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En sus Confesiones relata San Agustín que se quedó anonadado cuando vio a San Ambrosio de Millán leyendo en su celda en silencio. Corría el siglo IV, y hasta ese momento lo normal era leer en voz alta. No deja de ser curioso que después de muchos siglos en los que la lectura era sobre todo un acto público se haya vuelto a recuperar con fuerza la tradición de la literatura oral. Digo recuperar con fuerza porque nunca llegó a perderse por completo y porque aunque es evidente que el formato de papel sigue siendo el rey del sector, los audiolibros han duplicado sus ventas en los últimos años frente al soporte tradicional, que se ha mantenido más o menos estable. Desde una perspectiva agorera, esta tendencia podría llevarnos a aventurar que quizá los audiolibros supongan para la lectura lo mismo que el teclado supuso para la escritura a mano ‒quizá alguno de los que en su día mató al libro en papel frente al digital lo haya hecho‒. Ahora bien, lo cierto es que si nos paramos a analizar cómo se lee un libro y cómo se escucha, llegaremos a la conclusión de que cada formato tiene distintas funciones y ninguno de los dos es superior al otro.

No solo no son dos formas de consumir literatura opuestas sino que, de hecho, son más parecidas de lo que cabría imaginar a simple vista. Un estudio llevado a cabo por un grupo de neurólogos italianos demostraba que el funcionamiento del cerebro no es muy distinto cuando se lee en voz alta que cuando se hace en silencio. La escritura tiene menos de 6.000 años, lo cual no es tiempo suficiente como para que la evolución haya actuado y hayamos desarrollado un proceso mental especializado para la lectura, distinto del que usamos cuando escuchamos. Cuando leemos usamos el mismo mecanismo mental que nos permite comprender el lenguaje oral. De hecho, hay estudios que demuestran que se obtienen puntuaciones casi idénticas en pruebas de lectura si los textos sobre los que se examina se escuchan en lugar de leerlos.

Es cierto que hay diferencias entre un texto escrito y la versión oral de ese mismo texto, sobre todo en lo que se refiere a la prosodia. Aspectos como el tono, el ritmo o la entonación no tienen cabida en la escritura. Una misma frase puede ser un elogio o un desprecio dependiendo de cómo esté pronunciada. Es el lector experimentado, sin ayuda de ningún tipo de signo, el que tiene que interpretar todos esos componentes prosódicos. En un experimento se pusieron varias grabaciones a diferentes personas. En una de las grabaciones alguien leía un texto más rápido y en otra más lento. A continuación leyeron ese mismo texto, supuestamente escrito por la persona cuya voz acababan de escuchar. Aquellos que escucharon la grabación de la lectura rápida leyeron el texto más rápido y los otros más despacio. Por no hablar de las ventajas que puede suponer un audiolibro para una persona con dislexia, que le permite solventar las dificultades de la decodificación de las letras impresas en la página a palabras en la mente.

Todo esto llevaría a pensar que es más fácil comprender un texto cuando se escucha que cuando se lee, pero no necesariamente es así. En otro estudio se comparaba el grado de comprensión en estudiantes usando un podcast de veintidós minutos sobre un tema científico y un artículo en papel sobre el mismo tema. Aunque los estudiantes pasaron un tiempo equivalente con cada formato, en una prueba escrita que tuvo lugar dos días después los lectores obtuvieron una puntuación de un 81 por ciento frente a un 59 por ciento de los oyentes. ¿Cómo interpretar estos resultados? Es importante tener en cuenta que el tema del que trataba el texto tenía un nivel de dificultad más elevado de lo normal y que el objetivo no era tanto el ocio como aprender. Ambos factores hacen que leamos de manera diferente. Cuanto más difícil es el texto y más concentrados estamos más despacio leemos, porque nos paramos a pensar o incluso a releer algunas partes. Eso hace que sea más fácil comprender un texto impreso que un podcast.

Por tanto, aunque el proceso mental que usamos para comprender las palabras cuando leemos y cuando escuchamos es el mismo, los textos más difíciles exigen estrategias adicionales que solo podemos poner en práctica en textos impresos. Leer y escuchar son actividades similares cuando la narración es sencilla, predecible y utiliza ideas familiares, pero con ensayos y exposiciones con un contenido que no manejamos es preferible utilizar una lectura más estratégica. Por otra parte, el 81 por ciento de los oyentes de audiolibros dicen que les gusta hacer alguna otra tarea mientras leen, como conducir, limpiar o hacer ejercicio. Puesto que la mente humana no está diseñada para hacer dos cosas a la vez, si realizamos tareas múltiples solo llegaremos a comprender textos más básicos. Pero sorprentendemente, leer un libro podría hacer que fueras más productivo en esa segunda tarea. De hecho, en carretera, un audiolibro puede ayudarte a prestar más atención: esa distracción le permite a tu cerebro controlar tareas repetitivas o monótonas. Un estudio de la Universidad de Pennsylvania llegó a la conclusión de que las personas a las que se les permitía escuchar un audiolibro emocionante mientras corrían en una cinta aumentaban el ritmo. Sí, las novelas también son una manera de ponerse en forma.

¿Es posible que en un futuro, a medida que los audiolibros se hagan más comunes, los oyentes puedan desarrollar estrategias para comprenderlos y las editoriales consigan formas de señalizar y dar estructura a los textos de forma adecuada? Puede ocurrir, pero incluso aunque eso pasara no parece que los audiolibros vayan a reemplazar en ningún caso a los libros impresos. Como decía al principio, cada formato está enfocado a diferentes contextos. Leer en papel puede ser lo mejor para hacer una lectura más reflexiva, pero los audiolibros nos permiten seguir teniendo contacto con la literatura incluso en esos momentos en los que no es posible que tengamos un libro en las manos. En cualquier caso habría que pensar que sí, que escuchar un libro es también leerlo.

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