KiddingHace varios años que Jim Carrey dejó de brillar en nuestras pantallas. Él estaba ahí, siempre ha estado ahí, pero se podría decir que las producciones por las que lo veíamos últimamente no eran ni de lejos tan divertidas, carismáticas o resultonas, como las que lo llevaron a la fama mundial en los años 90. Películas como Ace Ventura: Detective de mascotas, La máscara, Dos tontos muy tontos, o cintas de corte más dramático como El Show de Truman, Man on the Moon y ¡Olvídate de mí! —posiblemente su último gran papel, y de eso hace ya quince años—.

Cierto es que Carrey nunca ha tenido una vida muy estable fuera de los focos y las cámaras. Ha atravesado depresiones y diversos problemas personales derivados de su vida privada, especialmente no hace mucho, pero no estamos aquí para hablar de ello. Este artículo pretende ser todo lo contrario, quiere ser una celebración, porque el Jim que nos encandiló a muchos ha vuelto de nuevo, y todo se lo debemos gracias a Kidding, la nueva serie de Showtime estrenada en septiembre de 2018.

Creada por Dave Holstein, y dirigida en gran parte por Michel Gondry —director con el que Carrey ya había colaborado precisamente en ¡Olvídate de mí!—, Kidding nos lleva a conocer la vida de Jeff Piccirillo, más conocido como Jeff Pickels, un famosísimo presentador de un programa infantil de la televisión pública de Estados Unidos que no pasa por su mejor momento personal. La serie ronda a través de los diez capítulos de su primera temporada —ya se ha confirmado su renovación para una segunda— la historia de Jeff y sus relaciones con su entorno más cercano. Su familia tiene una importancia vital, ya que su padre y su hermana también trabajan en el programa de TV, aunque quizá más relevantes sean su ex-mujer y su hijo, ya que son en primera instancia el foco dramático que empuja la mayoría de actos de Jeff.

El punto de giro sobre el que se sustenta la trama viene derivado por un trágico suceso que aconteció un año atrás: la muerte de uno de sus hijos en un accidente de tráfico. Desde entonces, Jeff ya no parece ser el mismo. Siempre ha sido una persona bondadosa, de corazón noble, que no puede dejar de hacer lo que cree que es correcto. Tiene que ayudar constantemente a todos, no le importa invitar a comer a todo un estadio de patinaje sobre hielo, pagar las facturas de otra persona, regalar un coche de última gama, lo que sea… Es rico, es famoso, enseña a los niños lecciones con diversión y ternura, tiene una sonrisa por bandera y un lema: «¿Por qué usar una palabra fea en vez de una bonita?»

Jeff Pickles

Jim Carrey como Jeff Pickles

Su corazón parece no conocer la maldad. Ni las mentiras, ni los reproches, ni nada negativo. Él siempre ha visto el lado bueno de las cosas. Pero entonces uno de sus hijos falleció, y ahora un año después su mundo parece empezar a desmoronarse. He aquí el mayor interés narrativo de Kidding, esta dualidad emocional que el personaje de Carrey tiene que cargar sobre sus hombros. La culpa, el remordimiento, y las dudas se amotinan en su interior. Al mismo tiempo, las ganas de experimentar y de traer nuevos mensajes a los niños en su programa comienzan a nacer en él, pero pronto descubrirá que en el complejo y políticamente correcto mundo de la televisión, no puede de la noche a la mañana cambiar las reglas y, por mucho que sea el presentador, la cara que todos conocen, no tiene el control que quisiera —y podría llegar a perderlo todo si su depresión le gana la batalla—.

Por otro lado, la vida privada lo enfrenta directamente a superar la ruptura con su ex-mujer, aceptar que ella está pasando página y que ha conocido a otro hombre. Y a mantener el contacto con su hijo, un joven que comienza a experimentar la confusa y rebelde etapa de la adolescencia. ¿Qué puede hacer un hombre como él en una situación así?

Kidding aborda la muerte sin miramientos. En su fondo, la historia nos habla de cómo luchamos y tratamos de superar la pérdida de un ser querido. Lo hace con bastante acierto, la verdad. Y gran parte de la gracia recae en el propio Jim Carrey, que con este papel retoma sus buenas dotes interpretativas y nos ofrece una actuación que es digna de considerarse entre lo mejor de su carrera. Yo personalmente hacía muchos años que no lo veía así, vibrante, con diferentes registros, mimetizado con su personaje. Parece como si el señor Pickels hubiese sido creado a su medida —y es que posiblemente no sería lo mismo sin él—. Que ojo, no solo él está muy bien, también Catherine Keener o Judy Greer ofrecen matices estupendos.

La serie además tiene el buen gusto de ser de duración reducida, ya que todos los capítulos rondan la media hora, y en cierta manera es un formato que le sienta de maravilla. Cada episodio es un suspiro y gracias a ello no resulta cargante. Siendo su estilo ligero, una mayor duración podría cargarse el ritmo o acabar sintiéndose pesada. En absoluto es así, por suerte, y tampoco hay tramas que funcionen como relleno, incluso las secundarias aportan su granito de arena al conjunto y son entretenidas.

Fotograma de Kidding

Todo esto, evidentemente, funciona porque está unido a un guión que sabe bailar entre el drama y la comedia ágilmente, con unos conflictos que son fáciles de entender y de llegar a empatizar. No hay grandes chistes, ni momentos desmesuradamente oscuros, pero siempre sabe cómo crear sus puntos e incluso darle la vuelta a la tortilla en ocasiones puntuales, pasando por el humor negro, la sátira, o el absurdo. Y a pesar de que su estética pueda parecer un tanto cursi o infantil, nunca llega a ser demasiado boba. Lo cierto es que estamos ante una serie enfocada y concebida para adultos que mantiene su calidad en todo momento.

La dirección sería el otro pilar sobre el que se sustenta la magia de Kidding, y es que teniendo detrás a la imaginativa mente del realizador francés Michel Gondry, como cabría esperar, hay mucha de su esencia en pantalla. Marionetas, colores, dibujos, maquetas, todo está a su servicio, inclusive cuando él no dirige, la serie mantiene su estilo y es algo de agradecer. A destacar entre los momentos más extraordinarios un plano secuencia maravilloso, por ejemplo, o el uso hábil e inteligente que se hace de los montajes con música que ensanchan las escenas, o algunas composiciones en las que se juega con la luz y la paleta de colores para reforzar los sentimientos.

En su fachada, Kidding es todo lo que aparenta, pero bajo sus raíces hay mucho jugo que exprimir y la serie sabe sacar partido a sus personajes. Es entretenida, tierna y hasta reflexiva. Una obra de fácil consumo, un producto menor, pero no por ello menos relevante. Se nota que se ha creado con mucho mimo, y tengo curiosidad por ver hacia dónde nos llevará en futuras entregas. Por el momento, nos ha devuelto al mejor Jim Carrey, a ese que tantas alegrías nos dio, y eso para mí es una más que grata noticia merecedora de mi atención.

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