«Hay que aprender haciendo. No hay que buscar legitimación en una estructura o institución, ni chuparle  las medias al sistema para que te dejen formar parte de algo. Hacelo vos mismo

La vida de un periodista freelance no es fácil. Apresado por la precarización y la inestabilidad, busca sobrevivir. Pero aquella fue para Walter Lezcano una elección consciente. Él ama la literatura y la poesía más que a nada en el mundo. Una leyenda familiar cuenta que comenzó a leer antes de empezar el jardín de infantes. Lo cierto es que supo desde muy temprano que la escritura estaría presente a lo largo de su vida. Las letras, su gran amor, compartirían un espacio junto a su otra gran pasión: el Rock. Nacido en corrientes, Argentina, en el año 1979, su vida recorriendo el camino de las letras fue dura y hostil.

«Yo vengo del fondo de la olla, ni clase media, ni clase media baja: clase baja. Por eso mis aspiraciones laborales se relacionaban con cosas comunes y, por supuesto, con llegar a fin de mes. Lo que sí sabía es que mi profesión iba a estar relacionada con la literatura. Iba a escribir aunque nadie me publicara e iba a leer todos los días de mi vida. No necesitaba que la escritura fuera un trabajo para vivir porque tampoco conocía a nadie que hiciera eso. Cuando empecé a leer suplementos observaba que todos los escritores eran blancos, que tenían la vida solucionada, que tenían dinero, todas cosas que yo no conocía. Por eso nunca había visto a la escritura como una forma de subsistencia tanto en términos económicos como sociopolíticos.»

Con persistencia se hizo camino y arribó al cínico mundo del periodismo donde, a través de las crónicas, comenzó a retratar los mundos que le habían tocado vivir. El Rock fue uno de ellos y sus sentimientos hacia aquella cultura fueron reflejados en la novela Luces calientes en la cual la tragedia está presente. Sus novelas son atrapantes y, al mismo tiempo, crudamente realistas. Ideal para quien quiera bucear por mundos diferentes y comprender su idiosincrasia desde la óptica de uno de sus habitantes. Entre otras se destacan: Los Wachos, Fractura expuesta, Working class hero, Rejas y El condensador de flujo. En todas ellas observamos no solo los mundos que vivió sino aquellos que descubrió a través de sus dos profesiones: el periodismo y la docencia.

Su prosa ya había llamado mi atención hacía tiempo al haber leído algunas de sus crónicas escritas para la revista Anfibia de la Universidad de San Martin. Entre ellas recuerdo Piña y sangre, a ver quién tiene razón y Mundo tuerca.  La primera, una cruda crónica sobre el bullying y la otra, una tenaz descripción de las picadas ilegales. A su vez, tampoco pude ignorar un artículo sobre el cantante Andrés Calamaro a quién no admiro demasiado. Sin embargo, su entusiasta prosa, a través de la cual trasmitía su pasión por el cantautor, me hizo descubrir esos detalles hermosos que solo se descubren viendo un tema específico a través de los ojos de un apasionado. A partir de allí, seguí sus escritos y entrevistas. Solo me restaba contactarlo y juntarme en un bar a charlar con él. Y así lo hice, en el bar «La academia» del barrio «Once» de la ciudad de Buenos Aires.

¿Cómo empezaste?

Fue a consecuencia de la emoción que me producía leer. Comencé desde muy chiquito. Con mi vieja vivimos en muchos lugares y a veces nos quedábamos en casas donde yo la pasaba bastante mal. La lectura apareció como un refugio del mundo, como una posibilidad de desconectarme de lo que me estaba pasando. Con el tiempo comencé a experimentar una suerte de aprendizaje paralelo al de la familia y al del colegio. Buscaba aprender la realidad a partir de los libros. Leía todo lo que encontraba. Así fue como, entre los doce y catorce años comencé a escribir. Ahí me di cuenta que esa relación con la literatura se mantendría durante toda mi vida, supe que sería para siempre. A esa edad me enamoré de una vecina con la que salí muy poco tiempo. Al cortar con ella sentí por primera vez un dolor desconocido. Para mí fue una tragedia y aquel evento me originó pensamientos raros que decidí poner en papel para ver lo que ocurría. Así fue como salieron los primeros poemas cuyo objetivo fue entender lo que me pasaba y comprender lo que ocurría en mi cabeza. Eran malísimos los poemas, salieron con muchas ganas de ser malos (risas). Fue como un rio que nació paralelo al de la lectura y al de la pasión por los libros.

