Entro al estudio de Luciano Saracino. Se trata de un verdadero templo zen de la literatura y el comic. Me viene a saludar con un afectuoso abrazo y me invita a sentarme. Detrás de él, se extiende una enorme biblioteca que llega hasta el techo. Es necesario una escalera para alcanzar los estantes más altos.

Quedo sorprendido al visualizar Bandes Dessinées franceses. Normalmente los amantes de las historietas se centran en los comics estadounidenses y japoneses. Es poco usual que alguien conozca a los personajes de la avasallante tradición franco belga.

«Soy una especie de antropólogo de la historieta. Siempre me gustó ver que más hay, que otras cosas existen.»

Luciano nació en la Ciudad de Buenos Aires, en el año 1978. Desde pequeño su pasión por la escritura se hacía notar. Para su suerte, su familia era poseedora de una abundante colección literaria  que incluía, por supuesto, lo que se convertiría en su pasión: la historieta.

«Somos tres hermanos. Cuando me mudé dividimos los libros. Uno de mis hermanos se quedó con la mayoría de los Lucky Luke, mientras que yo me quedé con los de superhéroes. La biblioteca la tuve que rearmar de adulto.»

Desde ese entonces no paró de escribir y su talento creció hasta convertirse en un referente del medio escrito. Su aporte literario es inmenso. Escribió libros infantiles, cuentos, novelas, guiones de películas, de series y, por supuesto, de historietas. Ha sido traducido a más de doce idiomas y ha sido reconocido internacionalmente con múltiples premiaciones incluyendo el Concurso Europeo de Álbum de Cómic de la Editorial Glènat (Francia) y VI Certamen Internacional de Álbum Infantil Ilustrado «Ciudad de Alicante» por el libro Cuento Hasta Tres (Anaya, España, 2006).

Pero, ¿quién es Luciano realmente? En el fondo es un pibe de barrio que se junta a jugar al fútbol con sus amigos y que cuenta historias de terror en los asados. Hoy, habiendo cumplido cuarenta y dos años, se siente bien donde está, haciendo lo que ama y lo que hace mejor: crear historias y mundos fantásticos.

«Juego al fútbol con mis amigos, tengo una hija, cocino, tengo una pareja a la que amo, viajo mucho por todo el mundo. Ser todo eso es ser quien soy, es ser Luciano. Y eso está bueno.»

Se puede decir que hay tres ramas del comic: la estadounidense, la franco belga y la japonesa (el manga).

Sí, podría decirse eso. Pueden considerarse como las líderes. Igualmente, Argentina es una escuela aparte. Durante los años cincuenta hubo un movimiento muy importante. De ahí se destacan Oesterheld, Hora cero, etc… Nuestra escuela tuvo una influencia muy grande de la rama italiana.

Recuerdo a Nipur de Lagash. No podía creer que acá se hubiera trabajado lo épico.

Sí, fue increíble. Hoy en día acá lo “épico” parece una mala palabra. Pero hubo un tiempo que fue hermoso en donde aparecieron muchos relatos argentinos que abarcaron ese género, especialmente dentro del mundo de la historieta. Había de vaqueros, de ciencia ficción, de piratas, etc… Si uno analiza la obra de Robin Wood, se da cuenta que se trata de las típicas aventuras de género: policías de Chicago, cosacos en Rusia, etc…En los años cincuenta, la edad de oro de la historieta argentina, la gente consumía eso. En los noventa aparece la figura del autor como alguien que cuida su imagen y el género desaparece. La historia comenzó a contarse desde el personaje y no bajo la protección y estructura que otorga el género. El autor migró hacia otros tipos de relatos mientras que el lector, al no haber oferta, buscó en otros lados. De esta forma, se perdió a todo ese público que solían tener las grandes editoriales argentinas de comics de los años cincuenta. Si bien en la actualidad la calidad de las producciones es buena, aun no se han recuperado a los lectores. Con el cine pasó algo parecido. Argentina no fue un país que en el que se haya desarrollado el género como ocurrió en España, en Francia o en Italia. En España se ha trabajado mucho el terror, en cambio acá no ha habido grandes escuelas y directores que lo hayan desarrollado. Quizás hubo algo de policial.

¿Cómo empezaste?

