El género policial es un laberinto de emociones que nos atrapa desde el comienzo hasta el final. Incontables autores lo han desarrollado en una tradición que nos remonta a Arthur Conan Doyle y a Agatha Christie. A través de los países y las épocas ha adquirido particularidades únicas. Incluso ha sido abordado a través de un enfoque futurista por autores de la ciencia ficción. Hoy me propongo entrevistar a unos de los maestros argentinos del género: Diego Paszkowski. Un escritor con mayúsculas. Un verdadero maestro en el sentido más literal de la palabra. Sus cuatro novelas constituyen la perfección pura. El gran Adolfo Bioy Casares, uno sus mentores, lo dijo sin tapujos.

«Todo lo poco que publiqué está muy chequeado. Me da un poco de fastidio esos escritores que publican muchos libros por año siendo la mayoría de éstos malos. Eso lo hacen porque quieren vivir de la escritura. Para mí hacer eso es como meterle la mano en el bolsillo al lector. Si yo publico algo tiene que estar perfecto. Estoy orgulloso de lo que publiqué. No me arrepiento ni siquiera de una línea. Todo tiene su razón de ser, yodo fue trabajado a conciencia. Lo que no me sale bien no lo público. Bioy Casares se arrepintió de todos sus libros anteriores a La invención de Morel. Se los pagaba el papa y él creía que la editorial se los publicaba. Yo aprendí de su experiencia. De hecho, Bioy Casares leyó algo mío y me escribió una carta diciendo que era un escritor genuino.»

Un escritor autentico, un verdadero artista, es aquel que busca innovar constantemente y, al mismo, tiempo, es aquel que busca la perfección de manera obsesiva. Me comenta en un tono seguro:  «Aprendés a escribir bien corrigiendo mucho. Yo cada página la corrijo mil veces. Cada página está muy pensada. Ahora bien, una mirada externa siempre es necesaria.»

El verdadero artista es quien forja sus creaciones a través de la paciencia. El tiempo para cada obra será el que deba ser, incluso si son años.

«Soy muy paciente para escribir, con Rosen, una historia judía tardé once años, la fui haciendo de a gotitas», me comenta mientras ceba el mate.

Al entrar a la casa de Diego observo con atención. El lugar parece un culto a la literatura: libros por doquier, repartidos en distintos estantes, una pequeña computadora y un gato que brinda cariño incondicional a los visitantes. Me muestra con orgullo las distintas antología que se publicaron en base a los talleres que da desde hace décadas. La obra de sus alumnos, su legado. Esos cursos son un espacio dirigido para que los jóvenes aprendan el más sagrado y noble de los oficios: las escritura. Él es un viejo maestro que trasmite sus conocimientos a las jóvenes generaciones que buscan encontrarse en los laberintos de las letras.

«Yo amo trabajar con grupos de escritura. Lo que realmente amo es corregir. Incluso lo amo más que escribir. Escribo más que nada para mostrarle a mis alumnos desde qué lado les estoy corrigiendo. Tengo pocas novelas escritas, solo cuatro. Hace cinco años que no publico nada y no sé si publique algo en un corto plazo. El motivo es simple: no vivo de eso, vivo de dar clases. Me encanta ir al bar dos horitas por día a corregir. Yo no me considero un escritor, soy un docente. Ese es mi laburo central. Esa es mi pasión.»

No solo a través de los talleres inspira a otros a escribir y a perfeccionarse. Lo hace a través de cuentos infantiles. En abril se publicará su último libro, en el cual planea introducir a los chicos al género que tanto ama: el policial. El título: Donovan, el mejor detective del mundo.

Si bien escribe desde los 16 años, su consagración vino mucho más tarde. Recuerda los comienzos con dulce nostalgia.

