Bruno Martín @TurbanMinor, 2 de marzo de 2019. “Os quiero contar una historia que ayuda a entender cosas que pasan hoy. En las calles de Viena, en 1919, un joven gritaba con sus compañeros en una manifestación comunista. La policía abrió fuego y mató a ocho manifestantes. El chaval, acojonado, huyó a su casa.

Durante los días próximos reflexionó mucho. Se sentía engañado porque la revolución de los trabajadores que debía haberlos liberado a todos no había llegado como se prometió. Y sus amigos habían muerto intentando cumplir esta profecía del marxismo.

Estaba enfadado porque sentía que el marxismo se disfrazaba de ciencia cuando era un conjunto de opiniones, y porque él había aceptado sus principios dogmáticos sin escepticismo. Acabó por concluir que era una “pseudociencia”.

El problema de la demarcación

Avanzamos a España, 2019. Los Ministerios de Sanidad y Ciencia están elaborando una lista de pseudoterapias. Y no les está resultando fácil: ¿dónde dibujar la raya? Parece que el problema de separar las sandeces del conocimiento científico es un reto nuevo…

En realidad, es una preocupación histórica de la filosofía que se llama el problema de la demarcación. Y os voy a hablar de uno de los esfuerzos de demarcación más conocidos: el de ese chaval, Karl Popper.

Popper fue un filósofo de la ciencia, y ese episodio de su juventud le llevó a desarrollar una respuesta algo romántica pero todavía muy influyente a la hora de definir la ciencia: el falsacionismo.

Falsacionismo frente a positivismo

En su época decían que las teorías científicas se verifican con observaciones que confirman su validez. Eso se llama positivismo, y Popper lo rechazó de frente. Aunque es intuitivo, él decía que con esa mentalidad se puede ‘demostrar’ casi cualquier cosa “científicamente”.

En concreto, le jodía mucho que el psicoanálisis de Sigmund Freud parecía explicar cualquier cacao mental, y a veces de forma contradictoria a las explicaciones (igual de ‘validadas’) de la psicología individual desarrollada por Alfred Adler.

“No se me ocurría ningún comportamiento humano que no se pueda interpretar bajo las dos teorías. Me di cuenta de que esta aparente ventaja de las teorías era en realidad su debilidad”, escribe Popper en ‘Conjeturas y Refutaciones’ (1963).

Él argumentó que, aunque se registren muchas observaciones que parezcan confirmar una hipótesis (verificaciones), eso no excluye la posibilidad de que una observación futura desbarate la teoría. Para él, la certeza es inalcanzable.

Sin embargo, si una teoría hace una predicción “testable”, es decir, que se puede poner a prueba, entonces es vulnerable a la posibilidad de la refutación. Solo así alcanza estatus científico, dijo (si se puede falsar). Eso es el falsacionismo.

Einstein bajo el microscopio

A Popper le impresionaron las predicciones que hizo Albert Einstein en su teoría de la Relatividad General, publicada en 1915. Según la teoría, un objeto masivo como nuestro Sol crea una distorsión en el espacio-tiempo que dobla la trayectoria de la luz de un astro lejano.

lente gravitacional

En 1919, un eclipse solar puso a prueba la relatividad. Aprobó con sobresaliente, pero eso era lo de menos para Popper. Lo importante era la “actitud científica” de jugarse el pellejo: diseñar experimentos que, en caso de contradecir las predicciones, desmontan la teoría.

Uno (de los muchos) problemas con el falsacionismo como respuesta a la demarcación es que es un ejercicio semántico para distinguir la ciencia de la no-ciencia, pero no para reconocer el conocimiento válido del que no lo es (de lo que es mentira, vamos).

La creación de conocimiento es sencilla

El filósofo Imre Lakatos lo criticó diciendo que bajo el falsacionismo, “una teoría puede ser científica aunque no haya un ápice de evidencia a su favor, y pseudocientífica aunque todas las pruebas la respalden”.

Por ejemplo, el terraplanismo es falsable (otra cosa es que el terraplanista te acepte las pruebas), mientras que la teoría de cuerdas no lo es. ¿Dejamos de financiar la investigación en física teórica? Esto son dilemas que, legítimamente, se plantea la gente.

Popper respondió a esta y otras pegas con matices razonables a su regla. Por ejemplo, reconoció que las “mejores” teorías científicas superan más pruebas y así acumulan validación. También dijo que se podían revisar las suposiciones que sustentan una teoría falsada.

Pero, como veis, la creación del conocimiento es demasiado compleja para tener una regla sencilla. Hoy en día se utilizan otros criterios más analógicos, digamos, para distinguir la ciencia de la pseudociencia. Cuentan mucho el método y la estadística.

Os aseguro que los científicos no se pueden permitir diseñar sus experimentos con la falsación en mente porque una hipótesis refutada no hay revista científica que la publique. Pero ahí quedó el poso de Popper, quizá como un ideal al que aspirar.”

Gracias a Bruno Martín (@TurbanMinor) por su estupendo hilo, que recogemos aquí a modo de artículo para que llegue a más gente. Si os suena el nombre es normal, es la cara visible de ‘Darwin, te necesito’ (abajo). Lo recomiendo tanto como a ‘Kurzgesagt – In a Nutshell’ y ‘Mind Field’.

 

Imágenes | NASA, Michael Schiffer

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