Comencé leyendo comics de superhéroes, más que nada del universo DC. De ahí proviene mi amor por la historieta. A los once años ya me conocía todo ese mundo. A los doce lo descubrí a Stephen King, lo que me voló la cabeza. Desde ahí jamás abandoné el terror. Si bien venía leyendo a Edgar Allan Poe, a Lovecraft y otros clásicos, cuando me llega Misery algo cambio dentro de mí. Es como si se hubiera despertado un amor por lo macabro, por lo oscuro, por lo onírico, por lo perturbador. Si bien nunca abandoné el comic, algo nuevo había aparecido a partir de ese momento: las novelas de terror. En cuanto a escribir, lo hice desde siempre. A los cinco años me juntaba con amigos que dibujaban bien y les escribía guiones para que hicieran historietas. Creo que desde siempre tuve esa actitud de querer trabajar en equipo. Al llegar a la adolescencia, descubrí que muchos de mis amigos eran más agraciados físicamente que yo, lo que los ayudaba mucho con el tema de las chicas. Ahí supe que si no encontraba algo rápido para compensar eso pronto me quedaría muy solo. Fue en ese momento cuando descubrí que a las chicas les gustaba que les escribieran, ya sea poemas, canciones, o incluso historias. Por eso empecé a escribir. Lo hacía para que alguna chica me viera, para que me registrara. Es algo que continúe haciendo el resto de mi vida. De hecho, armé una carrera alrededor de eso, todo para que las chicas me vieran (risas). Durante el secundario comencé a trabajar en una revista de Cumbia. A los diecisiete años cobraba por escribir sobre música tropical. Redactaba notas y entrevistaba a artistas de ese medio. Lo hacia trabajando en forma fija para una redacción lo que fue un ejercicio fascinante ya que la revista se publicaba cada quince días. Eso fue increíble porque empecé a trabajar de la escritura. Encima se trataba de un tema del que, la verdad, no sabía mucho. Iba a las bailantas y a los recitales. Era una cosa divina: por un lado iba a San Telmo a las lecturas de poemas y cuentos, a recitar a Baudelaire, y de ahí me iba “Fantástico bailable” a entrevistar a Comanche. Incluso viajaba en las giras con los grupos de cumbia. Vivía entre dos mundos opuestos. En realidad era un paria en ambos: en el mundo de la cumbia era un paria porque siempre venía de leer a Baudelaire mientras que en el mundo de la poesía era un paria porque me estaba yendo a la bailanta. Esa condición de excluido la mantengo hasta el día de hoy: en el mundo de la literatura y la historieta soy un paria porque hago películas y en el segundo porque estoy en el primero. Saracino nunca es parte de nada, no soy parte de ningún territorio literario y eso es la parte que más me gusta de mí. Es como tener la valija de viaje llena de etiquetas.

¿Quién es Luciano Saracino?

Es un tipo que se levanta a la mañana sin despertador y cuando lo hace se pregunta quien es. En ese cuestionamiento pueden aparecer varias respuestas. Por ejemplo, un día me dedico a cuidar la huerta. Eso no es metafórico. Tengo una huerta con morrones, tomates, berenjenas y lechugas. Otros días prefiero escribir (ahora estoy armando una historia de terror sobre un hotel alojamiento). Es un tipo de cuarenta y dos años que durante todo ese tiempo se inventó una forma de jugar. Que no se tomó muy en serio nunca, la cual me parece que es la forma más seria de tomarse a uno mismo. Que busca constantemente formas de divertirse porque se aburre rápido. Que busca actividades que lo mantengan despierto. Hasta ahora vamos bien. He estado mal pero ahora, la verdad, es que estoy bien. Es un tipo que le gusta mucho escribir pero no todos los días.

¿Cómo conociste a tu pareja, Victoria?

Le decimos Vico. La conocí en un festival de historietas (Comicopolis). Fui como invitado. La vi caminando con toda su altura, con toda su belleza, debajo de un robot gigante de muestra. Cuando la vi venir, me puse en su camino y le advertí que debía tener cuidado con el robot. Le comenté que a esa hora el androide cobraba vida y que comenzaría a disparar rayos por los ojos por lo que era importante que se consiguiera alguien que la protegiera.

Esas son las que más funcionan. Veo que estar en el ambiente de la cumbia te ayudó bastante.

Sí, claramente, sirve para todo. A partir de ese momento comenzamos un vínculo vía Whatsapp ya que es un territorio en el que me siento bastante cómodo debido a que, para un escritor, las palabras escritas son más fáciles que las palabras habladas. Ahora estamos viviendo juntos. Es increíble el poder de la escritura, hay una persuasión, una seducción. Ahora soy un hombre retirado pero fui un gran profesional del levante por chat (risas). Creo que todos lo hemos sido alguna vez por necesidad.