¿Cómo pasaste de los poemas a la ficción, a la crónica y al periodismo?

Primero escribí poesía cuya función fue contar lo que sentía. Luego, aparecieron otro tipo de historias que por su intensidad requerían otra forma, otro medio de expresión. Ahí fue cuando me di cuenta que para expresar esas historias no había otra que recurrir a la narrativa. Por este motivo, comencé a escribir cuentos y novelas. Así aprendí a escribir, haciéndolo. Así es como aprendés todo, incluso a coger (risas). Lo lográs una vez que te sentás, trabajás y fracasás. Lo del periodismo nació por una necesidad de alimentar mi curiosidad. Siempre fui una persona muy inquieta y, por eso, quería saberlo todo. El periodismo fue una verdadera posibilidad de aprendizaje al permitirme contactarme con lo cotidiano de otra manera. Lo que hago como periodista freelance es darle rienda suelta a mi curiosidad. A la vez, esa actividad me da el sustento diario y me permite pagar el alquiler. También me mantiene conectado con la escritura. Las historias que escribo vienen con una musicalidad propia que me ayudan a definir si terminarán siendo un poema, un cuento, una nota periodística, o una charla de sobremesa. Eso es algo que siempre tengo que descubrir. Igualmente, al final se trata de estar en contacto con tu deseo. A partir de lo que llega, ves que querés investigar y eso lo hacés descifrando el ritmo y la cadencia de la historia. Luego hallás el cauce que puede ser el periodismo, la ficción o incluso la docencia. El periodismo fue la forma en la que la escritura se convirtió en mi sustento. Yo tenía amigos periodistas y fueron ellos quienes me explicaron cómo funciona ese mundo y lo que era un periodista freelance. Y bueno, así fue como probé por ese lado y las cosas se dieron.

¿Cómo empieza un periodista freelance?

De la forma más solitaria posible: en casa mandando mails con propuestas de notas. El periodismo freelance es fácil de describir pero difícil de hacer: tenés que ser la persona más creativa del planeta porque te la pasas proponiendo enfoques nuevos para temas ya tratados. Por eso tenés que esforzarte el doble de aquel que trabaja en una redacción. Tus células cerebrales tienen que estar laburando las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Tenés que encontrar una perspectiva distinta, un posicionamiento complejo, un territorio que no haya sido explorado. Y después, encima, tenés que sumarle una prosa atractiva, una que valga la pena leer. Todo eso en el tamaño de una nota. Así trabajan mis compañeros, personas que yo admiro. En ese sentido, yo creo que el periodismo me cambió la vida y en particular algunos periodistas: Rodolfo Walsh, Truman Capote, Leila Gerriero, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Osvaldo Soriano. Gente que leí en notas y cuyo modelo me interesó mucho, personas que me inspiran a pensar que una nota puede cambiar el universo del lector. Por contraposición, no me interesa para nada el periodismo de la novedad, el de la primicia.

¿Se está extendiendo la precariedad en el periodismo mediante el trabajo freelance?

Lo que plantean los grandes periodistas es que el periodismo, tal como se lo conoció en algún momento, va camino a extinguirse. Las redacciones casi no existen y el trabajo freelance es una consecuencia de la precariedad del trabajo en general. Yo no lo romantizo, sencillamente digo que esa fue mi forma de insertarme en el mercado laboral a partir de algo que me apasiona. La definición misma del trabajo freelance es la de la precariedad laboral. En ese sentido, nosotros como trabajadores tenemos que tener múltiples bandejas a la vez. Ser solamente periodista freelance no te alcanza para pagar todos los gastos. Yo lo veo como la posibilidad de abordar ciertas temáticas puntuales que me interesan. En términos sindicales estamos bastante desprotegidos, en términos políticos somos libres pero las notas están mal pagas. Uno va poniendo en la balanza que es lo que le interesa de ese mundo y porque lo hace. Mi inserción a ese sistema de trabajo es con mucho desagrado sin embargo tampoco me interesa ser un periodista de redacción, así como tampoco me interesa formar parte de la mesa chica del poder. Soy un escritor que trabaja como periodista. Me gusta trabajar con los materiales que te da la realidad. Yo tuve la suerte de que me editaron los mejores escritores del país. Mariana Enríquez fue mi primera editora. También Fernanda Nicolini, Pablo Perantuono, Patricia Kolesnicov, Sonia Budassi. Cuando tenés la oportunidad de que esta gente te lea y te corrija los textos vos te ponés las pilas para conseguir el mejor texto posible. Esa es una bendición.

