Luego de haber entrevistado a Diego Paszkowski, autor del libro Tesis sobre un homicidio, debía conocer a los responsables de la adaptación cinematográfica. Pasar del lenguaje escrito al audiovisual es un trabajo arduo que requiere pensar de otra forma. Se trata de narrar una historia a partir de imágenes, de trasmitir con escenas, música y diálogos la esencia de algo que alguna vez fue dicho con palabras. Todo un desafío como lo puede atestiguar Luciano Saracino, otro guionista que he entrevistado. Se debe comprender que el proceso es equivalente a la traducción de un idioma a otro: se trata de construir una analogía, de romper las cáscaras para construir a partir del núcleo.

Por eso me reuní con Patricio Vega, quien escribió el guion de la película que luego dirigiría Hernán Goldfrid. Quise indagar en la vida y la carrera de este premiado guionista de cine y televisión, entre cuyos éxitos se destacan las series Los simuladores y Hermanos y detectives, así como las películas Música en espera, Mi primera boda y, por supuesto, “Tesis sobre un homicidio”. Como antiguo fan de la serie “Los simuladores”, creada por el nominado al Oscar Damián Szifrón, decidí comenzar por allí nuestra charla.

¿Cómo llegaste a “Los simuladores”?

Cuando entré a la serie, el piloto ya estaba grabado. Damián Szifrón era amigo de los cuatro actores porque ya había hecho varios cortometrajes con ellos. Como él estaba estudiando en la Universidad del cine, tenía amigos que podían ayudarlo con las cámaras, la iluminación, etc… Por eso le fue relativamente sencillo convocar a un equipo para hacer un piloto. En esa época se filmaban muchos pilotos a partir de ideas. El hacer un primer episodio de prueba para conseguir financiamiento se había vuelto muy popular a partir de que Adrián Suar había hecho Poliladron. Cuando esa serie se convirtió en un producto exitoso todo el mundo dijo: “si él pudo, podemos todos”. Y así proliferaron un montón de ideas. En ese contexto, Damián armó aquel primer episodio para presentarlo en distintos canales. Realmente era muy bueno, a todo el mundo le gustó. De hecho, fue el primer episodio que salió al aire. Cuando les dieron la aprobación él me convocó porque necesitaba un equipo de escritores para desarrollar la serie.

¿De dónde salieron las ideas para los episodios?

A nosotros nos gustaba el cine de los ochenta, fue con el que nos criamos: el de terror, el de aventuras, etc… Un poco como la película “Stand by me”, con niños en medio de un lío. También estaba el cine policial y las Buddy movies. En los 70’s y 80’s hubo una suerte de retorno al género que revitalizó el cine americano. Había una particular combinación entre el cine de género y la búsqueda más personal, más autoral.  Luego esa explosión se fue desvaneciendo y quedaron algunas esquirlas y mucho superhéroe. No fue algo planificado, parecía que esa nueva forma de plantear la narración había surgido de un día para otro. Precisamente, fue la que tomamos con Damián porque, claramente, toda esa revolución de los géneros nos había influido mucho. En ese sentido, fue algo natural. Si te fijás, en la segunda temporada de “Los simuladores” hubo una conciencia mayor de la utilización de los géneros. Cada uno de los capítulos debía pertenecer a un género específico; ya sea terror, ciencia ficción, policial, etc… En cada episodio predominaba alguno de manera más concreta. Eso comenzó con el capítulo del banco (una suerte de versión argentina de “Tarde de Perros”) y con el capítulo de los espías protagonizado por el Puma Goity. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta que naturalmente teníamos un relato armado pensado dentro de los géneros y eso nos divertía mucho ya que nos permitía desarrollar mejor la trama y el recorrido de los personajes. Damián incluyó un homenaje a “El Padrino” con una escena calcada del comienzo del film de Coppola. Después, en “Hermanos y detectives”, homenajeamos una escena de “Los intocables” que a su vez remitía a “El acorazado Potemkin”. Es inevitable, somos muy cinéfilos. Damián es fanático de todo del cine de aventuras: Spielberg, Zemeckis, Joe Dante. De alguna manera fue el cine con el que nos criamos. Fijate que Damián hizo Tiempo de valientes que es una clásica Buddy Movie.

