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Aunque la literatura juvenil tiene una larga historia, el boom de adultos leyendo este tipo de libros es relativamente reciente. Sin embargo, como suele ocurrir cuando algún producto cultural es consumido de forma masiva, no tardan en levantarse los inquisidores del conocimiento para censurar y predicar en medios de comunicación prejuicios contra cualquier tipo de artículo que se salga de los límites de lo que ellos consideran lo correcto.

Ahí tenemos a Harold Bloom, que en julio del año 2000, justo después de la publicación de Harry Potter y el cáliz de fuego, escribió un duro artículo en el Wall Street Journal contra el joven mago, temeroso de que el libro llegara a convertirse en clásico a pesar de su falta de calidad literaria, llena de clichés y de metáforas muertas. Años más tarde, en 2012, Ruth Graham publicó un nuevo ataque en Slate, afirmando que los adultos que leían YA debían sentirse avergonzados. «Lee lo que quieras. Pero deberías avergonzarte si lo que estás leyendo fue escrito para niños», escribió con un cansino paternalismo, cebándose sobre todo con con Eleanor & Park y con Bajo la misma estrella. En la misma línea juzgaba la periodista Natasha Vargas-Cooper la novela estrella de John Green. Vargas-Cooper sentenció toda la literatura juvenil con una sola frase: «Gran parte de nuestra cultura ya ha sido cedida a las manos sucias y al gusto embotado de los adolescentes, no permito darles la elección de mis lecturas también a ellos».

Estas opiniones parten de una misma base común: descalificar a los jóvenes por el simple hecho de ser jóvenes. Esta forma de pensar, casi tan antigua como la civilización ‒las primeras frases lapidarias contra la juventud las encontramos en Hesíodo o en Sócrates‒, se compone de un complejo cóctel de nostalgia por los tiempos pasados e incertidumbre por el futuro, en una sociedad en la que los cambios se suceden cada vez a mayor velocidad. A eso hay que sumarle la idea reduccionista de que toda la literatura juvenil es mala, que es lo que suelen pensar normalmente los que no han leído este tipo de libros pero tienen como referencia a Crepúsculo y similares. Es por eso que ese tipo de literatura se considera indigna de paladares adultos y exquisitos. Pero todo lo que esté hecho para adolescente no es menos digno de nuestro tiempo, de nuestra atención y de consideración crítica, simplemente porque sean para y sobre adolescentes.

De entrada me voy a quedar con la respuesta que John Warner le da a Vargas-Cooper por su desafortunado comentario: «Cuando los críticos deciden que es hora de cerrar las puertas y encerrarnos a todos dentro de su castillo de cosas adultas, dejan de ser personas dignas de ser escuchadas».

Warner se refiere al tipo de crítico que cree que está fomentando la lectura haciendo sentir mal al lector que lee lo que le da la gana. El problema es que muchos adultos convierten la lectura de libros juveniles en un placer secreto e indecente cuando, como dije en una ocasión, no deberían avergonzarse por leer este tipo de literatura. Ponerle una misma etiqueta a toda la literatura juvenil tiene tanto sentido como hacerlo con toda la literatura francesa o con toda la novela negra. Es verdad que existen muchos malos libros, pero también los hay geniales. Solo hay que echarle un vistazo a la historia del género para descubrirlo.

¿Qué puede aprender entonces un adulto leyendo literatura juvenil? En un artículo publicado en Vulture Jen Doll habla de la nostalgia como componente fundamental. Pero aunque esto es importante, no podemos reducir este tipo de lecturas a una forma de recuperar la juventud perdida. Debe haber algo más. Una de las claves de la literatura es su capacidad de transmitirnos experiencias diferentes a las nuestras, de trasladarnos a vidas distintas, permitiéndonos ponernos en la piel de otras personas, los personajes, en diferentes períodos de tiempo, países, razas, clases sociales y, por supuesto, edades. Cada vez que un adulto lee un libro juvenil está ampliando su perspectiva. Y, con todo, su único valor no es el de proporcionar a los adultos una ventana por la que contemplar el mundo adolescente.

Uno de los aspectos más importantes de cualquier novela es cómo evolucionan los personajes y la literatura juvenil se suele centrar en estos cambios, a menudo dramáticos. Es lógico, teniendo en cuenta que la adolescencia es la etapa de crecimiento más radical, de enorme agitación emocional, cuando la persona acaba por descubrir el mundo y consolidarse. Pero estos cambios no se detienen cuando se supera esta etapa, sino que nos acompañan el resto de nuestras vidas. Tal vez sean cambios mucho más sutiles, pero sería ingenuo pensar que cuando pasamos la adolescencia, como el que pasa un resfriado, nos mantenemos inquebrantables como un bloque de granito.

Como adultos quizá pensemos que estamos de vuelta de la literatura juvenil y que poco tenemos que aprender ya de estos libros si es que no lo aprendimos cuando éramos adolescentes. Pero que aprendiéramos algo cuando éramos jóvenes no significa que no tengamos que aprenderlo una y otra vez a lo largo de la vida. Leer literatura juvenil nos puede ayudar a recordar algunas de esas verdades elementales, a reaprenderlas y, finalmente, a mostrarnos los cambios que hemos experimentado, cerrando las brechas entre quienes éramos, quienes somos y quienes podríamos ser.

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