…escribir una historia significa ubicar un acontecimiento en un contexto, relacionándolo como una parte de alguna totalidad concebible (…) Las historias, entonces, no versan sólo sobre acontecimientos, sino también sobre los posibles conjuntos de relaciones que puede demostrarse que esos acontecimientos representan.
Hayden White

Vemos y pensamos la historia y la evolución de la humanidad como un entramado de nombres, rostros y acontecimientos que, por una u otra razón, se hicieron populares. Armamos, con ese material visible, la narración visible de la humanidad. El rostro visible de la historia. ¿Pero qué pasa con lo otro? ¿Qué pasa con todos esos nombres, esas caras, esos acontecimientos íntimos? ¿Qué pasa con los libros inéditos? Certeza: hay muchos más libros inéditos que publicados (vueltos públicos). Esos libros, ¿no forman también parte de la historia de la literatura? ¿Qué es hacer literatura? ¿Qué es hacer historia? ¿Tejer un recorrido con algunos elementos? ¿Cómo y para qué se eligen esos elementos? ¿Adónde se dirige (qué sentido tiene) ese recorrido? La historia (una historia) puede ser pensada como la forma de justificar y sostener un presente, un estado actual de cosas. Nos contamos historias para sostener situaciones actuales. A nivel social y a nivel personal, la actualidad se apoya en una serie de relatos. Los relatos (los mitos) unen y aglutinan, sostienen, justifican, controlan y organizan. Para eso, claro, también excluyen. La narrativa incluye y excluye. Los relatos que sostienen el presente son, de alguna manera, marcos elegidos y construidos. ¿Qué hiciste hoy? Esto, esto y esto. ¿Y lo otro? ¿Lo que queda entre esos estos elegidos? ¿Por qué contamos lo que contamos? ¿Para qué? Por misteriosas y no tan misteriosas razones, la atención (la individual y la colectiva) es dirigida a ciertos lugares, y a ciertos otros no. O no tanto. Uno recuerda y destaca ciertas cosas que le pasaron en el día; la humanidad recuerda y destaca ciertas cosas que pasaron, digamos, en el siglo XX. Dos o tres guerras, cuatro o cinco descubrimientos científicos, un puñado de obras de arte, diez nombres, unos rostros bonitos, uno feo (no sea cosa que alguien se de cuenta), algún accidente o catástrofe natural, un mundial de fútbol y te armamos un siglo. ¿Pero qué pasa con lo que estaba sucediendo a la vuelta de la esquina de la Revolución de Mayo? ¿Qué pasa con la frustración del nene que en 1969 se quedó dormido cuando pasaban la transmisión de la llegada a la Luna? Hay quien dice que lo de la luna fue un cuento. Un cuento es, sí, porque es algo que se cuenta. Es un cuento, decimos, al menos en castellano, al menos en ciertos lugares, para decir que algo no es verdad. Ay, el tema de la verdad. Como sea, hayan pisado o no la piel de la luna, lo que recibimos es un cuento (una historia, un relato). Queda la pregunta de si ese cuento cuenta una realidad o si ese cuento es puro cuento (y más, la vieja pregunta: ¿pueden las palabras dar cuenta del mundo?) Queda preguntarnos, también, por el para qué de contar las historias que se cuentan. Sea que se cuente algo al pie de la letra, sea que se cuente una realidad tergiversada, sea que se invente todo, ¿para qué? Sherezade cuenta mil y un cuentos para sobrevivir: narramos para sobrevivir (¿decía Barthes?) Si una persona vive toda su vida con la certeza de que en 1969 el ser humano pisó la luna, y al día siguiente de su muerte el mundo se entera, y con total certeza, de que lo de la luna fue un invento, cabe la pregunta acerca de la realidad del impacto del hecho (la supuesta llegada a la luna) en esa persona que vivió creyendo que ese hecho era un hecho. Más allá de lo real, lo que nos contamos. Y el impacto de lo que nos contamos, sea más o menos real. Dicen