¿En qué momento empezó tu pasión por la escritura y el cine?

Ojalá tuviera una historia inspiradora, una suerte de mito fundacional en el que hable sobre mi pasión por la escritura, pero no. Hasta los diecisiete años no tenía idea de lo que quería hacer con mi vida. Empecé a leer tarde, y arranqué por Cortázar y Borges, que me volaron la cabeza. Cada uno en su momento. Luego seguí con Bioy Casares, Roberto Arlt, José Bianco. Como mi hermano mayor leía un poco más que yo, me iba pasando a Kafka, Henry james y a otros autores. Sin embargo, mi iniciación en la lectura fue tardía. Al terminar la secundaria no sabía lo que quería hacer y comencé a estudiar en una escuela de cine. También empecé a estudiar música (saxofón). Ambas cosas me capturaron mucho. También me la pasaba leyendo y viendo películas, lo que me dio una formación de autodidacta. Varios años después me llamaron para dar clase en la ORT y ahí me contacté de vuelta con un mundo que tenía que ver con hacer cosas, con producir, y me empezaron a dar ganas de armar proyectos. Mediante un colega de la ORT, Esteban Student, lo conocí Damián que era egresado de ahí. En esa época él hacía cortometrajes y ya todo el mundo se daba cuenta de que era un pequeño genio y de que iba a explotar en cualquier momento. Eso lo podías ver en sus cortos. Solíamos ir al cine, hablar de películas y comentar los proyectos en los que estábamos. Fue en ese momento cuando “Los simuladores” fue aprobada como proyecto televisivo y fue ahí cuando Damián me preguntó si quería participar. La verdad, yo no tenía mucha experiencia escribiendo series. Había escrito un par de cosas pero nada demasiado interesante. Fue haciendo la serie la manera en la que me empecé a formar. De hecho, para ser honesto, ninguno sabía bien la estructura de cómo escribir una serie de televisión. Ni siquiera Damián que tenía un poco más experiencia que todos nosotros. Lo que él tenía era la capacidad y el instinto, y sobre todo, la habilidad para filmar. Ahora bien, escribir una serie es otra cosa. Una vez leí un documental sobre la serie Seinfeld donde decían que a Larry David le había pasado lo mismo. Habían escrito solamente cuatro episodios para cuando les aprobaron la serie. Luego les pidieron doce más y no tenían ni idea sobre qué escribir. Esa fue nuestra situación. El equipo se armó para pensar ideas y sobre todo, para poder llegar a escribir los trece capítulos que nos pedían. Había que quemarse la cabeza para que se te ocurrieran las ideas para cada capítulo. Después con “Hermanos y detectives”, que fue una idea que le llevé a Damián, resultó muy distinto porque ya habíamos aprendido. Él se copó mucho con la idea a tal punto que terminó co-escribiéndola conmigo y dirigiéndola. 

“Hermanos y detectives” fue una serie al estilo de las Buddy movies.

Sí, obvio. Es muy consciente del género policial. También cada capítulo indaga en algún subgénero específico: algunos más a lo Hitchcock, otros más a lo Agatha Christie. Esa serie sí fue pensada desde el género de casos policiales. Los dos personajes me encantaban y realmente disfruté ver cómo iban consolidando su relación a medida que avanzaba la serie.

¿Cómo fue el paso de la novela de “Tesis sobre un homicidio” al guion cinematográfico?

