El arte puede adoptar distintas formas, el movimiento es una de ellas. El dinamismo es la esencia de la vida, es la energía de la que estamos hechos. La vibración es energía cinética y cada objeto se nutre de ella al moverse constantemente los átomos que lo forman. El arte cinético o Kinetic art parte de afirmar que todos somos energía. Fue el medio elegido por Rafael Parratoro, artista venezolano radicado en Argentina, para expresar su filosofía de vida. Me junté con él para hablar, de la vida, de la espiritualidad y de lo que significa ser un artista en tiempos de Instagram.

«Los artistas y toda la gente que se dedica a la cultura dependen demasiado del sector público para subsistir. No todo el arte es vendible. Eso limita porque dependes de ciertas condiciones. Yo me he desarrollado mostrándome directamente a la gente, más que nada, a través de las redes sociales. Tengo al mundo como país, soy un extranjero a donde vaya. En Venezuela me hice argentino, aquí soy venezolano. Soy un ciudadano del mundo, mi carrera, de hecho, la comencé en Berlín viviendo en Buenos Aires. Al pasar el tiempo me fui moviendo: Chile, México, Japón, Estados Unidos. Hoy en día el artista debe ser geográficamente flexible y las redes sociales ayudan mucho para lograr eso.»

Su tonada mantiene ciertos rasgos venezolanos aunque se amalgama con el tradicional acento argentino.

¿Cómo empezaste?

Siempre quise ser artista. Primero desde el lado de la música pero también lo visual estaba presente. Además de tocar la guitarra hacia dibujos y bocetos. Por supuesto, como me retumbó el mandato social de “si eres artista te vas a cagar de hambre y tienes que elegir una carrera con futuro”, terminé estudiando ingeniería. Precisamente, en los años universitarios quedé fascinado con la geometría. Fue lo que más me gustó. Fui ayudante de geometría descriptiva en la Universidad Central de Venezuela. Es un lugar muy especial para mí porque iba desde niño ya que mi padre trabajaba allí dando clases. Esa universidad es una verdadera joya a nivel mundial porque tiene un patrimonio artístico muy elevado. Puedes encontrar desde abstraccionismo francés hasta arte cinético. Por ejemplo, las obras de Alexander Calder, el padre del cinetismo están en la universidad. Los artistas cinéticos más importantes del mundo son, de hecho, venezolanos. Eso te marca. Fue, durante una época, una de las mejores de Latinoamérica. Lamentablemente ya no lo es más. Fue durante los 70, 80 y comienzos de los 90. Gracias a la plata del petrolero hubo muchos recursos para lo cultural. Había mucha migración europea y latinoamericana. Era el lugar para estar si querías ser artista. Fue una locura, imposible no sentirte atravesado por toda esa cultura y ese arte. Y la universidad era un museo increíble. Al igual que en la Universidad de Buenos Aires, te la pasas todo el día en la universidad haciendo vida universitaria y comiendo sándwiches (risas). Fue un lujo.

¿Cómo comenzó el viaje?

Ocurrió mucho más tarde. Luego de Venezuela estudié computación gráfica en Estados Unidos porque me había quedado ese amor por la geometría y ya venía pensando en el arte geométrico como posibilidad. Eso fue en el 2002. Para pagarme los estudios cargaba cajas. Eran jornadas muy duras. Luego tuve una experiencia en China donde diseñé unas pantallas Leds por encargo de un primo mío. Con la plata que gané me vine a Buenos Aires a vivir. Cuando llegué, trabajé de voluntario en un hostel a cambio de tener una cama donde dormir. También di clases particulares del software que más manejaba: Maya (3D). Uno de mis alumnos tenía un estudio de video juegos y me terminó dando trabajo allí capacitando al personal. Y así comencé a hacer video juegos. La empresa era chica (éramos unas quince personas) pero luego nos compró una compañía mucho más grade (de setecientas personas). Más allá de mi progreso yo me sentía frustrado artísticamente. El trabajo que hacía, en el fondo, era técnico, no había criterio artístico ni creatividad. Yo era el perfecto puente entre los programadores y los artistas pero no era un artista. Me fascinaba el diseño de los personajes y fue eso lo que llevó a mi siguiente destino: Berlín. Había una empresa que trabajaba ese tema que se llama Pictoplasma y que era muy popular. La sede estaba en Alemania. Me acuerdo que teníamos los libros de esa compañía en la empresa, eran de otro mundo, espectaculares, y los artistas que trabajaban allí estaban en otro nivel, eran Rock Stars. Aprovechando que tenía algo de tiempo libre comencé a experimentar: sacaba fotos de personajes ocultos en objetos y los publicaba en Facebook. También experimentaba con efectos ópticos. Fue en ese momento cuando Pitcoplasma sacó una convocatoria para un curso de formación en Berlín. Era mi gran oportunidad: mandé mis experimentos y me seleccionaron. Fue un sueño hecho realidad. Fui parte de la primera camada de estos cursos que luego comenzaron a hacerse en forma sistemática. Me sentía como un niño, no podía creerlo. Además el nivel de los artistas(que eran nuestros profesores) era increíble, no entendía porque me habían seleccionado. En cierto sentido fue un poco traumático (risas): me preguntaba todos los días que estaba haciendo ahí con toda esa gente tan talentosa. Fue un Flash. Yo no me sentía a la altura de las circunstancias. Para colmo, veía que mis compañeros tenían estilos ya definidos y que ya habían desarrollado su arte mientras que yo no lo había hecho todavía.