«A los 16 años descubrí que quería escribir. Tenía un amigo que escribía y que era el centro de la fiesta. Cuando había reuniones él se ponía a leer lo que escribía y todos lo escuchaban. Encima, tocaba la guitarra y era actor así que imaginate. Tenía todo el carisma del mundo y yo me moría de envidia. Quería ser yo el centro de la fiesta. Por eso comencé a escribir, para quitarle el lugar a él y lo conseguí. Y acá estoy. Empecé a escribí por envidia. Siempre cuento esa historia en los colegios. Y los chicos ven que ahora soy el centro de la fiesta (risas). Luego seguí escribiendo hasta escribir realmente bien.»

Sonrío al escucharlo mientras el gato, su fiel compañero de aventuras literarias, ronronea a mi lado. Dos momentos marcaron su vida. Primero cuando su primera novela Tesis sobre un homicidio ganó el premio La nación en el año 1998. El segundo momento fue cuando dicha novela fue adaptada al cine por Patricio Vega, dirigida por Hernán Goldfrid y protagonizada por Ricardo Darín.

¿Cómo fue la experiencia de ver tu primera novela en la pantalla grande?

Con Tesis sobre un homicidio en el cine me fue muy bien ya que movilizó todo el resto de mi obra. Estoy muy contento con lo que hicieron con mi novela. Por supuesto que, cuando me ofrecieron el proyecto de adaptarla a la pantalla grande, quería trabajar en el guion pero el guionista me dijo que ya tenía su propia visión.  Ahí tuve que tomar una decisión importante: o me peleo por cada coma que me cambien o acepto que la película es del director y que la novela es mía. Y eso último fue lo que hice. Lo único que pedí es que me dieran un pequeño papel, así que hice un cameo (risas): le pido un autógrafo a Ricardo Darín al principio de la película. El cine y la literatura son lenguajes distintos. Hay cosas que se pierden en la adaptación pero también hay cosas que se ganan como, por ejemplo, la espectacularidad de las escenas. Al hacer el pasaje al lenguaje audiovisual se deben hacer sacrificios. En mi novela, por ejemplo, se exploran los puntos de vista tanto del protagonista como del psicópata. Eso en el cine era más difícil de hacer y, en ese sentido, estoy de acuerdo con tomar solamente la perspectiva del protagonista. Sobre todo porque quién lo interpreta es nada más y nada menos que Ricardo Darín que es un gran actor. Lo mismo que con el hecho de utilizar un final abierto en vez de un final claro como es el de la novela. Para mi estuvo muy bueno porque la gente salía del cine a comprar la novela. Fue una locura cuando salió la película. Fue genial. Quizás yo hubiera hecho algo distinto con el guion pero igual quedé muy contento con el resultado. Además fue una de las mejores cosas que me pasó. Pude interactuar con Darín unos minutos. Eso estuvo bueno. Son cosas geniales. Pensá que la vida de un escritor consiste en estar acá, solo frente a la computadora con sus fantasmas. Y de repente vas a un set de filmación con cincuenta extras, cámaras y grúas. Es mucho más dinámico. En general, lo que hago para estar en contacto con la gente es dar talleres literarios que es lo que realmente amo hacer. Me la paso rodeado de alumnos todos los días, tengo grupos de ocho personas. Si no tuviera eso quedaría solo con mis fantasmas, con mis personajes, y los haría hablar en mi cabeza. Eso sería un poco duro para alguien como yo, que le gusta relacionarse con la gente. El cine, por el contrario, es mucho más amable, tiene más dinámica, tenés perfiles diversos: desde técnicos hasta actores. Fue mi primer acercamiento a ese mundo.

¿Qué es lo que amás del género policial?

Que te atrapa. Que te da ganas de averiguar las motivaciones de los criminales. Para mí es increíblemente interesante la idea de enganchar al lector desde el primer momento y llevarlo hasta el final sin que pueda parar. Hay tres libros centrales del género que todo lector debe leer: La dalia negra de James Ellroy, Cosecha roja de Dashiell Hammett y El largo adiós de Raymond Chandler.

¿Cuál es el futuro de la escritura?