Cuando leí la novela hubo algo que me llamó la atención del personaje principal. Esa obsesión que tiene por capturar al otro personaje. Ahí vi algo que me interesaba. A mí, en general, me interesan los personajes que están obsesionados con algo a tal punto que eso les consume la vida. La novela presentaba los dos puntos de vista: el del personaje principal y el del psicópata. A mí no me interesaba profundizar en eso ni tampoco desarrollar el concepto de justicia que es lo que la novela hace muy bien. Me quedé con la premisa inicial de un personaje obsesionado y trabajé sobre eso para construir el guion. En ese sentido, me fui para otro lado, a donde más me interesaba. Mi referente cuando le hablé a Hernán Goldfrid del proyecto era la película de The Pledge, con Jack Nicholson. Esa película, precisamente, trata sobre alguien que se obsesiona con probar un crimen. Esa es una idea que me gusta mucho y que la suelo incorporar a mis guiones. En otro tono, “Música en espera”, que también la dirigió Hernán, trata sobre un músico obsesionado por encontrar la melodía adecuada. Es alguien que tiene que hacer la música de una película pero que está bloqueado artísticamente y entonces escucha en una maquina contestadora de un banco una música que le parece genial, pero de repente, se corta la llamada. Y durante la película se la pasa tratando de rastrear obsesivamente esa música. Es el mismo planteo: la obsesión. En un caso es planteado en forma de comedia romántica y en el otro como thriller psicológico. Por eso cuando escribía “Tesis sobre un homicidio” esa era la idea en la que quería centrarme, independientemente de lo que la novela planteara. La pregunta era: ¿a dónde quiero ir yo? El personaje ya no era el de la novela sino que se trataba de algo nuevo. Eso es lo que suele ocurrir en una adaptación, surgen nuevas ideas y enfoques a partir de una nueva lectura del material fuente. Muy distinto es la trasposición de una novela, como lo fue Harry Potter. En ese caso la premisa fue muy clara: hacer lo que dice el libro porque es lo que la gente espera y porque es lo que funciona. En cambio, cuando adapté la novela fue totalmente distinto. Nos apropiamos de cierta esencia, de ciertas premisas y del personaje para luego transformarlos en una película que llevara una impronta personal.

Es trasmitir tu esencia y crear algo nuevo.

Exacto. Uno agarra lo que le llega del material fuente y lo desarrolla de acuerdo a su propia visión y de acuerdo a las herramientas que tenga el género. En este sentido, la historia que se cuenta en la novela es muy distinta a la que se cuenta en la película: no terminan igual, no  se plantean los mismos temas, no tienen la misma moral, no tienen la misma búsqueda. En resumen, son dos cosas muy diferentes. La novela es una tesis sobre la justicia. La película, en cambio, trata sobre la posibilidad o no de conocer la verdad. Es sobre un tipo que está convencido de que algo es de una manera e intenta desesperadamente probárselo a todo el mundo y no puede. Es alguien que lucha para que el mundo sea como él cree que es. Es sobre un tipo tan soberbio que cree que puede descifrar el mundo y cuando aparece alguien que lo desafía, se vuelve loco. En realidad, eso es algo que nos pasa a todos. Nosotros creemos que el mundo es de una determinada forma pero eso no significa que sea así. Y si en algún momento alguien pone en duda la manera que tenemos de ver el mundo, probablemente entremos en crisis. De eso se trata: uno quiere que los demás vean las cosas como las ve uno. Recuerdo la escena de la película “They live” de Carpenter en donde el protagonista le quiere dar los anteojos al amigo para que vea el mundo como realmente es pero su amigo no quiere ponérselos porque eso significaría que su visión del mundo se desmoronaría.

¿Sentís que esa obsesión está presente en vos?

No siempre, aparece cada cuánto. En el caso de “Mi primera boda”, un tipo pierde un anillo y hace mil quilombos para tratar de encontrarlo. Hay algo de ese esquema que a mí me gusta. Eso sí, en tono melodramático es una cosa y en tono de comedia o policial es otra. Los temas que te persiguen o te gustan se meten en la esencia de lo que creas.

¿De dónde viene esa idea de obsesionarse con algo?

De ningún lado. Nunca es tan directo. Si lo supiera se desarmaría y no tendría la magia. Mientras no lo sepa puedo seguir escribiendo sobre eso. Igualmente, me ha ocurrido de poner mucha energía  en algo. No sé cuál sea el extremo. Recuerdo que solía estudiar ocho horas por día cuando tocaba el saxo. Tenía todo compartimentado: de tal hora a tal hora hacia tal ejercicio, luego tal cosa. Parecía un asesino serial. Pero creo que les pasa a todos. Si Scorsese no hubiera filmado Taxi Driver tal vez hubiera salido a matar gente (risas). Tenemos una necesidad de exorcizar nuestros demonios. Cada uno pone eso en un aspecto de su vida, ya sea en una actividad, en un hobbie o en el trabajo.