¿En qué momento pudiste decir: «lo logré, estoy donde quiero estar»?

Fue en el momento en el que pude dejar de trabajar en cosas que no tuvieran que ver con la escritura, por ejemplo dar clases en la universidad. Si bien esto último tenía que ver porque eran clases de guion y de narrativa, era ir a dar clases. La idea era dejar de salir de mi casa. Yo vivo en un barrio periférico de la capital federal (Villa General Mitre) y es donde me siento cómodo. Tengo este nicho, y cuando necesito estar más aislado me voy al cuarto de arriba. Eso es para mí haber llegado a algún lugar. Solamente escribo. Y si no tengo ganas de escribir, no lo hago y no pasa nada. No tengo que hacerlo si no quiero. Económicamente hablando llegué a un lugar que, si bien no me sobra ni un centavo tampoco tengo que andar buscándolo en otro lugar que no mi sea mina de oro (o de plutonio) que es la escritura. Eso para mí es una consagración, sobre todo porque me inventé solo.

¿Y cómo fue que lo lograste?

Roberto Arlt habla de la prepotencia del trabajo. Pero una cosa es la prepotencia y otra es la conciencia del trabajo. No tengo ni idea como se hace un texto, yo solamente sé cómo yo lo hago. Durante diez años escribí de sol a sol. Me sentaba y escribía historietas, libros para chicos y series de televisión. Tenía una energía joven, veinte y pico de años, treinta y pico de años. Una fuerza que la use a mi favor. No dudé de mí. No desperdicié energía en eso ni en ponerme trabas. Tampoco le dediqué tiempo a ver como se hacía, simplemente lo hice. Nunca me pregunté si estaba bien o mal. Me solté y lo hice. Así logré acumular un stock de material enorme. Ahora que tengo un nombre si quiero puedo no escribir nunca más y sacar material de ese molino y publicar  hasta el día que me muera. Tengo más cosas no publicadas que publicadas. Tengo muchas más películas no filmadas que filmadas. En el hacer esta el cómo. También está la capacidad de uno. Hay que aceptar eso y reconocer las limitaciones y desde ahí fijarte por donde moverte. ¿Puedo ser un escritor que haga novelas de 1500 páginas? Todavía no lo he podido hacer pero no me deprimo frente a eso. Apunto a lo que puedo y me potencio.

¿Cuál fue el momento de la consagración?  

En 2013 con Germán, últimas viñetas. Una serie de televisión basada en la vida de Germán Oesterheld. Fue protagonizada por Miguel Ángel Solá. Ganó un montón de premios. En aquel momento sentí que esa carrera que venía armando desde pibe pegó un gran salto. Yo era el autor de una serie que fue un éxito. Pero lo que realmente me enorgullecía era que hablaba sobre uno de mis héroes de la infancia. Fue rendirle un homenaje a uno de mis ídolos. Ese fue más un beneficio simbólico que económico. Ahora era un autor, no solo el pibe que escribe libros para chicos e historietas. Ahí sentí que mi carrera cambio. Fue increíble, recibía doscientos mensajes diarios de personas que me comentaban lo que les había pasado al ver mi serie. Fue muy fuerte. Sin embargo, a nivel personal fue una época difícil porque me separé de la mama de mi hija, por lo que, en parte, no pude disfrutar tanto. Tuve que reconstruirme desde la tristeza y fue tremendo porque en vez de disfrutar algo que nunca me había pasado tuve que rearmarme desde la depresión. Esa experiencia me enseñó a quererme mucho más y a darme cuenta para donde quería ir.

¿Viviste siempre en Argentina?

Tuve una temporada de ida y vuelta entre Paris y Buenos Aires por una novia francesa. También viví en España dos años. Igualmente siempre fui de Buenos Aires pero, sobre todo, de este lugar y de Villa del Parque, de la Paternal y de Santa Rita. «Soy de aquí, yo potro tenso, y me quedo para cantar y amar desde un huerto manual en mis hermanos». (Cita de: Buen día, día, de Miguel Abuelo).

Con respecto a la influencia del comic japonés, el Manga

Mi generación, los que tenemos más de cuarenta, no nacimos en un mundo en donde el manga estuviese ya establecido. Era un mundo en el que estaba apareciendo. Y fue como cuando aparecen los monstruos, cuando uno ve al dragón de frente. Es hermoso. Astroboy, Robotech. Veía esos animes de pibe. Ya era grande cuando aparecieron Dragon Ball y Los caballeros del zodíaco. Me llegaron tarde las grandes obras del manga. Después fui pidiendo Gantz, Death note y otros. Las visito como un turista que visita un templo que le fascina. No como un habitante. Yo soy un habitante de las Bandes Dessinées y de los superhéroes DC. Pero del manga soy un turista. Lo más cercano que tuvimos los de nuestra generación fue Akira. Después explotó en Argentina. Para ese entonces yo me estaba formando con Stephen King. Igual en el anime hay cada obra que es una maravilla.

