Historia de Estados Unidos y los presidentes en la cáscara de una nuez, 1904 (Fuente).

Dice un dicho popular que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños. ¿Ocurre eso también con los libros? El concepto de libro en miniatura, desde luego, no es fácil de delimitar, sobre todo porque varía en función de la época y del país. Ahora bien, la mayoría de coleccionistas están de acuerdo en considerar libros en miniatura aquellos que miden menos de unos diez centímetros de altura, de anchura o de grosor. Teniendo en cuenta estas dimensiones, este tipo de libros son casi tan antiguos como la propia escritura, desde las antiguas tabillas cuneiformes hasta los exquisitos Libros de Horas medievales.

Los Salmos de David de Ambrosius Lobwasser, Basilea, 1659 (Fuente).

Este tipo de libros se creaba y adquiría principalmente por dos motivos: por lo práctico que resultaba almacenarlos, manejarlos o viajar con ellos ‒como Napoleón, que se acompañaba de una buena cantidad de ellos en sus conquistas por toda Europa‒ y por el placer de coleccionar objetos minúsculos llenos de belleza. Los libros en miniatura permitían a los hombres de fe, por ejemplo, llevar consigo a todas partes su colección de salmos y libros devocionales, los estudiantes podían almacenar en poco espacio una pequeña biblioteca, los que querían extender ideas no permitidas podía ocultarlos fácilmente en su capa o en un doble fondo, los comerciantes podían aceder rápidamente en su cinturón a una pequeña pero completa guía sobre la equivalencia de los precios de los granos, las escalas, las medidas, así como su conversión y el valor de las monedas extranjeras mientras cerraban un trato.

Es más, ese es precisamente el propósito con el que nacieron algunos de los primeros libros en miniatura. Creados durante el Imperio babilónico, todavía sobreviven tabletas cuneiformes de la antigua Mesopotamia de muy reducidas proporciones, que contienen un antiguo sistema de escritura y que se refieren a cuestiones comerciales y administrativas. Una de ellas es una tablilla de arcilla que data del séptimo año del reinado de Bur-Sin, alrededor del año 2.325 a.C., que proviene de la región de Ur, hoy Irak, y que mide solo 4cm X 3,8cm. Contiene información extremadamente útil sobre cebada y salvado para ovejas. Otra es una tablilla de arcilla babilónica de Senkereh, también Irak, fechada en el 2200 a.C. Y que mide 4,7cm X 3,1cm, también utilizada para el comercio de animales y provisiones.

Otro hermoso objeto en miniatura es la primera impresión del mundo en papel. Se trata de un pergamino muy pequeño obtenido de bloques de madera que data del 770 a.C. y que es conocido como la oración D’harani. Este documento fue elaborado por la emperatriz japonesa Shotoku con el objetivo de difundir el budismo. La emperatriz ordenó imprimir un millón de copias de estos rollos de oración encajonados y luego pidió que se distribuyeran por todo el país, un proyecto que requirió más de seis años de trabajo continuo.

Edición más pequeña de las obras completas de Shakespeare, David Bryce and Son, New York, Frederick A. Stokes Co.,1904 (Fuente).

Eso nos lleva al segundo motivo que convertía este tipo de libros en una preciada joya de coleccionismo: su preciosismo formal. De hecho, antes de Gutenberg, no era completamente extraño que se elaboraran manuscritos en miniatura y se completaran con iluminaciones. Sin embargo, no fue hasta que se desarrolló de forma adecuada la tecnología de impresión cuando se puso a prueba hasta dónde se podía reducir el tamaño de un libro. En el siglo XVI encontramos ya unos 200 ejemplares, incluyendo 46 biblias y dos ediciones, dos de Ovidio y cuatro de Dante, y posteriormente la producción de este tipo de libros permite reflejar cómo han ido avanzando los procesos de impresión y las máquinas asociadas a ellos. Había libros en miniatura impresos en caracteres góticos e incunables, o en los tipos griegos más antiguos, hebreos, etc.

Edición de facsímil en miniatura de la Biblia de Gutenberg, Leipzig: Minaturbukverlag, 2017 (Fuente).

A medida que mejoraban las técnicas de impresión y encuadernación, los creadores de libros demostraban cada vez más sus habilidades creando libros aún más pequeños con encuadernaciones cada vez más complejas y hermosas. Un ejemplo singular es la Divina Comedia de Dante de 1878, conocida como Dantino. Se dice que para completar su edición muchos artesanos resultaron heridos: las operaciones necesarias de preparación y corte de los tipos llegaron a causar lesiones graves en la vista tanto del compositor como del corrector. Se tardó un mes en imprimir treinta páginas y se necesitaron nuevos tipos para cada nueva forma. Alrededor de la década de los 70 del siglo XIX, dos hermanos de Padua, Italia, junto con un pequeño equipo de profesionales como fundidores, compositores y correctores, desarrollaron una minúscula tipografía sin precedentes, a la que llamaron carattere a occhio di mosca («tipo ojo de mosca») , y que se utilizó por primera vez para la obra maestra del micro Dante. Las medidas del libro son 3,1cm X 44,4mm, y solo se puede leer con una lupa