En El lobista no aparece esa obsesión

La obsesión es algo que puedo trabajar cuando hay un solo punto de vista: hay alguien obsesionado con algo. Cuando todo se diluye en varios puntos de vista es más difícil. Esa es una serie que trabaja y necesita varias perspectivas.

¿Qué otras ideas incorporás a lo que escribís?

Puedo observar que en la mayoría de lo que he escrito aparece la relación discípulo- maestro, padre- hijo. Y eso sí está en “El lobista”, con el personaje del pastor religioso. A mí me gusta la idea de un personaje odioso, con más defectos que virtudes. Sobre todo para un drama. A esta serie la siento muy propia porque tuve la libertad para escribir lo que quería.

¿Hay algo de eso en tu vida, esa relación discípulo maestro?

Puede ser, mi padre falleció cuando tenía once años y a partir de allí supongo que hubo como una búsqueda de una figura paterna por una cuestión de necesidad emocional. En la adolescencia uno necesita esa figura, ya sea para dialogar, discutir o confrontar. Puede haber algo de eso. El punto es que el maestro te puede llevar a buen puerto o te puede destruir. Igualmente, el de la serie es un personaje siniestro. Es un arma de doble filo. Me gusta esa parte oscura del alma humana.  

“El lobista”, a diferencia de las otras producciones que escribiste, tiene algo distinto. La define un poco esa estructura coral.

“Los simuladores” y “Hermanos y detectives” son series autoconclusivas. Son casos. Ahí es más fácil trabajar el género en forma más pura. En una serie de continuidad narrativa y múltiples puntos de vista, como lo es “El lobista”, no es tan fácil meter un sólo género; salvo que hagas una serie de investigación como lo es “True Detective”. De lo contrario, la alternativa es mezclar géneros. Fijate que en “El lobista” hay una línea policial, encarnada por el personaje del fiscal; después tenés la “crook story” (el crimen contado desde el punto de vista del criminal) que es el personaje del pastor evangelista, la línea romántica y por último, tenés un personaje que está en el mundo de la política, las negociaciones, la corrupción, más de intriga. Es una mezcla de cosas. Cada género te sirve como estructura, como despliegue narrativo.

¿Cuáles fueron tus influencias cinematográficas?

El cine americano de los setenta es el que más me ha influenciado y el que sigo reviendo: Scorsese, Coppola, De palma, Friedkin, Bogdanovich. Esos me encantan. Después el cine clásico de Hollywood: Hitchcock, Billy Wilder, Mankiewicz, Ford, Hawks, etc. En comedia me gusta mucho Mel Brooks, sobre todo El joven Frankenstein, es buenísimo. Me apasionan las ideas que tiene para la comedia, no tanto como director sino más bien como guionista. Por otro lado hay directores que tienen una identidad creativa muy definida: Almodóvar, por ejemplo. No me vuelve loco pero reconozco que tiene un tono y una estética muy particular.

¿Series de TV favoritas?

Amo el Súper agente 86. Tenía todos los capítulos de chico. Lo grababa en VHS. Con tres amigos del secundario éramos fanáticos. Es más, seguimos repitiendo frases de la serie entre nosotros. Otra que me gustaba mucho era Petrocelli, que quizás me haya inspirado cuando escribí “Hermanos y detectives”. Trataba sobre un abogado que llevaba casos muy difíciles.

¿Cómo está la industria del cine en argentina ahora?

