Dicen que las palabras crean realidades y que la pluma es más poderosa que la espada, ¿acaso es posible que un escritor pueda cambiar el mundo a través de su prosa? ¿Será capaz de crear una nueva realidad a partir de vocablos concatenados? Esa es la magia de las historias: nos invitan a soñar y modifican nuestra percepción. Así de poderoso puede ser un cuento, una novela o una saga. Si los lectores creen que es real, ¿podrá materializarse?

Algo así ocurrió con el macabro libro creado por Howard Phillips Lovecraft: El Necronomicon. La capacidad de este autor para crear atmósferas terroríficas produjo que millones de lectores se sumergieran en un universo pesadillesco donde reinan lo desconocido y lo innombrable. Los ávidos fanáticos comenzaron a creer que una obra de ficción era real y que el infame manual de invocaciones realmente existía. A tal punto llegó esta histeria colectiva que, en todo el mundo, muchos seguidores del escritor visitaban las librerías preguntando si poseían el infame libro.

Jorge Luis Borges, quién no era ajeno al poder de las palabras como fuerza creadora, homenajeó a su par estadounidense dedicándole el cuento There are more things. Sin embargo, fue aún más lejos. Consciente de que muchas personas creían en la existencia del libro maldito decidió jugarles a todos una pequeña broma. Según la mitología creada por Lovecraft existían tres copias del Necronomicon que habían sobrevivido a la impiadosa tiranía del tiempo encontrándose una de ellas, nada más y nada menos que en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Por ello, siendo Borges director de la Biblioteca Nacional, decidió crear una ficha del maligno manuscrito que, hasta el día hoy, permanece intacta. Dato curioso: aún en la actualidad, las personas van a la biblioteca y preguntan por el libro.

Esta leyenda urbana que comenzó en los años setenta obsesionó desde su infancia al director y productor de cine Marcelo Schapces y, como fiel fan del terror y de Lovecraft, decidió rendir homenaje a uno de los ídolos de la infancia realizando una película sobre la famosa leyenda urbana que Borges había comenzado décadas atrás.

«Era el año 1970 y fue allí cuando se editaron los Mitos de Cthulhu. Ese libro fue el que terminó de volarme la cabeza. Era una excelente compilación que combinaba los mejores cuentos de la mitología. Estaban aquellos escritos por el mismo Lovecraft y también había otros que habían sido escritos por algunos de sus discípulos. Ese libro venía con una bibliografía muy específica sobre obras relacionadas y así fue como llegué descubrir una cantidad de autores maravillosos que nunca había leído. A partir de allí comencé a escribirles a editoriales españolas y mexicanas para conseguirlos. Hasta busqué en la Biblioteca Nacional (la que en esa época dirigía Jorge Luis Borges). Por supuesto, también busqué el Necronomicon pero no lo encontré. Supuse que Borges lo había escondido en algún lugar (risas).»

Marcelo tiene sesenta años pero sigue siendo un niño. Al entrar a su casa observo una extensa biblioteca en la que se encuentran todos los clásicos de la ciencia ficción y del terror. Me muestra orgulloso las primeras ediciones de Lovecraft y H.G. Wells. También observo tiras cómicas de colección y, por supuesto, muñecos de los más variados súper héroes. Lo acompaña un cariñoso perro de gran tamaño llamado «Miles» (por el jazzista Miles Davis) que no deja de seguirlo a todos lados.

¿Cómo llegaste al terror y a la ciencia ficción?

Mi papa tenía una biblioteca bastante nutrida que había armado con mucha paciencia. Como él era un fanático del género policial, había acumulado diversas obras de la temática.  Por supuesto, entre esos policiales, estaba Edgar Allan Poe. Por algún motivo, en un momento dado leí El cuervo y quedé anonadado. Era una de las mejores traducciones, la de Antonio Pérez Bonalde. Me lo aprendí de memoria. En aquella época yo estaba fascinado con las películas de terror, veía los clásicos de Universal que pasaban por la televisión todos los lunes en un ciclo de cine fantástico: las películas de Bela Lugosi, Boris Karloff, etc… La combinación de la lectura de Poe con las películas comenzó a encender una pasión. Adicionalmente, justo en esos años re comenzó el auge de las ediciones de Minotauro, editándose una de las primeras versiones en español de El país de octubre de Bradbury, que consistían en cuentos de terror. También comencé a ver las películas de Peter Cushing y Cristopher Lee en proyecciones continuadas. Tenía once años y ya era un verdadero fan del terror. En paralelo compraba los comics de Superman y Batman y me fui haciendo también fan de las tiras cómicas. De esa edad hasta los dieciséis me leí y vi todo lo que existía del terror. O por lo menos aquello que valía la pena. También comencé a leer ciencia ficción. Me convertí en un fan verdadero.