¿Cuál es el futuro de la escritura?

Pareciera que la historia no está avanzando demasiado hacia una zona agradable. Quizás el presente sea la distopía absoluta. Tenemos la fantasía de que en algún momento algo va a venir a mejorar esto y la verdad es que nada va mejorar: los Donald Trump de este mundo van a seguir ahí y nosotros vamos a seguir limpiando los baños. Las condiciones laborales y tecnológicas hacen que la realidad sea más terrible que cualquier distopía. Es difícil pensar que hay algo peor que esto (risas). También creo que todos nos estamos adaptando. Se habla del fin de la lectura pero la verdad es que se lee más que nunca. Hay que analizar, sí, lo que se está leyendo, de que se provee la gente, lo que le interesa a la gente leer. Eso es lo que hay que preguntarse para luego estudiar porque le interesa lo que lee. ¿Qué están buscando ahí? Hay muchos tipos de personas pero creo que como especie, necesitamos de la literatura, de la escritura, de la ficción, de la poesía, del periodismo. Eso no va a desaparecer. Mientras haya un ser humano sobre la tierra la poesía estará presente.

Quizás la gente busca refugio, como vos lo hiciste. Las personas están cada vez más aisladas, ya sea como consumidores o como trabajadores. Quizás la literatura es un refugio y, al mismo tiempo, una forma de buscar significado.

Puede ser. Investigando para una nota me enteré que, hoy en día, el número de suicidios por año es enorme. Calculo que es una consecuencia del sistema de vida que llevamos. Está claro que este es el peor sistema que hemos encontrado para vivir, para relacionarnos. Ahora bien ¿Qué hacemos con esta noticia? Como lector busco cosas que me ayuden a entender la época compleja en la que vivo en vez de estar pendiente de los microclimas. No me interesa encerrarme las veinticuatro horas en una red social, ni siquiera en los libros. No busco la evasión constante. En ese sentido, investigo tanto el desarrollo tecnológico así como lo que pasa en una villa, en un hospital, etc…Me interesa conocer todos los mundos para saber dónde estoy parado y cómo funcionan las cosas. Me interesa estar conectado desde la posibilidad que tengo de leer y escribir. Igualmente, así me cago de hambre pero, bueno, son elecciones ¿No?

¿Qué significa escribir para vos?

Es la forma más atractiva que encontré de relacionarle con los años que voy a estar vivo en este planeta. Leo poesía para entender esta época, no importa si es la poesía de un ruso o de un tucumano, todo me habla de este momento que estoy viviendo. La escritura es un disparo en la oscuridad, no sabés a donde va a llegar. También la podés utilizar para descubrir que zonas tuyas estás obviando. O qué tipo de pensamientos tenés sobre las cosas. Estás diciendo mucho cuando escribís, por más que creas que te estás ocultando. Ahí sale si sos bondadoso o un facho. Eso me parece atractivo, otras profesiones no te lo permiten. En esta época la Internet habilita a que la gente exprese sus impulsos al poder publicar más fácilmente sus pensamientos en las redes sociales. Quizás eso crea la sensación de que la gente está enojada con todo. Pareciera que todo es una turba iracunda por cada tema que está dando vueltas. No sé si eso sea realmente una manifestación de una decadencia del sentido crítico como afirman algunos. Para determinar eso habría que evaluar cómo se educa a cada persona, a que se le presta atención, a que le damos el poder de manejar nuestro estado de ánimo. Y ahí tendríamos que revisar nociones como la de la inteligencia, la complejidad, la parodia, la pos verdad, y estudiar como nosotros nos vinculamos con ese tipo de palabras y qué valores nosotros manejamos respecto a esos vocablos. Todo eso construye el mundo mental de las personas. Algunos construyen universos mentales y otros casas precarias mentales. Habría que buscar fortalecer esas precariedades.