Mi visión es optimista, la literatura es cada vez más necesaria. Todo tiene que ver con escribir: no se puede hacer nada sin la escritura, ni novelas ni series de televisión. Alguien tiene que inventar una historia. Yo creo que cada generación es mejor que la anterior porque las nuevas aprenden de las anteriores. Aunque no haya papel habrá internet en donde se plasme la producción literaria. Igual el papel da para mucho tiempo más. Creo que el libro, como invento, es útil todavía. Es un objeto amable. Lo podes llevar con vos, no necesitás enchufe. Yo leo en libros de papel, no leo en Kindle ni nada de eso.

¿Cómo es la experiencia de trasmitirle el género policial a los chicos a través de cuentos infantiles?

Eso es nuevo para mí. Publiqué tres libros para chicos. El día en que los animales quisieron comer otra cosa es para chicos de 6 años y con él la idea es que aprendan a leer. Después está Te espero Sofía y La puerta secreta. Éste último, está constituido por cuatro historias en las cuales existe un elemento mágico. El marco es realista pero hay algo especial. En Te espero Sofía cuento la historia de mi séptimo grado, de cómo me agarraba a piñas después del colegio. El titulo quiere decir: «te espero en la esquina y te cago a trompadas» (risas). Y es el libro más autobiográfico que escribí. En cuanto a mis novelas de adultos, son casi todas de ficción. Salvo Rosen, una historia judía, donde cuento cosas de mi familia. Es gracioso, cuando ponés algo personal en un libro, los chicos se dan cuenta. Me encanta ir a los colegios a firmar libros. Realmente me siento muy feliz charlando con ellos.  Donovan, el mejor detective del mundo sale en abril y aún no sé cuál será la respuesta de los chicos al género. No hay muchos policiales para niños. El terror es lo que más los atrapa creo yo. Es sobre un un detective, en los años 80 (sin celulares ni nada de eso) que resuelve casos siguiendo la estructura básica: introducción, nudo, desenlace. Por supuesto que, en el final, hay un toque humorístico. Son seis historias divertidas, la verdad que estoy ansioso por ver la reacción de la audiencia. Los cuentos para chicos policiales me los tomé muy en serio. No quería hacer una sátira sino más bien policiales para niños. Lo divertido, sí, es escribirlos. Cada uno le toca lo que le toca. Yo me especialicé en policiales. No hay tiempo para todo. Tampoco me quejo (risas).

¿Qué amás de la docencia?

Todo, pero especialmente ver la evolución de los alumnos. Ver cómo pasan de estar en una mar de dudas a ver cómo se resuelve cada cosa. Recuerdo cuando yo fui el alumno, tengo dos amigos que me formaron cuando tenía veinte años y que hasta el día de hoy leen lo que escribo antes de publicarlo. Es bueno tener gente que lea tu trabajo. Cuando no pasa la revisión no lo público. Tuve suerte, mucha gente me ayudó a publicar y fue muy amable conmigo en mi carrera. Les estoy muy agradecido y por ello trato de replicar eso con mis alumnos. Trato de que puedan publicar. Cuando hay algún trabajo de mis alumnos que me entusiasma trato de impulsarlos por todos los medios. Cada dos años hacemos una antología. La ultima salió en diciembre. Ahora son temáticas: «letras y música», «letras y sabores», «letras y deportes», «letras y cine». La idea de los talleres es que todos los alumnos mantengan su estilo independiente que yo sea el que los guie. Creo que un docente debe respetar lo que el alumno quiere ser. Me gusta ver cómo cambian a lo largo de los años. Hay gente que lleva mucho tiempo conmigo, años. Se genera un buen clima: se hacen amigos. Es como un club. Hay muchos filtros para entrar y no hay  gente ni muy mayor ni muy chica. De los 20 a los 40 años. Creo que 30 es una excelente edad para comenzar. Yo comencé a escribir a los 16 pero recién publiqué a los 29. Para ese entonces ya había escrito dos novelas que no eran tan buenas. Obviamente, no las publiqué. Esa fue la enseñanza de Bioy: esperar a escribir la novela perfecta, que fue Tesis sobre un homicidio. Abelardo Castillo también me dio ese consejo: «primero aprendé a escribir y después publicá».  Eso me lo dijo luego de leer una de esas novelas fallidas. Gracias a él no la publiqué y estoy muy contento de no haberla publicado. La leo ahora y me quiero matar, es malísima (risas).

