Luego de la entrevista que le hice al escritor Tomas Downey, comencé a buscar a otros autores pertenecientes a la llamada “Nueva narrativa argentina”. Es así que me topé con Mariano Quirós y leí su novela “Una casa junto al Tragadero”. Realmente quedé anonadado con las descripciones y con la precisión del lenguaje con la que este joven autor expresa los deseos de un personaje que anhela refugiarse en la soledad. Quizás por mi naturaleza melancólica, la historia del Mudo  —el protagonista del libro—, hizo eco en mi torturada alma. Por momentos mi mente no pudo evitar evocar a Horacio Quiroga; aun así —como tomaría conocimiento luego de la entrevista—, la inspiración que lo llevó a Quirós a crear esta obra angustiosamente perfecta provino de otras voces. Supongo que es natural relacionar esta narración con Quiroga debido al carácter selvático del lugar en el que se desarrolla la historia.

Luego de juntarme con él, hace aproximadamente un mes y medio, decidí tomarme mi tiempo para indagar en su obra. Al hacerlo se me abrió un nuevo mundo literario. Es increíble que habiendo autores tan talentosos en nuestro país, muchos lectores lean solamente las obras de escritores extranjeros. Existe una vasta literatura argentina que aún no ha sido descubierta y que espera en las heladas cavernas del tiempo para ser conocida. Las almas inquietas buscan palabras que acaricien o rasguen su espíritu dejándoles una marca para toda la vida.

Así llegué a “Campo del cielo”, un libro de cuentos cortos con claros rasgos del género fantástico y con referencias a una maravillosa mitología autóctona. Si bien el mismo autor aclara que no se considera un autor de género, es entendible por qué razón muchos lectores han catalogado su obra como perteneciente a lo fantástico o al terror. Existe algo claramente perturbador en sus historias que no proviene de la narrativa sino más bien de la prosa. Efectivamente fue el mismo autor quien destacó su interés primordial por una utilización precisa, poética y elocuente del lenguaje.

Nacido en 1979 en Resistencia, provincia del Chaco, su literatura mezcla lo autóctono con lo sobrenatural de una forma atrapante. Su consagración tuvo lugar al ganar el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes con su libro de cuentos “La luz mala dentro de mí”. En el año 2017 obtuvo el XIII Premio Tusquets Editores de Novela posicionándose como uno de los escritores más prolíficos de su generación.

¿Cómo empezaste?

De chico quería ser escritor. Leía mucho y me preguntaba constantemente: “¿cómo hacen los escritores para poder escribir? ¿Cómo se les ocurren las ideas que desarrollan?”. Hacerme esas preguntas me motivaba a seguir leyendo. Realmente leer es algo que disfruto mucho y siento que la escritura es como una extensión de ese acto. De alguna forma, escribir le da un propósito a la lectura ya que puedo decir: “estoy leyendo para poder escribir”. La lectura a veces corre el riesgo de parecer una actividad pasiva ante los ojos del otro y eso te afecta. Esos pensamientos te sabotean diciéndote que la lectura es una actividad improductiva. A través de la escritura podés apagarlos y darle un sentido al acto de leer. Igualmente eso ya no me pasa. Esos pensamientos han quedado atrás. Los tenía al principio, cuando era chico. Y de hecho, fue uno de los motivos por los que comencé a escribir; tenía miedo de que me vieran leyendo y dijeran que no estaba haciendo nada. Ahora de grande, por suerte, puedo leer sin culpa. Ahora comprendo que leer es un acto liberador, es escuchar otras voces, incluso es dialogar. Es meterte en mundos distintos al que habitás, es un acto elegante que te libera más que cualquier otra cosa en el mundo. Y la escritura termina siendo una continuación de ese ejercicio de introspección.

¿Dirías que sos libre ahora?

No creo que del todo porque aún tengo mis estupideces en mi cabeza, y además tengo celular (risas). Me entero de las cosas importantes y de las boludeces que pasan en el mundo todo al mismo tiempo. Tengo la misma carga de boludez que tiene cualquiera, no puedo escapar de eso. Eso sí, cuando leo literatura me siento liberado de la banalidad.  

¿La literatura es un refugio?

En parte. Hace tres años ya que vivo en Buenos Aires. Una de las cosas que más me impresionó de la vida urbana fue el trasporte público: el subte, el colectivo, la cara de la gente enojada por el simple hecho de irse a trabajar. Tener un libro a mano es liberador ya que te permite escapar de la rutina y del enojo diario. No es un escape completo porque se trata de una falsa evasión. En realidad, para mí, es todo lo contrario: leer significa conectarme más con el mundo ya que, precisamente, me dedico a la literatura. Por lo tanto, más que una evasión sería un ensimismamiento, pero uno mentiroso porque me libera y me permite tener otras perspectivas de lo que ocurre a mi alrededor. Le busco nuevas vueltas de tuerca tanto a la lectura como a la escritura.

¿Quiénes fueron tus primeros maestros?