¿Quiénes fueron tus Influencias desde la literatura y el comic?

Tengo varios. Horacio Quiroga dijo que la personalidad es una larga búsqueda. No hay que evitar copiar, la voz propia es un gran coro. En el caso que yo tenga una voz propia estoy seguro que está hecha de un montón de voces. ¿A quién encuentro en ese coro? Neil Gaiman. Tengo una necesidad de acercarme a él. Lo estudié para poder asimilarlo. Por supuesto, tengo algo de Stephen King, eso de traer a mi mundo el horror que nos rodea. Tengo un acercamiento a Terry Pratchett, Robin Wood, Carlos Trillo. Donde voy viendo, voy a encontrando. Tim Burton, Philip Dick. Soy un adulto que llora mucho. Que se emociona cuando ve películas, cuando lee libros. Cuando me acuesto a la noche a leer soy de aplaudir mientras leo o de llorar. El otro día leyendo una de Batman me puse a llorar porque había un vínculo entre él y Alfred que me había parecido magistral. Leo a Roald Dahl y aplaudo. Cronenberg, Carpenter, George Romero, Dario Argento. Me interesa lo que cuentan y al verlos me vienen ganas de contar historias parecidas. Esta es una manera hermosa de decir que soy un ladrón de todos esos maestros (risas). 

Hablé con Ricardo Romero, autor de la novela El conserje y la eternidad. Sé que la idea es adaptarla al cine junto con Marcelo Schapces como director y Diego Capusotto como protagonista. El personaje de la novela es fascinante: desapasionado y carente de empatía. Sin embargo sentís cierta identificación con él. ¿La idea es llevar eso al lenguaje del cine?  

La idea es hacer algo de eso. Es un relato cinematográfico por lo que hay muchas cosas que están por fuera de la novela. Hay muchas novedades, pasan otras cosas  y de otra manera. Igualmente, la esencia de la novela queda intacta. De hecho, el guion lo escribimos con Ricardo. Somos hermanos, trabajamos juntos desde hace mucho, nos entendemos, jugamos bien. Cuando vos jugás con alguien con el que te conocés, jugás mucho mejor. Sabés para donde va a ir el otro, sabés donde se siente mejor. Esta película que está basada en su novela fue un laburo mucho más complejo que un trabajo que comienza de cero como lo fue Necronomicon. Además es una novela que yo amo. Acá me jugaban dos cosas: por un lado que es mi amigo, y por otro que es un autor que admiro y respeto. Es una de las mejores diez novelas que he leído.

La película sueca Déjame entrar esa una referencia obligatoria para esta adaptación, lo mismo que La sombra del vampiro. Se juega mucho con lo ambiguo y es el espectador el que debe deducir los detalles.

Capusotto es un tipo que tiene  sesenta años, con lo cual «Juan Drodman», el personaje, fue humano hasta esa edad y luego se convirtió en vampiro. Todo eso previo del personaje es un misterio y eso está bueno que sea así. Con eso quería jugar. Es el conserje y la eternidad. Esos son los dos personajes de la película. Hay algo melancólico. Ese es el reto de la película. En la novela, como está escrito por un genio, ves la falta de empatía pero, al mismo tiempo, sentís una identificación, podés entender al personaje. En una película lograr eso es mucho más difícil porque no se cuenta el mundo interno del monstruo. A través de lo exterior se debe explicar lo interior. Toda esa declamación que Romero encara en su literatura, en el cine tiene que ser representada por detalles, por cuestiones que van por fuera de lo literario. La pregunta entonces es, ¿cómo hacemos para que el público sienta identificación con este monstruo que no tiene empatía? Está en la melancolía diaria, en el aburrimiento, en el hastío. Ahí está la clave. Es un personaje que vive de la rutina y que tiene hambre. Hay tedio y víctimas. Lo que no puedo tener es la voz en off de Romero, que es encantadora. Fue un reto buscar formas de contar la historia con lo visual, sin la voz del narrador. Muchas adaptaciones han fracasado porque no existe una buena relación entre el novelista, el guionista, el director y el actor. Acá por suerte todos se llevan bien.  Marcelo es amigo de Diego. Ricardo y yo somos amigos, y a su vez, somos amigos del director. Con Diego nos juntamos una vez a cenar y terminamos mirando videos de You tube de tortugas reproduciéndose a eso de la madrugada. Raro sí, pero si en una primera reunión terminás haciendo eso con alguien de seguro que te vas a llevar bien (risas). Por suerte se ha armado un gran equipo.