El gran auge de los libros en miniatura se produce entre los siglos XVIII y XIX. William Pickering fue el primero en producir miniaturas a gran escala en 1819. Su serie Diamond Classics presentaba un conjunto heterogéneo de obras muy conocidas, diseñadas de manera uniforme para que cupieran en el bolsillo. Los editores rivales no tardaron en imitarlo, produciéndose más miniaturas que nunca. Algunos de los impresores y editores más prolíficos en este período fueron Elizabeth Newbery en el Reino Unido, J.B. Fournier en Francia y en Estados Unidos Mein y Fleming ‒en Boston‒, Isaiah Thomas ‒en Worcester, Massachusetts‒ y Mahlon Day y Samuel Wood ‒en Nueva York‒. A mediados del siglo XIX los libros en miniatura se hacen más asequibles y llegan a ser tan populares que asistimos a una especie de edad de oro, en gran medida gracias a la demanda del mercado de libros por entregas y almanaques en miniatura. La invención de la litografía, la revolución industrial y la mejora de los servicios ferroviarios y postales desempeñaron a su vez un papel decisivo en el aumento de su producción y distribución.

Versión en miniatura de la Constitución de Estados Unidos (Fuente).

Otro mercado que fue un filón para este tipo de publicaciones fue el de las series de libros para niños, más cómodos de manejar al tener las manos más pequeñas. A finales del siglo XVIII, la producción editorial para niños estaba fuertemente guiada por las teorías de Jean Jacques Rousseau, que argumentaba que el objetivo principal de la educación era desarrollar al hombre natural y que promovía el estudio de las ciencias naturales. Eso explica que en el último cuarto de siglo se registre una proliferación de libros en miniatura dedicados a la biología, la astronomía, la geografía, la etnología o la economía política. A comienzos del siglo XIX hay una fuerte disminución de este publicaciones. Siguiendo la nueva teoría didáctica de Friedrich Fröbel, un pedagogo alemán que afirmaba que la educación de los niños también debía tener en cuenta la imaginación, se produjeron como libros infantiles en miniatura cuentos de hadas y fábulas. Ejemplos de esta tendencia educativa son Historias bonitas para niños bonitos, de Benjamin Olds, o The Christmas Dream of Little Charles.

En los primeros años del siglo XX el interés por los libros en miniatura continuó, combinando nuevos temas con otros no tan nuevos pero revisados, como la Biblia, la Biblia para niños o el Corán. Pero si hay dos temáticas donde se afianza el formato minúsculo es en los libros de viajes y en los diccionarios. Schmidt y Gunther de Leipzig publicó miles de pequeños diccionarios en todos los idiomas europeos dentro de su serie Lilliput. Y también lanzó la Lilliput Bibliothek, que proponía una lectura completa de clásicos alemanes como Heine, Lessing, Goethe o Schiller, entre otros.

Declaración de los Derechos Universales (Fuente).

En las últimas décadas del siglo XX se han continuado editando toda clase de libros en miniatura, desde pop-up para niños hasta miniaturas de encuadernación económicas con Sherlock Holmes, El Arte de la Guerra o antologías de Mark Twain, por nombrar algunas. Pero al mismo tiempo hemos asistido a un renacimiento de la antigua creación artesanal de libros en miniatura. Ya desde la década de 1870 los libros en miniatura se entremezclan con los libros de artistas, creando un minúsculo híbrido en el que confluyen poesía y diseño. Un ejemplo moderno del arte de hacer libros a mano lo ofrecen dos de los más importantes artistas de libros contemporáneos en miniatura: Peter y Donna Thomas. Desde la década de 1970, la pareja ha elaborado libros en miniatura siguiendo las técnicas tipográficas de la Edad Media tardía, desde la preparación del papel a mano hasta las ilustraciones y las encuadernaciones, produciendo exquisitos libros de artista. Muy pocas son, por otra parte, las imprentas dispuestas a aceptar el desafío de asumir todo el proceso de creación de estos libros.

Una de esas editoriales esa la escocesa The Gleniffer Press. Entre sus hermosos libros se encuentra una edición de Three Blind Mice, que el Libro Guinness de los Records acredita como el volumen tipográfico más pequeño que existe. Sin embargo, cuando parecía imposible empequeñecer más un volumen, se ha conseguido pasar de milímetros a micras. En 1952, un editor de Múnich produjo un libro de cinco por cinco milímetros que contiene la Oración del Señor en holandés, inglés, francés, alemán, español y sueco. Pero el testimonio más pequeño de un libro impreso corroborado por el Libro Guinness de los Records es Teeny Ted de Turnip Town de Robert Chaplin. Este libro se escribió sobre tablas de cristal de 11×15 micras usando un láser de iones, lo que significa que solamente se puede leer con un microscopio electrónico. Y, con 0.07mm X 0.09 mm, todavía más pequeño es Levsha de Vladimir Aniskin. El libro fue expuesto en el corte de un grano de amapola.

¿Qué es lo que hace que el mundo de la miniatura sea tan atractivo? Tal vez sea la sensación de que puedes tener todas las obras de Shakespeare en una mano. O quizá se trate menos de una cuestión de contenido y más de la habilidad que se utilizó para crearlos. Su tamaño hace que el lector deba tener mucho cuidado al manejarlos, como si cuanto más pequeños se hicieran más hubiera que prestarles atención y apreciarlos.

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