Fuiste una de las personas que armó una de las primeras antologías de ciencia ficción en Argentina ¿Cómo sucedió eso?

De chico solíamos ir al parque Rivadavia a comprar comics y libros junto con mi hermano y mi viejo. Se convirtió en un lugar mítico para mí. Comprábamos historietas de Batman y Superman. Cuando cumplí diez años mi viejo me dio bastante plata y con eso me compré alrededor de cien comics (los cuales aún conservo). Al ir creciendo también comencé a comprar discos de Rock. El parque era el lugar donde nos encontrábamos los que leíamos mucha ciencia ficción y terror. Hablamos de Lovecraft, de Harlan Ellison, de Bradbury, de Asimov, de Clark,  de Dick, de todos ellos. Entre los fans estaba el periodista y crítico Aníbal Vinelli que era un aficionado de lo fantástico. Con él decidimos hacer un fanzine que se llamó Trafalmadore en referencia al planeta que aparece en Las sirenas de Titán de Kurt Vonnegut. En él había cuentos y artículos escritos por los que nos juntábamos los domingos en el parque y un par de cuentos inéditos traducidos por alguno de los miembros del grupo que sabía inglés. Sino mal recuerdo había un cuento de Asimov. Mi hermano colaboró también. Fue el único número porque después de ese año tuvo lugar la dictadura militar y ahí se fue todo al demonio. Igualmente, seguimos yendo al parque los domingos pero había que cuidarse porque había infiltrados en los grupos de jóvenes, había que tener cuidado de lo que uno decía delante de otros. Por suerte, a pesar del contexto, la tradición se mantuvo y seguimos yendo. Habitualmente, luego de comprar los comics y los libros solíamos ir a tomar algo al bar “El coleccionista” el cual se ubicaba enfrente del parque. Fue el primer fanzine argentino, muy anterior a las primeras revistas que surgieron luego como, por ejemplo El péndulo. Posterior, sí, a la revista de Minotauro, que era una publicación profesional. Yo era el más chico del grupo, tenía 16 años. Los otros tenían más de 22. Vinelli tenía 28. 

¿Qué cosas cambiaron desde esa época hasta ahora? 

La tecnología digital lo cambió todo. La búsqueda de material y la correspondencia con personas afines al género que se encuentran en Europa o los Estados Unidos se facilitó mucho. En aquellas épocas, los años 70 y 80, el mundo Fandom de los Estados Unidos, que estaba muy desarrollado, nos quedaba muy lejos. Había una distancia geografía y lingüística. Podía tardar cinco meses hasta que te llegara una revista extranjera. Además era difícil, incluso, conseguir lo poco que existía acá como la revista Más allá, la mítica publicación de ciencia ficción argentina que editaba Oesterheld. Conseguir alguno de los 48 números era una tarea arqueológica, había que recorrer parque Rivadavia o alguna librería de viejo. Con el nuevo siglo todas las distancias se acortaron y las tecnologías se democratizaron. Todo se resuelve con una búsqueda en Google o en Mercado libre, y te lo traen en dos días. Si bien todas esas cosas son piezas de colección, son perfectamente accesibles. Supongo que para nuestra generación esa facilidad le quita el encanto a la búsqueda. Hay algo nostálgico que aún nos llega: en aquellas épocas todo era orgánico y analógico. De chico tener una remera de Superman era algo difícil, algo que me hubiera encantado tener. Hoy en día es muy fácil imprimir un dibujo en cualquier cosa, ya sea en una remera o en una taza. Hubiera matado por tener una remera de Poe, Lovecraft o Superman. Hoy puedo tener hasta los calzoncillos (risas). En la actualidad, al haberse popularizado el género y los comics podés tomar café en una taza con un dibujo de Vincent Price viendo la serie de Titanes en Netflix. Antes cada cosa era un hallazgo, una rareza y te duraba un año. Hoy en día, te ves diez series al mismo tiempo en una semana.

¿Cómo pasaste de la literatura al cine?