La docencia es una linda forma de hacer esto último.

Exactamente. Para mí la docencia es el trabajo político por excelencia. Trabajás a muy largo plazo, el trabajo es invisible y es poco valorado en términos simbólicos y económicos. Hay una lucha constante de mis compañeros y compañeras para mantener una profesión que no es valorada. Tenemos que estar explicando todo el tiempo cual es nuestro valor en la sociedad y encima se lo tenés que explicar a personas que se formaron en una escuela. Todas esas formas que tienen para atacarte se las enseñaste vos, vos le enseñaste a argumentar, a pensar, a armar oraciones, a generar justificaciones. Y después eso se te vuelve un poco en contra. Pero me parece que está bien, es el laburo que hacemos nosotros: generar universos mentales críticos y complejos que se puedan adecuar a la vida que le toca vivir a cada uno. Todos los cambios que han habido han sido gracias a las instituciones educativas. Es de los trabajos más complejos, hermosos y silenciosos del mundo.

Walter junto a la escritora y periodista Beatriz Sarlo.

¿Cuál es el rol de la lectoescritura?

Es la herramienta básica para que la vida no te estafe, para que no te vuelvas una ovejita del sistema. Y por otro lado, no hay inteligencia sin lectura. Puede haber inteligencia sin escritura pero no sin lectura. La lectura te permite generar estrategias de defensa frente a la impiedad del mundo. Hacen que tus células se pongan combativas, hace que tu mente busque soluciones posibles frente a lo terrible que sucede cotidianamente. Después si uno tiene la suerte de poder escribir, ese ya es otro territorio, pero primero tenés que poseer una defensa frente al salvajismo contante que presenta el mundo. Eso te lo da la lectura, por eso la educación es vital. Por eso me parece impensable que uno termine el año sin haber conquistado una nueva forma de leer. Es increíble ver la evolución de un chico en la escuela a lo largo del año a partir de las lecturas complejas que vamos abordando. Desde poesías hasta historietas, cuadros y canciones. Lo hacemos para que cada persona pueda ir conquistando su propia subjetividad.

Cómo cronista tenés un acercamiento a la realidad privilegiado que quizás otro escritores no tienen ¿qué tan lejos te meterías en un mundo para conocerlo y escribir sobre él?

Borges decía: «nada de lo humano me es ajeno». Pienso que todos estamos conectados con un montón de realidades que quizás no tienen que ver con lo que vivimos día a día. Puedo entender a una chica trans así como a una chica que nunca se tomó un colectivo en su vida. Yo tomo la crónica como la posibilidad de visibilizar un mundo durante un determinado tiempo: el que me lleve hacer una buena nota. No importa si son seis días o seis meses. Mi inmersión consiste en ver hasta donde tengo la posibilidad de bucear en ese océano que no conozco. Me involucro desde ese lugar como observador, no como  participante (porque esas no son las vidas que yo quiero llevar). Es una curiosidad, no una necesidad. No tengo la necesidad de vivir la vida que retrato ni de sentirme atravesado por las situaciones que yo cuento en la nota. Me interesa ver, me interesa presenciar pero también me interesa volver a mi casa. Ojo, también podés bucear en una vida súper copada, no necesariamente tiene que ser una experiencia tortuosa como la de meterme en una cartel de drogas para ver cómo es la vida ahí. No me interesa ni la mugre ni los inodoros de oro. Solamente quiero ver cuántas vidas es posible llevar.

¿Quieren fueron tus primeros maestros literarios?