¿Quién fue tu inspiración?

El artista que más admiro es Gary Baseman. Un loco divino. Un artista radicado en Los ángeles de muy alto nivel. Era nuestro tutor y teníamos un sesión privada con él. Bromeábamos que era como un confesionario (risas). Le mostré lo que yo hacía pero él no quería verlo. Él me preguntaba: “¿Para qué me las muestras?”. Y yo le respondía que necesitaba saber por dónde agarrar camino. Cuando le dije eso él me contestó: “que importa lo que yo diga, ¿qué crees tú qué es lo mejor de lo que haces?”. Y le dije que lo mejor eran mis trabajos de arte óptico pero que no tenía el diseño definido. Él me dijo que eso era lo más fácil de resolver, que era una decisión personal. Y eso hice, elegí el estilo y comencé a trabajar con lo óptico. Así fue como volví a Buenos Aires decidido a renunciar a mi trabajo y a editar un libro.

¿Ese fue el punto de quiebre?

Sin lugar a dudas. Cuando volví a Buenos Aires renuncié a mi trabajo. La liquidación me alcanzaba para vivir cuatro meses, ese era el tiempo que tuve para armar el libro y lanzarlo. El primer mes lo diseñe y luego junté fondos para el lanzamiento utilizando una plataforma de Crowdfunding llamada Kickstarter. Logré juntar la plata gracias a amigos que me ayudaron a viralizar la propuesta. Así lo hice, ese libro fue todo para mí, fue el quiebre. Se llamaba “Pop on op”, era un libro de efectos ópticos. Ahí no solo desarrollé mi arte sino que, al mostrarlo, gané el dinero suficiente para poder dedicarme a él. Y, además, me di a conocer mundialmente. Fue un video que tuvo un millón de vistas. Creo que pude haber aprovechado mucho mejor el impulso que el libro me dio.

¿En qué sentido pudiste sacarle más provecho?

Siento que no aproveché el impulso inicial. Tomé la mala decisión de producirlos en Venezuela. Fue un tema de aduana: me rompieron los libros para joderme. Tenía que distribuirlo a 34 países y en muchos casos llegaron rotos. Igualmente, la movida fue muy grande y me permitió hacer el diseño de unos relojes en Japón. Allá, por suerte, el libro llegó bien (risas) pero perdí muchas oportunidades por esos tropiezos. Ahí comencé a mostrar mi arte en las redes sociales y llegué a Miami, al circuito de Art Basel (una de las ferias más importantes del mundo). Expuse allí por mucho tiempo. Igualmente siempre residí en Buenos Aires porque amo esta ciudad, es la ciudad que me gusta. Eso, por supuesto, tiene algunas desventajas, más que nada impositivas (risas). Desde el punto de vista de mi profesión no me sirve tanto estar acá, es más una obsesión mía. A veces creo que he sido un buen artista pero un mal emprendedor.

¿Qué significo el libro para vos?

Todo. Mi padre falleció antes de que lo comenzara a armar. Fue un punto de quiebre emocional y el inicio de una búsqueda espiritual. Puse como dedicatoria del libro: “Papá, este libro eres tu esparcido por el universo.” El libro fue una sublimación, fue todo. Al llevar al máximo mi creatividad cree a partir de lo óptico una nueva materialidad y esa nueva materialidad tiene que ver con esa filosofía de que todos los tiempos es un tiempo y que todos los lugares son un lugar. Nuestros “yo” posibles existen ahora. La conexión que generas con tu obra es con tu movimiento, con tu energía. Es la búsqueda de la energía perpetua. Por eso hago arte en movimiento, para conectarme con el universo. Siento que somos mucho más que cuerpos, de hecho, nuestros cuerpos son simples cajas en las que se deposita una esencia mucho más compleja. Es la corporeidad la que nos limita.

¿Cómo combinas la espiritualidad y el arte?

Yo creo que todas las realidades existen y que el único tiempo es el ahora. Podemos tomar miles de decisiones. Ante cada segundo tienes millones de posibles opciones a elegir. Todas esas versiones de ti mismo existen. A lo largo del tiempo todo existe. La pregunta es: ¿cuál de todas esas versiones eres? Ver la vida así me ayudó mucho. Si entiendes que existe esa versión de ti mismo que logra lo que quiere entonces puedes elegir serlo. Se esclarecen las decisiones que debes tomar para alcanzar tus metas. Puedes ver la matriz de posibilidades. Siempre es una decisión, debes conectarte con eso, con quién ya eres en alguna realidad y dejar de pensar en los temores y ansiedades del pasado y del futuro. Consejo para alguien que empieza: conéctate con ese yo del futuro que ya eres y toma las decisiones que te llevan a ser él. Define cuál es tu concepto de éxito y visualízalo. La meditación trascendental me ayudó mucho a lograr eso. La época en la que más creé fue en la que más meditaba. Mi primera muestra fue en el Centro Cultural Borges. Fue una alegoría del cuento el Aleph de Jorge Luis Borges: un punto en donde todos los lugares y tiempos del universo son uno. Utilizando espejos logré un efecto único.