Luciano junto a Adrian Des Champs, colaborador de la Piedra de Sísifo

La elección del protagonista es genial aunque es toda una apuesta ya que Diego ha trabajado más en comedias que en películas dramáticas.

Hay que ver como el público reacciona al verlo a Diego haciendo de un personaje tan sombrío. Está muy por fuera de lo que estamos acostumbrados. Es todo un desafío para él pero estoy seguro que lo va a lograr, es un gran actor con mucho potencial.

Con Necronomicon hicieron una película muy literaria. La idea era hacer un homenaje a Lovecraft. ¿Lo consideraron riesgoso como elección artística? 

Uno ama de una manera que no es la manera en la que amamos todos. El amor es muy especial y a veces plantear algo desde tu visión puede hacer que muchos no lo entiendan. Algo que aprendí es a pensar las cosas para que lleguen a una audiencia grande. Igualmente para Ricardo, Marcelo y yo fue una película muy personal, muy de verdad. Tiene que ver con el amor hacia los libros. Tiene que ver con lo que significan los libros para nosotros. Fue hecha para los fans de Lovecraft y para nosotros. Para mí, más allá de que se la pueda mejorar, es una película en la que pudimos decir muchas cosas. Y además me preparó para ésta. Con Marcelo nos entendemos mucho. Jugamos bien. Si la hiciéramos hoy sería una película totalmente diferente. Desde los tres. Creo que fue un buen ejercicio para aprender muchas cosas y para saber qué es lo que se tiene que trabajar. Lovecraft estaría orgulloso porque agrandamos su universo. Le gustaría porque jugamos su juego en este lugar del mundo tan alejado.

¿Cómo es el proceso de estrenar una película para un escritor?

Me resultó algo duro. Si bien hubo críticas buenas la venta de entradas no acompañó mucho. No estaba acostumbrado a lidiar con todo lo que implica estrenar una película. Eso no te pasa con la literatura y la historieta. El cine es algo mucho más popular y para afuera, por eso tenés que estar acostumbrado a esas cosas. Yo no lo estaba. Imaginate, tenés una película en cartel para la cual te rompiste el lomo y después tenés un montón de gente hablando sobre ella tanto para bien como para mal. Te sentís expuesto. Me ponía mal por las críticas. Pero bueno, es parte del juego. Sé que la próxima no me va importar tanto.

¿Qué director te gustaría que adapte alguna de tus obras?

El Tim Burton de «El gran pez».

¿Qué obras te gustaría que adaptase?

Ometepe y Corina y el pistolero.

¿Con quién te gustaría juntarte a tomar una cerveza?

Dario Argento, Stephen King, Neil Gaiman, George Romero. Hablaría del terror, de vampiros, de zombis. Tengo la suerte de que me junto a tomar cerveza con Ricardo Romero, Marcelo Schapces, Max Aguirre, Ariel Olivetti. Tengo la suerte de que muchos de mis referentes son mis amigos. Todos los lunes juego al fútbol con dibujantes y guionistas que son mis héroes. Que juguemos al fútbol y que eventualmente les pueda hacer un buen pase a ellos es maravilloso. La vida me sonríe.

¿Qué has hecho de ciencia ficción?

Hormiga eléctrica, es una historieta que sale ahora. Me gusta mucho mezclar géneros: ciencia ficción y erotismo, ciencia ficción y terror. Quiero adaptar al cine un cuento breve de Oesterheld que sucede en una nave espacial. Me encanta ver como lo humano evoluciona en ese contexto. La idea es ver como seguimos siendo humanos frente a esta invasión. Me encanta la ciencia ficción que increpa al ser humano, quitando el contexto del presente para hablar del alma humana. Alejarnos para poder vernos.

¿Cómo es el proceso de adaptar una novela?