El cine apareció en mi vida al mismo tiempo que la literatura. A los catorce años compramos con mi hermano una cámara súper ocho y comenzamos a realizar cortometrajes. Todas cosas surrealistas usando música de Rock. Hacer una película en la Argentina era una quimera incalificable. Estuve un par de años en México durante la dictadura militar. Al volver decidí estudiar cine para poder materializar todo lo que me gustaba de la música, la literatura y las películas, para tener algo en lo que pudiera juntar todo lo que amaba. Igualmente, antes de meterme en ese mundo, trabajé como manager de bandas de Rock. Pensá que hacer cine era muy caro y difícil en esa época, muy pocos hacían cine. Hoy en día en la Argentina se hacen al año aproximadamente ciento seis películas. En aquel entonces con suerte se hacían quince siendo seis las que valía la pena ver. Normalmente, eran realizadas por las mismas grandes productoras. El concepto de cine independiente era casi inexistente. Primero tenías que pasar por la publicidad y, por supuesto, tenías que tener plata. No había escuelas de cine, solo la del INCAA. Solo había turno tarde y entraban como máximo veinte alumnos por año. Di el examen y entré pero no pude asistir porque no podía estar en el turno de la tarde ya que tenía que trabajar en ese horario. Recién pude cursar cuando abrieron el turno noche. En realidad, el conocimiento técnico ya lo tenía, entré para vincularme con la gente del ambiente y con personas que quisieran hacer lo mismo que yo. Para ese entonces ya tenía veintisiete años. Todos los amigos que conocí en esa época fueron con los que luego trabajaría y a quienes les produciría películas. Por ejemplo, a Néstor Montalbano le produje Pájaros volando y a Eduardo Raspo, Tatuado. La mayoría siguen siendo mis amigos hasta el día de hoy. A partir del año 1988 me vinculé más profesionalmente con el cine. Se trataba de una época complicada por la hiperinflación y el cine era una industria cuyos insumos eran, en su mayoría, importados. Me acuerdo que me gané un concurso para hacer un documental y para cuando cobré la plata, no me alcanzaba para nada, ni para comprar un rollo de película de 16mm. Por eso tuvimos que experimentar con videomatic. Con cámaras prestadas logré hacer la película. Hice uno de los primeros largos en video que se hicieron en la Argentina. Fue un documental sobre Alberto Brecha y sus hijos. “Brecha por cuatro” se llamó. Luego hice un programa con Rubén Stella que se llamaba “Los intrusos” para canal 7 (en aquel entonces ATC). Al principio de los noventas hice cosas para la televisión pero al poco tiempo después me fui a vivir a España tres años. Hice cosas como corresponsal para acá. Luego quise hacer una serie sobre Pepe Carvalho, el personaje de Manuel Montalbán, el escritor catalán. «Quinteto en Buenos Aires», se llamó. Solo hicimos un capitulo. Al final terminó convertido en un largometraje. En 1994 volví y comencé a armar la productora «Baraka cine» y empecé a armar proyectos. Desde entonces me aparté de la dirección y me la pase produciendo películas. En el 2006 filmé «La velocidad del olvido»,  una fábula político fantástico, que realmente disfruté mucho hacer.  

Junto al colaborador de La Piedra de sísifo Adrián Des Champs

¿Cómo llegaste al Necronomicon?

Era una deuda pendiente con el niño que fui (risas). Al conocer al guionista Luciano Saracino y al joven escritor Ricardo Romero (que también eran fanáticos de Lovecraft y del terror) supe que era el momento de saldar la cuenta pendiente. Siempre había querido hacer una película sobre Lovecraft y, sobre todo, de la famosa leyenda que dice que se encuentra en la Biblioteca Nacional. Nunca entendí porque nadie hizo algo con esa idea. Consideré que para rendirle un buen homenaje debía remitirme al material fuente, a lo literario. Vos pensá que ahora el Necronomicon está muy metido en la cultura popular. Hasta fue tomado por el Heavy Metal. La gente se olvida que Lovecraft nunca dijo demasiado sobre el libro porque, precisamente, esa era su esencia literaria: crear una atmosfera sin mostrar nada y jugar con lo desconocido, con lo innombrable. Eso era algo que hacían mucho las viejas películas de terror y en lo que fallan las de hoy en día. Es una película homenaje que espero que aprecien más aquellos que lo han leído. Ha habido muchas adaptaciones de las obras de Lovecraft, como las de Brian Yuzna por ejemplo, pero no han sabido capturar la esencia literaria. Es difícil adaptar la atmosfera porque te tentás de resolver mostrando. Por eso hice que mi película fuera literaria. A mí me gusta lo textual en el cine. No quería que los personajes hablaran como se habla en la calle sino más bien lo que quise fue construir algo. La mejor película “lovecraftiana” es, sin duda, En la boca del miedo de Carpenter. Ahí lo tenés todo. Trata sobre un personaje que tiene algo para contar que lo ha trasformado y que, por medio de una entrevista, nos cuenta un relato de una búsqueda que lo transformó en otra cosa. Hay un mundo que está oculto, uno paralelo, hay una estructura mítica. Algo que existe atravesando un portal y eso es indescriptible. Eso es Lovecraft. Cuando el Gore tomó a Lovecraft, en el caso de las películas de Yuzna, y decidieron mostrar todo, a mí no me sedujo demasiado. Lo que seduce es lo que no se muestra, «lo innombrable», «lo innominable».