Al principio uno lee lo que tiene a mano. Para alguien pobre que no tiene bibliotecas en la casa es complejo, se vuelve todo más caótico. Leés lo que hay y, cuando no hay, robás lo que hay en otras casas o en librerías porque no sabés que estás buscando ni que es lo que te va a gustar. Fue por eso que yo leí todo con la misma pasión, desde el horóscopo chino hasta Dostoievski. Hubo distintos periodos de evolución en donde fui encontrando las voces que me copaban. Lo que me marcó mucho fue la Generación beat: Allen Ginsberg, Gregory Corso, etc… Ahí descubrí algo nuevo y comencé a hacerme preguntas: “¿Por qué escribió esto de esta manera específica?”. Comencé a apreciar el valor de una prosa bien escrita prestándole atención a cosas que antes ignoraba. Y de ahí me fui para otros lados: Henry Miller, Charles Bukowski. Y eso fue algo muy espeso para mi cabecita loca. En general los maestros vivieron por camadas. Como un cuerpo técnico de gente hermosa. Recuerdo a Alfonsina Storni. Por supuesto, uno con el tiempo va cambiando y no podés volver para atrás. Hoy no podría volver a agarrar un libro de Bukowski. Ya no me siento cobijado por Charles. Son evoluciones de cada uno. Siguen en mi biblioteca pero no puedo entrar ahí. Tiene que ver con los caminos que hacemos como lectores. Está bueno el nomadismo intelectual.

¿Con que escritor vivo o muerto te gustaría tener una conversación?

Me encantaría tomarme una birra con Ricardo Piglia. Lo considero un escritor increíble, uno que puede descubrir mecanismos narrativos y luego desmontarlos para ver cómo funcionan. Creo que esa es una habilidad superior. Me tomaría varias cervezas con él para preguntarle como lo hizo, como escribió sus ficciones.

¿Novelas históricas?

No mucho. Me gustó Echeverría de Martin Caparrós. Estoy más conectado con las zanjas del día a día y con la suciedad de lo diario.

¿Ciencia ficción?

Leí de chico La naranja mecánica, Solaris, Un mundo feliz, 1984. Lo que hacen esas novelas es hablar del presente, como buenas distopías. Soy bastante fan de la vida de Philip K Dick. Es un tipo increíble. Es el tipo de artista que a mí me interesa, que escribe mucho, que interactúa con su época, que trata de generar una obra. Y que es un «Working Class Heore» (risas). Me apasiona mucho. Como escritor, las novelas que leí de él me encantaron. Igualmente, me apasionan sus obras realistas como Confesiones de un artista de mierda. Él  parece un personaje de sus novelas, era como un demente hermoso. Fue una vida extraordinaria, una vida que atravesó muchas etapas. Todo eso hace también al tipo de artista con el que yo me quiero ver reflejado. Emmanuel Carrere realizó una excelente biografía de él.

Dick usaba drogas para ponerse creativo a la hora de escribir, Huxley también, ¿alguna vez pensaste en hacer algo así?

A mí lo que me funciona es estar como un monje frente al texto. Todos esos desbordes los tengo en la vida real, no a la hora de escribir. Como cualquier mortal no puedo atravesar el día a día sin vicios. El mundo está enfermo y si estás cuerdo te quedás fuera de él (risas). Como decía Bob Dylan: «para estar por fuera de la ley hay que ser muy honesto». Esa parte de descontrol me gusta en la vida real, cualquier día de la semana. Por ejemplo, detesto emborracharme un sábado. Sería como respetar al sistema (risas). Prefiero hacerlo un martes a la mañana como para decir «me chupa un huevo todo».

¿Cuáles son tus vicios?

El alcohol y el sexo. Me parecen dos herramientas muy accesibles para cualquiera que te permiten soportar la vida en el planeta tierra. El sexo te permite vivir el presente. Cuando vos cogés, no hay otra cosa que estés haciendo más que coger. Estás ahí, ves a tu pareja, estás buscando que todo ese deseo se concrete. Estás habitando el presente por fin. Es ese momento, no hay otra realidad.

Dicen que «Cuando uno escribe una novela y hace el amor, lo mejor queda en la cama y lo poético en el papel».

Puede ser (risas).

¿Quién es David Lynch para vos?

