. Pienso en la diferencia entre una alegoría y una metáfora. La metáfora multiplica el sentido. No está clara la referencia porque se trata de un artefacto poético. En cambio, la alegoría es un artefacto político donde existe un solo significado. Estás explicando algo preciso de una forma más fácil, no hay lugar para la interpretación. Por ejemplo, la revolución rusa con una granja de animales. Este recurso me parece poco interesante. Es como todo el cine de ciencia ficción norteamericano de los cincuenta, que hacía referencia al comunismo con invasiones extraterrestres. Es una herramienta política muy eficaz utilizada hoy en día por los gobiernos. La literatura puede desarticular esos discursos lo que a mí me parece un trabajo más interesante. No soy de los que creen que la literatura vive en un termo y que no sirve para nada. Por el contrario, ésta trabaja sobre el imaginario social y, con el tiempo, las cosas que plantea decantan. Cuando te querés acordar hay algo nuevo en el imaginario colectivo. Ese es el trabajo de la literatura.

¿Cómo hizo Stephen King con Rage? Lo acusaron de incentivar los tiroteos en las escuelas cuando en realidad observó de antemano algo que se estaba gestando en la sociedad.

Exacto. Podemos reconocer un montón de cosas que aparecen en la literatura mucho antes de que sucedan. Sensibilidades que están dando vuelta.

Bueno, precisamente, Neuromante se anticipó a todo.

Es increíble que haya sido escrito en los 80. No había nada que pudiera confirmar lo que anticipaba la novela. Es muy loco la capacidad de acierto que tuvo. Más allá de la Internet y de las AI, lo que me llamó la atención fue la sensibilidad de sus personajes atravesados por todos esos cambios tecnológicos. Hay un texto muy lindo de Gibson sobre el ocio. Fue escrito a principios de los 90. En él decía que la Internet servía solamente para el ocio pero que, con el tiempo, iba a dejar de servir para eso. Nuestro problema con el ocio es que somos terminalmente auto conscientes. Siempre nos estamos viendo desde afuera, pensando en cómo nos ven, y el ocio no necesita eso. Cuando hacés las cosas pensando en cómo los demás te ven o haciendo de cuenta que se lo contás a alguien, actúas distinto. Eso va en contra del ocio. Precisamente, lo vemos en el uso contante de las redes: estás mostrando todo el tiempo lo que estás haciendo. Es una autoconciencia banal y pobre estar siempre con la selfis o comentando lo que estás haciendo exactamente en ese momento. Le terminás dando sentido a tu vida gracias a esa mirada externa que en realidad vos fabricás. Vos fabricás a un ente invisible que te está mirando. Por el contrario el ocio tiene que ver con disfrutar el presente por el presente mismo.

¿Cómo te influenció Dick?

Me encantó Ubik. Es un cachetazo atrás de otro que te desarma la realidad. Cuando yo leo ese tipo de cuentos o novelas me digo: «por acá es por donde quiero ir. Esto me interesa. No importa si diseño una historia que necesite parámetros realistas, sé que quiero escribir desde ahí». No puedo escribir una novela realista a lo Balzac, mi sensibilidad es otra, va más por la idea de una realidad fragmentada, distorsionada. Míralo a Mario Lebrero. Sí, escribe realista, sin embargo hay cosas extrañas en sus escritos que es lo que me gusta. Esa todo roto. Igual lo importante no es el realismo sino la verosimilitud de los relatos.

¿Qué tomaste de Lovecraft?

H.P. Lovecraft sabía cómo crear atmosferas. Hay autores que te muestran al monstruo y eso le quita gracia al relato, en cambio Lovecraft no te muestra nada. Es puro clima.

Las adaptaciones al cine de Lovecraft siempre fueron bastante mediocres; sin embargo, hubo películas que, si bien no se basaron directamente en alguna de sus obras, capturaron su esencia. Por ejemplo Alien, La cosa y, sobre todo En las fauces de la locura. La ultima particularmente recrea la atmosfera de los cuentos de Lovecraft.