que el cerebro no distingue entre la percepción de un hecho real y uno imaginado. En el cuerpo, lo que nos contamos. ¿Por qué tanto lío con Galileo? ¿Por qué veneno para Sócrates? ¿Por qué el criminal tiene que eliminar al testigo de su crimen? El crimen es un relato que debe ocultar sus procedimientos estructurales. El testigo es quien vio cómo se montó la escena. Montamos nuestras vidas sobre un tejido de relatos. Ese tejido incluye y excluye (mata). A ese tejido (a ese relato, a ese crimen) lo llamamos: nuestra vida, nuestra cultura, nuestra civilización. La civilización se sostiene sobre lo que cuenta, y también sobre lo que no cuenta (lo que oculta). Si la civilización oculta (mata), ¿la cultura es criminal? Si la identidad incluye y excluye, ¿la identidad es una organización criminal? La identidad como una mafia. ¿Qué tiene que hacer un pueblo para mantener lo excluido fuera de sus bordes? La nación como una mafia. ¿Cuánta energía ponemos en definir y confirmar los bordes, en incluir y excluir experiencias, cosas, personas? Lo excluido puede ser pensado como lo que la cultura (el relato, la ficción) considera diferente y extraño a su sistema, aquello que debe ser eliminado, retirado fuera de los bordes de la finca cultural, para que la cosa, el cuento, se sostenga. Y lo que queda afuera, el color rebotado, lo pintado en la piel de la muralla, ¿no es lo que los otros ven? El rostro, la identidad, como la luz rechazada. Somos, para afuera, lo que no queremos ser. Una especie de inteligencia histórica parece ir eligiendo los hilos que tejen el recorrido del pensamiento humano. La humanidad se va contando un cuento, por inclusión y por descarte. ¿Eso es la ficción? Un marco que incluye y excluye. Hoy hay gente que dice que la Tierra es plana. Más allá de que lo sea o no, más allá de que esa teoría sea una total estupidez o no, es interesante preguntarnos a qué responde el nivel de agresividad (reacción) de algunas respuestas a esas teorías. Así como hace cientos de años quemaron (o sólo enjuiciaron) a Galileo por decir lo que decía, hoy quemarían o enjuiciarían a quienes dicen lo que dicen, si lo que dicen amenaza la estabilidad del tejido de relatos que sostiene nuestra civilización (nuestra mente colectiva). La civilización, la identidad del mundo, se sostiene en este mapa de relatos. Los relatos oficiales. ¿Qué pasa entonces con esos otros cuentos, los que no recibimos, los que ni siquiera son la otra cara del cuento oficial, esa otra cara que también tiene su función y ayuda a sostener un equilibrio y definir un rostro? ¿El mundo inédito no forma parte de la historia de las cosas? Cierta organización jerárquica de los valores sociales nos dice que un libro editado vale más que uno inédito. Y que una vida que dejó huella vale más que una que no. ¿Puede una vida no dejar huella? ¿Por qué damos tanto valor a lo de las huellas? Tal vez nos sentimos tan perdides que queremos tirarles una onda a las generaciones futuras. Dejarles el camino armado, el manual editado. ¿Será eso? ¿Será que nos enseñamos que sólo existimos en la medida en que marcamos? Tal vez, en la huella que dejamos, pretendemos una especie de eternidad. No me iré de este mundo sin dejar mi firma tallada en el tronco de algún árbol. Como si ese árbol fuera a durar mucho. A lo sumo, pensamos, mejor pintarrajear las piedras de una cueva… como si la cueva también fuera a durar. ¿Por qué tanto lío con lo de la trascendencia? ¿Por qué esa necesidad de hacer sentido? ¿Por qué esa necesidad de tallar los nombres en las cuevas y en los troncos de los árboles?

Este texto forma parte del libro Yo, cuento (y otros cuentos que pueden no cambiar tu vida), Editorial Peces de Ciudad, 2018.

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