Me siento. Apoyo con delicadeza el vaso. La espuma de la cerveza baila en forma provocativa mientras observo cómo Mariano se desmorona ante mis ojos. Su vida ya no tiene sentido. Su existencia está arruinada. «Estoy muerto» me dice. «No hay nada más que hacer».

¿Qué puedo hacer yo? Nada, lo sé. Estar ahí acompañándolo es lo único que me queda. Salir a defenderlo públicamente sería un suicidio, la situación es irreversible. Ahora que lo pienso, estar aquí es un poco riesgoso. Si me ven con él se acabó todo. Por suerte, el lugar está vacío, casi abandonado. Estamos ubicados en una especie de jardín. La brisa veraniega nos relaja mientras el calor y la humedad intentan sofocarnos. De pronto, un pensamiento punzante lacera mi alma: «alguien podría entrar y verme, fue una estupidez haber venido». Trato de calmarme. Continuo rumeando en silencio: «sólo diez minutos y después me voy. Se lo debo. Él me ayudó cuando nadie lo hizo. Él ha ayudado a tantos otros y ahora todos lo ignoran».

Ya nadie lo sigue en las redes sociales. Ya no le quedan ni amigos, ni seguidores, ni contactos, nadie. Es peligroso permanecer asociado a él, especialmente a través de la red virtual. Diego estaba de vacaciones y no se enteró a tiempo. Apenas volvió y lo supo, lo sacó de su lista de amigos pero ya era tarde. Trató de explicarse, publicó que estaba de vacaciones, que no había señal, pero fue en vano. Perdió su trabajo. Por suerte, aún conserva a sus amigos y a su familia aunque por el momento lo ignoran. No es prudente estar cerca de quien lleva «la peste». Lo han exiliado por un tiempo. Un año de trabajo a la basura, y todo eso por tan sólo doce horas. Pudo haberle ido peor. Y si a él le fue así ni me imagino lo que me harían si me vieran ahora, sentado junto al leproso compartiendo el sabor del encuentro. Hoy tiene un gusto tan amargo que me produce arcadas.

Mariano levanta la cabeza con mucha dificultad. Su espalda está encorvada. Mantiene los codos apoyados sobre la mesa. Su mirada me conmueve. Sus ojos desbordan de lágrimas. Ya no hay esperanza, todos lo abandonaron para siempre, amigos, familiares. Todos. Comienza a hablar con mucha dificultad. «No deberías estar acá conmigo. Yo no estaría si fuese vos. Es una estupidez lo que estás haciendo». Lo escucho atentamente. Sus palabras rozan mi espíritu con esos filamentos venenosos. Me queman por dentro. Mi corazón se agita. Quiero salir corriendo, sin embargo me quedo. Algo dentro mío me retiene. Una vez más mis pensamientos afloran desde lo profundo: «Llevo una vida feliz: diez mil cuatrocientos cinco seguidores, cinco mil cuatrocientos veintitrés amigos, nueve mil ochocientos cuarenta y dos contactos. Sé que si me descubren se acabó todo, ¿para qué arriesgarme?».

Miro para todos lados, no hay nadie. El bar se atiende automáticamente. Las cámaras no funcionan. Un lugar para exiliados. Nadie vendría a menos que estuviese muerto también. Ese pensamiento me tranquiliza. Aún no logro dilucidar porque vine. Los pocos que realmente lo conocen experimentan la piedad como emoción dominante, al menos por el momento. Los sentimientos van y vienen. Los vaivenes emocionales dependen de lo que es «trending topic» y eso cambia todos los días. La cuestión es que ninguno de los otros se acercó a consolarlo. Hacen bien.