Hay un texto muy lindo sobre Lynch escrito por David Foster Wallace. Es la posibilidad de abordar todas las capas de realidad siniestra que tenemos en el día a día. Lo veo un poco parecido a Kafka al develar cuales son algunos de los mecanismos opresivos de la realidad. Pero lo que aportó David Lynch fue lo onírico, ese trasfondo de irrealidad que tiene todo. Además, el mismo me parece muy misterioso. Le gusta esa cosa espiritual. Me resulta él fascinante como artista, los mecanismos que tiene para poder entrar a mundos que son prácticamente estados de ánimo muy oscuros. Evidencia que los seres humanos somos seres muy enfermos y peligrosos (risas). Me parece algo precioso, tanto su arte como su onda como artista. Él mismo está a la altura de sus obras. Él mismo se construye como un misterio, encuentro eso fascinante.

¿En qué proyecto estás trabajando?

Estoy realizando un documental. Es sobre cómo cambió el Rock después de la tragedia de cromañón. Estamos experimentando con el lenguaje cinematográfico. Me permito explorar el mundo del cine haciendo una película, algo que, la verdad, nunca soñé en hacer. Hay historias que requieren ese lenguaje. No todo tiene que expresarse por lo escrito.

Escribiste sobre el Rock, sobre la tragedia de cromañón.

Le tocó a mi generación, eso hace que sea mi mundo. Ocurrió durante la etapa en la que hice mi educación sentimental, donde descubrí cosas para las que nadie te prepara: el amor, el sexo, las drogas. El rock fue una verdadera aventura salvaje. Algo que tenía sentido simbólico y real y que me dio herramientas para defenderme en la vida. En esa etapa me fui dando cuenta qué tipo de vidas están buenas y cuáles no. Fui generando una mitología propia. El Rock es una forma de aprendizaje y rebeldía contra un sistema real. Por supuesto que el Rock está cooptado por el sistema ahora. Es una vergüenza ver bandas auspiciadas por marcas. Sentís un dolor en el alma. De todas formas, el Rock como revolución todavía existe en algunas mentes y corazones que saben cómo lidiar con la falsedad. Y todo eso viene de esa época cuando uno es adolecente y comparte con sus compañeros de generación y de clase ciertos ideales que después el sistema te quiere derribar.

¿Qué es el Rock para vos?

Es la mejor invención humana de la segunda mitad del siglo XX. Es un mundo mejor, donde la libertad es posible y el deseo no es cuestionado. Y todas las manipulaciones de la vida cotidiana no tienen lugar. Hablamos de una conexión real honesta a partir de la música y lo que ésta propone como sensación, como sentimiento, como idea, como complejidad nueva. Por supuesto, estamos hablando del Rock mucho más allá de los decorados de la ropa, de la guitarrita eléctrica. Hablamos de cierto universo mental que te permite ser libre.

¿Hay algún cantante que te haya marcado?

Mi vida tuvo un antes y un después cuando escuché a Bob Dylan. Creo que pasé más horas escuchándolo y averiguando cosas sobre él que averiguando cosas de mi propia familia (risas). Es el revolucionario más hermoso que dio el Rock norteamericano. Fue el tipo que destronó las preconcepciones de lo que es cantar bien y que combinó la música con la poesía. Alguien que hace las cosas a su manera, que puede conectarse con la literatura y con artistas plásticos. Y, por otro lado, tiene las mejores canciones de la música Pop Rock. Tal vez compita con Leonard Cohen. Cualquier ser humano que tenga los pies sobre la tierra debe escuchar a Bob Dylan.

¿Quién te gustaría que dirigiera alguna de tus novelas si se hace una película basada en ella?

Hice una novela que se llama Fractura expuesta. Es sobre la ocupación de un barrio, sobre la violencia que se genera al ocuparse un terreno. Seria genial que la dirigiera Tarantino. Fue el tipo que hizo algo interesante con la violencia. Le dio un rol artístico.

¿Qué te dio el Punk?

Le dio un salvajismo a mi vida que yo no tenía. A los trece empecé a escuchar punk: comencé con Ramones y seguí con todo lo que había. Cuando sos joven y escuchas punk se forma dentro tuyo una sensibilidad política y sentimental. A veces siento que quien no escuchó punk de joven es una mierda de adulto porque no hay nada que te aporte esa mirada de desconfianza hacia el mundo con ese nivel de crudeza. El punk de los 70 sobre todo. La idea, igualmente, sigue siendo la misma: el odio a la división de clases, el odio al racismo, el odio a la mierda que nos domina.

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