Sí, esa es la que mejor captura su esencia. Es la mejor de las películas «lovecraftianas» y es de John Carpenter.

¿Por qué creés que es la mejor?

Porque captura la esencia, la atmósfera. No me importa una adaptación argumental de Lovecraft. Lo argumental ha envejecido. No vamos a sentir miedo por sus argumentos. Hay infinidad de historias sobre seres deformes. No tiene que ver con eso, tiene que ver con lo desconocido, con lo abismal. Con la idea de que existen dioses que son amorfos e idiotas y que, dentro del universo, la humanidad es un punto muy pequeño e insignificante. Ese miedo no va envejecer nunca. Nunca vamos a dejar de sentir ese terror a causa de ese detalle existencial. Por eso diseñamos una realidad que podemos controlar, de lo contrario no estaríamos tranquilos.

¿Cómo están en la actualidad los géneros del terror y de la ciencia ficción en la Argentina?

No solo no se los rechaza sino que se los potencia. Fijate que, de los autores más vendidos de la nueva narrativa argentina, muchos trabajan el género fantástico. Mariana Enríquez trabaja el terror.  De hecho se venden a nivel internacional. Hay muchos autores que están trabajando muy bien el género. Tomas Downey y Luciano Lamberti lo hacen con el cuento. Oliverio Coelho trabajó con la ciencia ficción. La de él es una ciencia ficción cercana al mundo de Marcelo Cohen. Si bien no es una ciencia ficción tradicional como lo es la de Carlos Gardini (Fabulas de invierno), toma muchos elementos. Lo que me encanta de Cohen es que adapta el género a la realidad Latinoamericana. Nosotros importamos la mayoría de los géneros y eso dificulta un poco trabajarlo porque originalmente fueron concebidos en otras sociedades. Para el género policial Elmer Mendoza lo resolvió bien en México donde su personaje es muy corrupto pero, a su vez, está preocupado por resolver el crimen. Cohen dice que la ciencia ficción del tercer mundo tiene que ser una ciencia ficción «berreta», un universo donde las cosas no funcionen bien. Y esa es una idea muy interesante que, además, te permite superar toda esa carga tan pesada que te propone la ciencia ficción anglosajona. Te anima mucho ver a otros hacer las cosas que vos querés hacer. Si una persona se animó a ir hasta allá, eso me da ganas de intentarlo aunque no llegue tan lejos o vaya para otro lado.

¿Trabajarías la ciencia ficción sociológica y distópica? ¿Y que tal la sátira?

No, porque no me interesa la alegoría. La distopía cae muchas veces en la alegoría. Consiste en generar un mundo que no es éste pero que, de alguna forma, nos advierte de los peligros del nuestro. Black Mirror trabaja bien el tema tecnológico pero en muy pocos capítulos se trabaja la empatía hacia los personajes. El que más me gustó es el de San junípero. Y con respecto a la sátira, la verdad que la realidad misma es una sátira de sí misma. Lo mismo que la parodia, no son elementos que me hayan atraído. Lo satírico debe ser un condimento, no lo central. Lo absurdo me interesa más.

¿Cuál es la diferencia entre lo absurdo y lo satírico?

Lo satírico ridiculiza el sentido. Exacerba el sentido hasta ridiculizarlo. Muestra sus fisuras. Lo absurdo anula el sentido. El delirio es una lupa para mirar mejor la realidad. Lo absurdo es eso, es una lupa para mirar mejor lo que ocurre.  

Con toda la movida de lo políticamente correcto como una nueva forma de censura ¿Creés que hay temas tabú o la literatura no puede juzgarse desde una esfera moral?