Yo tengo un punto a favor: trabajo con historietas. Por eso, sé trabajar desde lo visual. Cuando enfrentas una novela vos tenés ahí todo un universo psicológico y de lo no dicho que en una película no va a poder jugar. En el cine la cuestión se centra en lo que va a ver el espectador. Por eso cuando escribís un guion lo haces en tiempo presente describiendo lo que está pasando. Para hacerlo reflexiono sobre lo que va a ver el espectador y como lo va a ver. Trato de hallar la forma de explicar con imágenes. ¿Cómo le explico yo con imágenes directas y concretas lo que está pasando? Me despojo de lo literario primero y laburo por bloques. Divido la novela en núcleos. La esencia es lo que no puedo dejar de contar sin que deje de ser la novela. Agarro las columnas de la novela y sobre ellas construyo el edificio que será la película. Pero para que sea la novela debe tener estos hechos o situaciones, los núcleos. De ahí empiezo a construir y le pongo cinematografía.

¿Te identificas con el personaje de El ladrón de orquídeas?

Sí, claro. En esa paranoia, en esa soledad, en ese dolor que uno atraviesa al escribir. En esa imposibilidad de contactarse con el afuera. Igual me parece que es un mal de muchos escritores. Yo intento vivir la vida de la manera más tranquila posible.

¿Qué te dio la escritura?

La escritura me dio un montón de amigos. Nuevos y para toda la vida. Me dio una tranquilidad en los tiempos. No viajo en subte en hora pico a ningún lado. Me manejo en mi espacio y a mi tiempo. Me ha dado una calma mental. Y me ha dado momentos muy divertidos. También me quitó un montón de cosas. Me quitó calma, porque cuando uno se mete en un universo ficticio se aleja de la realidad. Me quitó también contactos y vínculos porque cuando te encerrás en esos mundos quedás fuera de todo durante meses. Me quitó la posibilidad de vivir una vida normal, que de todas formas no la quería. Pero la escritura me volvió lo que soy, y soy esto. Y me encanta. Tuve que aprender a llevarme, pero me encanta. También tuve que aceptar que tenía obras de mierda dentro de mi obra. No se puede tener todo bueno. Hay un montón que son una bosta.

¿De cuál de tus obras estas más orgulloso?

De Herbert West, basado el Lovecraft. De Ometepe. De Las aventuras de Fede y Tomate. De Historias del olvido. De Cuentos con sombrero. De Ich. Tengo cinco o seis que están bien, y estoy contento con ellas.

¿Hubo alguien que te dio un impulso para que te dedicaras a esto?

Tuve un profesor de guitarra, Pino Enríquez. Con él nos sentábamos antes de las clases para hablar de la vida. Para un pibe del colegio primario que le hablen de la vida cuando uno está acostumbrado a que lo traten como un niño siempre es increíble. De eso no me olvido nunca más. Por eso soy autor de libros para chicos. No conocí a ningún escritor hasta que fui escritor. En un momento me encontré en la feria del libro dando una charla con Carlos Trillo, con Diego Agrimbau y con otros. Me habían invitado de la Alianza francesa para hablar sobre las historietas para chicos. Ahí me di cuenta que era escritor.

¿Cómo aprendiste a escribir?

Me hice sin saber cómo se hacía. Escribí mis primeros guiones de historietas sin saber cómo se hacían. Había leído muchas historietas pero no guiones. Aprendí a escribir escribiendo. Nunca fui a una clase o a un taller literario. Nunca hablé con un escritor. Me inventé a mí mismo y eso me encanta. No supe hacerlo de otra la manera, esa es la verdad. Tal vez si lo hacía de otra manera llegaba mucho más lejos. Pero estoy bien.

¿Para qué escribís?

Escribo por las historias, para contarlas, no escribo ni para mí ni para los demás. Escribo porque no se hacer otra cosa. Escribo porque estoy lleno de historias que caminan como hormigas, que se calman cuando me las saco de encima. Escribo porque cuando no lo hago, no duermo. Ayer no dormí porque se me enganchó una historia que estoy escribiendo ahora. Me la estoy sacando de encima para poder dormir. Escribo porque tengo un monstruo adentro, uno bueno pero que si no le doy de comer me jode. Estoy exorcizando demonios pero no desde un lugar romántico o maldito. Soy un tipo normal. No hablo del alma del artista torturado. Escribo porque es lo que más feliz me hace. Escribo porque cuando no escribo algo pasa. Soy un contador nato, me encanta contar historias. No lo hago para trascender. Cuando me vaya de este mundo se terminó. Después, si alguien lee lo mío eso es de ese alguien ya no es mío. Quiero existir mientras exista. Mi existir tiene que ver con contar historias. Me encanta contar historias, soy un insoportable comedor de asados. Soy el que cuenta historias en los asados. Me encanta.

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