¿Qué elementos caracterizan a una buena novela policial?

Una buena novela te atrapa de principio a fin. Y en algún punto te cambia la mirada sobe algo. Por ejemplo, La novela de ajedrez de Stefan Zweig. Es muy corta pero tenés una mirada muy profunda sobre la condición humana. El retrato de Dorian Grey: una de las mejores novelas escritas, te cambia la mirada sobre el paso del tiempo. Crimen y Castigo: te cambia la mirada sobre la culpa o el remordimiento. Una gran novela hace eso, te propone una nueva mirada sobre las cosas. Yo trato de que eso pase con mis novelas y expreso mi mirada sobre los temas que trato. Tesis sobre un homicidio es mi mirada sobre la justicia, sobre sus alcances y posibilidades. En el caso de El otro Gómez, podés ver mi mirada sobre la identidad. Alrededor de Lorena, que es una novela experimental y rara, es mi mirada sobre el amor. Y si vemos Rosen, una historia judía, hallamos mi visión sobre Dios. Pero no hablo de esos temas necesariamente. Es lo que ocurre lo que te lleva a reflexionar sobre eso.

 ¿Qué es la identidad para vos?

En el otro Gómez un contador es confundido con un jefe de una banda de narcotraficantes y eso lo hace vivir una vida que no esperaba. Al hacerlo sufre una transformación. La identidad es un proceso de búsqueda. Es un viaje en el que vas buscando y encontrando cosas de vos mismo. Es un proceso dinámico, no es algo estanco. Es un proceso de búsqueda.

¿Qué opinás sobre la distinción entre el escritor de carrera (que publica todo el tiempo lo mismo) y el escritor genuino que cada vez que publica busca innovar?

Yo busco precisamente eso, innovar. En tesis sobre un homicidio hay un equilibrio entre la forma y el contenido, el estilo y el argumento. Hay varios puntos de vista. Cuando hago El otro Gómez, estoy reaccionando en contra de Tesis sobre un homicidio. Por eso lo que hice fue «lavar» el estilo. Todos los párrafos son iguales, narra un personaje solamente. Por lo tanto, lo que importa acá es el argumento. Cuando termino esa novela reacciono en contra de ella y escribo Alrededor de Lorena que es puro estilo: frases hermosas, capítulos cortitos. Y finalmente, para reaccionar contra eso, escribo Rosen, la cual es mucho más formal que El otro Gómez. Voy reaccionando en contra de lo que hago. Por eso no tengo un estilo definido. Te doy un ejemplo: me han propuesto hacer la segunda parte de Tesis sobre un homicidio y les dije que no. Primero, porque no vivo de eso. Segundo porque ya dije todo lo que tenía que decir. Igualmente, no sé si todo el mundo hubiera dicho que no porque era un éxito editorial. Pero, más allá del éxito editorial, yo trabajo mis libros de forma artística sin importarme si al mundo le gusta o no. Por eso cambio de estilo notoriamente de una novela a otra. Creo que para cada novela invento un estilo apropiado para ella. Con los cuentos pasa lo mismo. Cada cuento debe tener su propia forma de ser contado. Su propia inspiración, su propio estilo, su propio ritmo. Por eso tardo cinco años en hacer una novela. Solo lo hago  cuando encuentro un tono completamente distinto que me sorprende a mí y cuando tengo la historia. Si paso cinco años sin escribir no me importa.

¿Cómo te imaginabas las películas mientras escribías tus obras?

Cuando yo escribía Tesis sobre un homicidio imaginaba como actores para los personajes a Edward Norton y a Robert De Niro (risas). Cuando escribí Rosen me imaginé a Daniel Burman del Abrazo partido. Para Lorena imaginé a Almodovar de director. El otro Gómez ahora está en proceso de hacerse película. Me encantaría que la pudiera hacer Campanella.