Me encantó que estuviera Federico Luppi. Es alguien que claramente ama el género del terror. Lo ayudó a Guillermo del Toro a realizar su primera película, Cronos, cuando no lo conocía nadie.

Sí, uno podría suponer que él no conocía el género pero cuando hablé con él por primera vez  me di cuenta que era un fan de Lovecraft más. Era un tipo muy letrado, muy intelectual. Era un gran lector. Nos hicimos amigos hablando de literatura. Era un tipo fascinante. Cuando hizo «Cronos» lo conoció a Guillermo y encontró en él una suerte de niño grande con quién compartía esa pasión. Así se hicieron amigos. Luego hicieron El espinazo del diablo y hasta apareció en el Laberinto del Fauno. Costó convencerlo al principio porque consideraba que el personaje era muy lúgubre lo que lo deprimía un poco pero al final aceptó. El tema fue que quedó internado unos días antes de comenzar a filmar sus escenas. Luego, cuando salió de la internación grabamos su voz y le propusimos digitalizar el personaje, pero luego volvió a enfermarse y unos meses después lamentablemente falleció. De alguna forma, la película es un homenaje a él. Me encantararía que Guillermo del Toro viese la película, no solo porque es un fan de Lovecraft sino porque era un gran amigo de Federico.

De alguna forma siempre estamos buscando homenajear a nuestros amigos y maestros, gente que admiramos y queremos

En el fondo somos todos niños (risas).

¿Cómo surgió la idea de hacer “El conserje y la eternidad”?

Cuando Ricardo publicó la novela, la leí y me encantó. Entonces con él y Luciano empezamos ver la posibilidad de realizar la película. Ahora están trabajando en el guion. «El conserje y la eternidad» es también saldar una cuenta pendiente. El personaje de Drácula es central en mi vida cultural. Ha sido siempre así. No hubo un antes y un después porque entró muy temprano. Fue fascínate ver  Drácula de Bela Lugossi y Nosferatu, así como lo fue leer la novela de Bram Stoker. Esta sería como mi versión de Drácula. 

Cuando leí la novela, el personaje me recordó un poco a León el de la película El profesional de Luc Besson.

Sí, hay algo de eso. Alguien atado a la rutina, atávico. La realidad pasa y él tiene una tarea.

¿Cuáles son tus próximos proyectos? 

En el medio hay otro proyecto que se llama «Asuntos pendientes» que también es un guion de Luciano. Es una mujer detective que habla con los muertos y que a partir de eso resuelve casos barriales, pequeñas leyendas urbanas. La idea a partir de ahora es apartarme lo menos posible del género y producir a otros directores que me gusten.

¿Cómo es hoy en día hacer cine en la Argentina y en el mundo?

En la Argentina en estos momentos la cosa está difícil. Siempre ha sido una tarea compleja y larga y ahora se le suma la situación económica. Por otro lado, hay cada vez mayor producción audiovisual pero es una producción concentrada. En los últimos veinte años se ha dado a nivel mundial una fuerte concentración de todo en pocas manos. Si no te produce Netflix, Warner, Hulu, Amazon o las grandes europeas, la tenés difícil. Cada vez hay menos formas de conseguir dinero para financiar una película, sobre todo en Argentina que tiene un mercado muy pequeño. Se sigue produciendo mucho porque existe el INCAA que es casi un milagro. Sin embargo, el tema de la difusión es complicado justamente porque la exhibición está muy concentrada. Eso hace que los productos vistos masivamente sean pocos. Hay muchas películas, sí, pero la mayoría las ven mil personas como mucho. Si tenés suerte las ven quince mil y si tenés mucha suerte más de cien mil. Después circulan por Internet o en algún canal de la televisión o en el canal del INCAA, el cual dirigí yo en una época. 

Marcelo con Ricardo Romero y Luciano Saracino

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