Unas palabras misteriosas se deslizan desde el interior de mi inconsciente. Mi boca les otorga una forma a través de fonemas. Por algún motivo, el mensaje no llega a mis oídos. Mi psiquis lo ha ignorado. Mariano me mira algo confundido. «No entiendo. Vos seguís vivo ¿De qué hablás?». Me quedo atónito ante sus palabras. Le respondo algo nervioso «Perdoná ¿Qué fue lo que dije?». Él me mira algo desconcertado: «Que odias este mundo, que quisieras escupirle la cara a todos. Que no se puede vivir así, con miedo». Un escalofrío me sacude las tripas: «¿Yo dije eso? Ya no sé lo que digo». De pronto la soledad me invade, por un segundo lo entiendo todo. Estoy ahí porque lo quiero, porque es mi amigo. Es uno de los pocos amigos que tengo, y lo acabé de perder. Quiero abrazarlo porque la tristeza me agobia. Quiero salvarlo. La impotencia de verlo desamparado y de no poder hacer nada me carcome por dentro. Siento odio hacia la masa informe de anónimos que lo condenaron. Una voz en mi interior me susurra que algo no está bien con este mundo. Otra voz -una más pesada y monocorde- intenta ahogar a la primera. Esta segunda me dice que salga de ahí, que no vale la pena arriesgarme, que tengo más de cinco mil amigos y que éste no significa nada entre tantos. Me intenta convencer con su vípera actitud de que estoy frente a un monstruo. La primera voz me ruega que ignore a la segunda. Lo hace con un tono angelical. Nunca la había escuchado antes aunque me resulta bastante familiar. A la segunda, en cambio, la conozco demasiado bien. Ella canta al unísono de la sádica masa amorfaesa que se nutre de los comentarios que leo todos los días en la pantalla de mi celular. Me habla con palabras bañadas de odio. Por eso la voz placentera es una brisa de aire fresco: llena mi cabeza con frases de amor. Ella quiere que luche, me ruega que me quede, me pide que abrace a mi amigo, me pide que le crea. ¿Y por qué no hacerlo? Si lo conozco de toda la vida. Pero ahora dudo de sus palabras por culpa de la voz ronca. De esa voz detestable. Ahora sé que la abomino pero me he vuelto adicto a ella por haberla escuchado todos los días desde que tengo memoria. «Me tengo que ir» le digo a Mariano con un tono nervioso. La angustia dificulta que la saliva se deslice a través de mi garganta. Me levanto con premura y me dirijo a la salida más cercana. Él se queda ahí, hundido en el abandono. Quiero decirle que le creo, que lo quiero, que nada de lo que dicen es verdad… pero no puedo. Dudo de mi propia intuición, de mis propios recuerdos. Lo miro por última vez antes de irme, unas lágrimas se desprenden de mis destartalados ojos.

Al otro día leo la noticia. Mariano tomó el camino esperable. Su cuerpo sin vida fue hallado en un basural. La melancolía raspa mi garganta. La voz angelical llena mi cabeza de culpa. La voz ronca comienza a superponerse a medida que veo los noticieros desde la gélida pantalla. A medida que la deslizo con mis dedos, la desazón desaparece. Me siento aliviado. El monstruo ha muerto. Se ha hecho justicia. Algo habrá hecho, sino ¿por qué suicidarse? Eso dicen los comentarios que se encuentran bajo los videos. Los analistas coinciden. Caso cerrado. Ahora estoy feliz. Envío una cadena a todos mis contactos con un mensaje vespertino. Preparo cuidadosamente la presentación de mi desayuno. Le tomo una foto y la publico en los muros. Luego, tiro la comida a la basura. Quiero perder peso, son demasiadas calorías, con el suplemento será suficiente. Antes de cruzar la puerta del departamento un eco de la voz angelical, ahora casi olvidada, retumba desde el fondo de un abismo jamás recorrido. «Este mundo está podrido. Le puede tocar a cualquiera. Cuando te pase a vos, ¿tomarás el mismo camino?». Repite esa frase una y otra vez pero su volumen desciende poco a poco. Se extingue gradualmente, volviendo a las profundidades de dónde provino. La voy olvidando mientras la voz ronca me agasaja con una cálida noticia: «tu historia fue compartida trescientas veintiún veces». Es un nuevo record. Estoy feliz.

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