¿Qué opinás de lo políticamente correcto como nueva forma de censura? ¿Hay temas tabú?

No es tan fácil esa pregunta. Para mí, la literatura le tiene que aportar algo bueno y bello al mundo. Eso no quiere decir que el mundo sea un lugar perfecto y no pasen cosas malas. De hecho, en mis novelas pasan cosas malas: muere gente, etc…Pero está hecho desde una visión estética interesante. Ahora bien, si vos me decís que vas a hacer una novela donde los nazis son buenos, no sé si habría que hacerlo ¿Por qué? Porque son una mierda. No hablo de censura, simplemente digo que hay temas que habría que tocarlos con cierta delicadeza.  Hay cosas con las que no se puede bromear. Igual es un mundo complejo y está lleno de matices. Yo no creo que se pueda bromear con todo. Hay cosas que uno debería respetar. Por otro lado, a mí nunca me pasó que me dijeran: «esta escena no va». Sí me dijeron una vez: «esta escena es muy fuerte». A lo que yo respondí: «no me importa». Es lo que escribí y me gusta como está. Si hay cosas que a mi editora no le gustan, por supuesto, se charla pero en un marco de respeto. Es razonable. Igualmente siempre se llega a un consenso.  En mis cuentos infantiles hay una tendencia a la moraleja al explicar que los buenos son buenos y los malos son malos. Sin embargo, parece que la nueva tendencia es la no explicación, la ausencia de la moraleja, lo ambiguo para el caso de los cuentos infantiles. Para mi es necesario aclarar esas cosas. Los buenos tiene que ganar.

¿Cómo se hace para escribir bien?

Tenés que trabajar muchísimo. No es lo mismo una coma puesta después de la “y” que antes. No da lo mismo un adjetivo que otro. Cada palabra tiene su sentido y todo tiene una razón de ser. Todo tiene que ser armónico. A menos que lo hagas intencionalmente, no podés poner una palabra fuera de registro. Y así hay miles de reglas que uno primero debe respetar para luego poder transgredirlas. Eso es lo que enseño en mis talleres: que hay reglas básicas y que luego hay un montón de cosas que se alteran a partir de la intención que uno tiene. Yo necesito que mis dos amigos lean y aprueben lo que yo hago. Uno cree que lo que hace esta fenómeno aunque no sea así necesariamente. Se debe confiar en alguien a quién respetes. Eso es lo que hacen mis alumnos conmigo. Tener algún profesor es algo bueno y creo que cualquiera con la voluntad y la disciplina suficiente puede aprender a escribir. De todas maneras, escribir bien no solo tiene que ver con escribir, sino también con la mirada que uno tiene sobre el mundo. Cada novela requiere algo específico, por eso no es matemática. Para mí, escribir una novela es como construir un edificio: tenés que empezar de cero cada vez. Eso es lo que me gusta de la escritura: que no tiene que ser acumulativa.

Sin embargo muchos escritores trabajan en el mismo universo.

Totalmente. Pero yo salgo de mi zona de confort en cada novela. Distinto es si hubiera querido escribir una saga pero no fue el caso. Mi búsqueda consiste en una cosa distinta cada vez. No soy un best seller, me considero un artista.

¿Es catártica la escritura?

Por supuesto. Hay ideas que nos obsesionan, que nos las tenemos que sacar de encima.

¿Sos detallista?

Yo trabajé muchos años de periodista. La idea del trabajo de campo a mí me sirvió. El personaje de Tesis sobre un homicidio contaba los escalones de los puentes. Como el tipo vivía en Francia, agarré todos mis ahorros y me fui para allá a contar los pasos y los escalones. También consulté abogados para saber que ascensor andaba mal del juzgado en donde la novela trascurre. Cuando gané el premio «La nación» la gente creía que yo era un abogado. Nadie puede saber lo que yo sabía a menos que fuera un abogado. Pero no, soy un escritor y te engaño. Para El otro Gómez me fui a Bolivia.

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