Creo hoy estamos corriendo un peligro de que haya una mirada moral sobre la literatura. También creo que estamos viviendo una revolución. Un cambio de paradigma. Nos van a llevar puestos y después las cosas se van a acomodar de alguna manera. Por ahora no sabemos cuál será el resultado. Estamos conviviendo con cosas que a mí no me entusiasman mucho como, por ejemplo, la moralina y «el bajar línea sobre aquello que podes decir y que podes hacer». Cuando me tradujeron a otro idioma me pidieron directamente que sacara una escena de la novela. Una escena de sexo. Me dijeron como justificación que, por ejemplo, una novela como Lolita seria impublicable hoy en día. No soy fanático de Nabokov pero me parece peligroso que esas ideas estén circulando. Al mismo tiempo, me parece natural. Para que cambie un paradigma el cambio tiene que ser violento. Claro que esa violencia las vas a padecer.  

¿El fin justifica los medios?

No en general. Sí creo que en este caso en particular uno tiene que tratar de entender que hay una cultura de centurias que se está tratando de cambiar para crear algo distinto y que eso no se puede desarmar de manera delicada. Y sí, se romperán cosas y luego hallaremos la forma de armarlas de nuevo. Es parte de este mundo que nos ha tocado vivir. Hay cosas que han cambiado y ya las vivimos. Es algo que siempre pasa. Hay distintas generaciones conviviendo con paradigmas totalmente distintos. Siento que convivo con otros mundos y siento la necesidad de relacionarme con ellos. Enriquece mi mundo relacionarme con mundos que no tienen nada que ver con el mío.

¿Creés que el rol de los artistas es ponerle un límite a esa tendencia que describís?

El punto no es escribir a favor o en contra de algo. El tema es que mientras vos escribís hay cosas que te están atravesando, cosas que modifican tu sensibilidad. Y te pasa que hay cosas sobre las que hace veinte años podías escribir y que hoy no te salen. Pero es algo personal, algo que te pasa internamente a vos. No tiene que ver necesariamente con los cambios coyunturales y generales de la sociedad. Tiene que ver con que a una edad algo te interesa y luego, al crecer, ya no te interesa tanto.

¿Investigás antes de escribir?

Para mí el trabajo de campo que hace el escritor es el de tener conversaciones. Eso de meterme en un mundo como observador para aprender sobre él supone un riesgo ya que podes prejuzgar lo que ves. Lamentablemente tu mirada viene con una carga de convicciones. A mí lo que me interesa es que el texto te llevé a un lugar a donde no esperaba llegar.

¿Cómo empieza el proceso narrativo?

Desde una imagen, un personaje. O con algún tipo de desafío que esté experimentando en el momento. Cada novela tiene su propio proceso de escritura. Y si empiezan a ser demasiado parecidas ya desconfío. No conozco el final. Eso quizás pasa más con el cuento y yo escribo novelas. A veces tengo nociones de hacia dónde quiero ir o incluso imágenes de un final, pero no sé cómo llegar hasta ahí y es la escritura la que me lleva. ¿Cómo podría seguir escribiendo si ya conozco el universo sobre el que estoy escribiendo? A través de la escritura lo voy descubriendo. Me gusta esa idea de Bolaño de «lanzarse a lo desconocido». Eso me encanta también de leer una novela: te lleva a un mundo desconocido que puede ser increíble. Y no puedo evitar preguntarme: «¿Qué le pasó a mi sensibilidad?». A menos por un rato mi cuerpo no es el mismo que tenía cuando empecé a leer.

¿Disfrutás cuando escribís o te resulta tortuoso?

Yo estoy más cerca del disfrute. Tengo malos días pero poder relacionarme con la escritura para mí es un privilegio. Y cuando es buen día, no hay nada que se le parezca. La adrenalina te lleva. A veces la escritura desarma nudos vitales que ni siquiera sabía que estaban ahí.

¿Cuál es el futuro de la escritura?

Está en su mejor momento. Todo el mundo está escribiendo todo el tiempo. Nos comunicamos por texto. No podemos pensar sin ella, sin la escritura y sin la literatura. Si nosotros tenemos futuro la escritura tendrá futuro. Lo que puede cambiar es el mercado del libro.

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