¿Cuáles son las claves para poder tener éxito como artista?

Si hablamos de éxito, creo que puedo considerarme exitoso como artista pero no como emprendedor. Hay un montón de detalles operativos que exceden a la actividad del artista: la construcción de la obras, el embalaje, los envíos, los impuestos, el trato con los compradores. El artista no tiene que ser necesariamente un emprendedor pero si no te vas por ese camino dependes de lo institucional. Puedes ser un hippie y vivir en una residencia con los dos mangos que te dan para que te comas un sándwich pensando cien por ciento en tu arte. Eso sí, si haces eso tienes que ajustar tu estilo de vida a esa limitación y vas a depender de las instituciones. Tendrás que poseer mucha paciencia porque te consagrarás después de años. Hay artistas que no tienen ni un solo perfil en las redes sociales. No tienen ni celular ni mail. Solo tienen una carpeta que la presentan en concursos y están consagrados. Así se consagraron, con paciencia. Ese no es mi perfil. Son elecciones. Hay muchas cosas en el medio. El tema es que el mundo es muy grande hoy en día, hay tantas cosas y tanto talento que necesitas aptitudes sociales y marketing para hacerte tu camino. Por más que tengas talento, sin una página web, es difícil. De todas maneras yo creo que el artista es alguien polifacético, alguien que debe aprender un poco de todo y que debe estar abierto a cualquier recurso y a cualquier condición de vida. Esa imagen del artista bohemio hippie es más un estereotipo que otra cosa. Hay de todo. Igualmente, yo tuve un apoyo importante de La fundación Tres pinos aquí en Buenos Aires. Ellos me organizaron dos exposiciones individuales. Les estoy muy agradecido por el apoyo que me dieron. También me dieron una residencia artística en el barrio de la Boca que sigue siendo un epicentro artístico importante. De todas maneras, luego avancé por mi propio camino. En ese sentido creo que tiendo más a ser un emprendedor que a ser un artista. 

¿Cuál es la diferencia entre un emprendedor y un artista? 

El artista es una persona concentrada cien por ciento en la magia. Alguien que se sumerge en una verdadera concentración profunda. Si no tienes esa capacidad de abstracción es imposible generar algo. Todo en la vida depende de esa capacidad de concentración. En la vida, la gente hace las cosas mal porque está distraída. Todo somos genios y tenemos la capacidad de hacer magia, el problema es que estamos distraídos. Mis logros en el arte visual, la inspiración, las logré en cuestión de minutos gracias a una concentración pura y profunda. Todo lo demás son trámites. En mi caso hay una fase digital y una fase física. La segunda no me gusta tanto. Es algo más técnico. Mi hermano que se dedica un poco a lo técnico me ayuda con la materialidad de mis obras y les está dando una calidad superior. La fase digital es donde está dirigida toda mi creatividad: a lograr el efecto óptico. Ahí está el mérito independientemente si luego la parte material no es tan perfecta. Hay una compatibilidad completa entre ser emprendedor y artista. Actualmente soy director de arte en una empresa de tecnología. Lo hago para pagar las cuentas. Divido mi tiempo entre el arte, el trabajo y emprendimiento. De todas formas está todo conectado.

Si ahora alguien te ofrece la oportunidad de dedicarte 100% a tu arte, ¿lo harías?

Si me lo dices, hoy lo agarro. Pero la verdad me daría algo de culpa por todo lo que avancé en lo operativo como emprendedor en los últimos años. Ya no soy el mismo desastre que era cuando hice el libro. Ahora soy un poco mejor. Me quedaría con la duda de si lo podría lograr por mi cuenta.

¿Cuál es la relación entre la ingeniería y el arte?

Uso la matemática como pincel. Nunca entendí porque hoy en día hemos separado el arte de la matemática y la filosofía. El arte es una integración de saberes y de creatividad. Míralo a Da Vinci, era un inventor, un arquitecto. Comprendía que todo está integrado. Yo comencé a entender el cálculo matemático a partir de la filosofía.

¿Se relaciona la música con tu arte?

Una vez me pregunté por qué la música llega más al alma que lo visual. Yo he llorado dos veces en mi vida con cuadros. Con Diego Rivera y Dalí. Pero solo me ocurrió una vez con cada uno. En cambio sí escucho O sole mio por Pavarotti me conmuevo siempre ¿Qué tiene la música para llegarte al alma que lo visual no? Mi respuesta fue que la música se conecta con tu cuerpo a través de la vibración, que es una forma de movimiento, que es energía, que es vida. El mejor sinónimo de vida es la vibración y eso es la música. Quisiera hacer algo con la música electrónica. En mi segunda muestra titulada «La evolución de las formas», le di mucho más énfasis a la vibración y logré un vínculo emocional mucho más fuerte con la audiencia.

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