No muy bien. Es muy difícil hacer cine. Hoy en día parece mucho más accesible hacer televisión que hacer cine. El cine no sólo se financia con las entradas sino con un canon que pagan los multimedios por la licencia. El problema es que además de una política de desfinanciamiento, se busca dejar de pagar ese canon, lo cual sería desastroso. Cuesta mucho producir una película, sobre todo hallar el financiamiento para el rodaje y la postproducción. Y todo para que después venga un distribuidor y te la estrene en dos cines solamente. No hay plata para el lanzamiento. Al final todo se reduce a esas películas que tienen ese combo ya armado y que normalmente son las películas apoyadas por un multimedio. Esas películas funcionan, en general, porque son negocio: tiene difusión. Algunas están bien, otras más o menos. Ahora bien, las que no tienen eso (el noventa por ciento de las que se producen), no llegan muy lejos y eso lo hace difícil. Por eso el cine tiene que estar apoyado por el Estado. La cultura es lo que nos da identidad, lo que nos permite trascender. Si vos ves la cultura en términos de rentabilidad estás equivocado, nunca va a dar ganancias. No es eso lo que se busca. La rentabilidad está en la soja.

¿Las nuevas tecnologías nos facilitarán las cosas?

Quizás. Hay gente que filma con iPhone. El otro día lo escuchaba a Scorsese recomendándoles a estudiantes de cine que salgan a filmar con el celular, que no esperen a que venga un productor y los financie. “Yo si tuviera que empezar hoy lo haría con el celular, así de simple. Si lo tengo que hacer lo hago”, decía Scorsese. Hay algo de la pasión por el hacer. Uno se achancha si se queda esperando que venga alguien y te financie. Pero sí, para realizar una producción grande se te puede hacer muy difícil. Podés estar cuatro años hasta que la puedas hacer y después se estrena y no la ve nadie y encima te fundiste.

¿Qué proyectos tenés para el futuro?

Para largometrajes tengo dos guiones escritos, uno de ellos estuvo a punto de filmarse. Ese me gusta mucho pero prefiero no contar de qué se trata por cábala. Tengo unas ideas para una serie que las estoy presentando ahora a ver si salen. También hay un par de películas que me gustaría dirigir para las que estoy buscando productor. Normalmente trato de elegir proyectos que me gusten, donde pueda aportar y donde tenga opinión y pueda hacer un seguimiento. Ya eso de escribir y buscar la posibilidad de encontrar financiamiento no me atrae tanto. Hoy en día la televisión te permite cierta libertad autoral que el cine no te permite tanto. Mi pasión se centra en el hacer. Necesito tener un proyecto.

¿Existe un prejuicio contra los géneros?

Hay una subestimación del género porque se asume que no es autoral, que se trata de una fórmula, que es de entretenimiento y de fácil digestión para el espectador. Además se considera que es algo ya visto y repetido. Pero se puede innovar dentro del género, hay producciones muy buenas así como las hay malas. Lo mismo pasa con las producciones autorales, que por cierto acá en Argentina en una época consistían solamente en gente viajando en auto o en personas mirando el mar. Por ser autoral no significa que sea buena. Hay películas autorales malísimas. El no seguir una estructura y una narrativa tradicional no garantiza que vaya a ser buena.

¿Qué es lo que más aprecias de una película?

Eso va cambiando a lo largo de la vida. Cada película te propone cosas distintas. Por ejemplo, mirá Memento. Me deslumbra el ingenio que Nolan tuvo para que todo encajara donde tiene que encajar. Lo bien que está armado el rompecabezas, como lo complejo se vuelve sencillo y viceversa. Esa película te propone algo intelectual, no le puedo pedir otra cosa. Si lo hago, no entendí la propuesta. Ahora bien, veo una película de Scorsese y lo que me llama la atención es la visceralidad. Cada escena te contagia de una energía increíble. Sus películas tienen una vitalidad sublime, sobre todo las que hacía con De Niro. En suma, tenés que ir viendo lo que te ofrece cada película y cada director. Ver qué te ofrece y si lo hace bien. Cada película te da cosas distintas. Un buen director pone la cámara donde tiene que estar. Puso el encuadre ahí porque es el correcto. Hay directores que dudan con eso y se nota.

¿Algún otro género además del policial que te gustaría trabajar?

Me gusta mucho el terror. A Hernán también. Alguna vez intentamos algo. Tenemos algunas ideas. Es un género difícil porque ha sido muy transitado y tiene miles de subgéneros. Además ha sido bastardeado, parodiado e imitado. Es una deuda pendiente. Me encanto la película Goodnight Mummy.

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