Como todo niño, tenía esa cuestión de la repetición: si me gustaba una vez lo volvía a leer. Me encantaba un autor chaqueño de literatura infantil, Gustavo Roldán que para nosotros los chaqueños es casi un prócer.  Me encantaba sobre todo un libro de él que se llamaba “El Monte era una fiesta”. Más que la historia, lo que me atrapaba de ese libro era la ingenuidad mentirosa que tiene la buena literatura infantil, como lo son “El principito” y “Alicia en el país de las maravillas”. Recuerdo que tenía unos personajes maravillosos; nada más y nada menos que los personajes del monte. Desde un cuatí y un mono hasta un tigre. Las historias eran realmente disparatadas. A ese librito lo habré leído millones de veces. En mi casa, debido a que mis padres eran militantes políticos, había mucha lectura política y supongo que algo de eso absorbí. Quizás fue por ese motivo que de adolecente me acerqué a Galeano y a Benedetti.  También leía a Julio Verne y todas las historias de aventura que podía encontrar. A los veinte me pegó muy fuerte “el boom” Bolaño. Quizás por su estilo de meter la aventura en sus relatos, de darle a la épica otra vuelta de tuerca. Para mí fue una especie de romanticismo renovado que se alejaba del cinismo en el que nos estábamos encerrando como generación. Rodrigo Fresán fue otro autor que me voló la cabeza. Si bien uno va creciendo y migrando en gustos literarios, aún lo leo. Es difícil encontrar libros que te cambien la vida, pero existen y los de él son para mí un claro ejemplo de ello. Realmente fue un antes y un después leerlo. Hace poco lo conocí y le dije: “vos me cagaste la adolescencia”. Y él me respondió con un reflejo veloz: “tus padres te cagaron la adolescencia”. Quizás sea así aunque sigo creyendo que él realzó ese sentimiento (risas). Lo hizo más brillante.

¿Cómo fue conocer a tu ídolo de la adolescencia?

Fue horrible (risas). Yo soy muy fanático de muchos escritores y ahora que comencé a publicar tuve la oportunidad de conocer a muchos. Me he hecho amigos de muchos de ellos pero siguen siendo mis ídolos y es raro porque es como tener una charla con el poster que tendría la pared de mi cuarto. Elvio Gandolfo y Gregory Corso son gente maravillosa. Esther Cross me encanta y además de excelente escritora es una increíble traductora. A través de ella conocí a autores norteamericanos que sin su “gestión” nunca hubiese leído. Conocerlos son cosas que me han movilizado a la vez que me han asustado porque realmente han sido muy determinantes a lo largo de mi vida.

¿Quisiste escribir género alguna vez?

Sólo una vez quise escribir una novela de género un policial, y la verdad es que me costó una barbaridad por el hecho de que existen ciertas reglas que tenés que respetar para hacerlo. Si tengo que hacer un autocritica diría que el libro está siempre al borde de la parodia y eso no me parece justo ni con el género ni conmigo mismo. Prefiero hacer algo digno y honesto.

¿Usaste el género como punto de partida?

Cuando escribí esa novela policial sí lo hice. Luego se fue acomodando. Igualmente, lo que a mí me interesa más que el género en sí es el lenguaje. Lo que me gusta es abordar la historia desde lo literario, no desde la estructura. Lo que prefiero es tomar el género y abordarlo desde la literatura. Por ejemplo, cuando leo un cuento de terror de Luciano Lamberti, no me da miedo; lo que siento es una admiración enorme por su prosa, por cómo trabaja el lenguaje. Después, que haya sido categorizado dentro del género del terror o del misterio para mí es secundario. En este momento lo que me interesa es el lenguaje independientemente de que la historia sea inverosímil o de que se trabaje dentro de algún género especifico. Lo que me interesa es contar una historia que se acople a ese lenguaje. Esa es para mí la esencia de la literatura: un hermoso trabajo del lenguaje con una buena manera de contar una historia. La historia puede no tener nada de nuevo, ya se ha escrito mucho sobre muchos temas, pero todo cambia si la narración está atravesada por literatura, por el lenguaje. A un tema que no es para nada original lo convierte en algo hermoso y lo hace brillar. Eso es lo que hace la literatura.

¿Cómo es que un escritor puede desarrollar ese brillo con el lenguaje?

Lo elemental es la lectura. Es medio engorroso recomendar lecturas muy en el vacío porque no sabés cómo le puede afectar a cada persona. No es lo mismo para mí la lectura de Borges a los quince años, que a los veinticinco años, que ahora. Para recomendar algo tenés que saber qué quiere el otro y hacia dónde quiere ir. A mi gustan muchísimos autores y de lo más variopintos. Para mí hay que leer todo lo bueno.   

Alguna vez dijiste que el escritor sobrevive, ¿cómo sobrevivís?

Soy comunicador social y docente. En apariencia no tiene nada que ver con la literatura ya que forma parte de lo que sería la vida práctica. Son dos los mundos en los que me muevo: el de la vida practica y el ambiguo, el de la literatura. Preferiría tener los dos pies en la literatura pero creo que es interesante también tener un pie afuera y que la vida económica no dependa exclusivamente de ella.

¿Qué es lo que te aporta la parte práctica de tu vida?

Cuestiones elementales como tener que lidiar con personas que tienen un problema concreto e intentar solucionarlos. Tener compañeros de trabajo que tienen intereses absolutamente distintos a los relacionados con la literatura pudiéndome llevar bien con ellos.

¿Qué es la literatura para vos?

Es la parte más real de la vida. Es la parte que determina quiénes somos. Todo lo que nos sucede la literatura ya lo predijo. Pienso que uno escribe y luego vive lo que escribió. Hemingway decía que es al revés: hay que vivir para escribir. Yo creo que lo primero es más acertado y más realista. El poder de la literatura está en el hecho de poder escribir sobre algo sin conocerlo para poder conocerlo. Eso me parece más interesante sobre todo como desafío. Leo mucha ficción, a eso se reduce mi mundo. Y a mi mujer, a mi hijo y a mi trabajo. Entonces mi conocimiento se reduce a lo literario, por eso me perturban los problemas domésticos, porque me frustran, porque me obligan a embadurnarme de cosas que no tenía previsto. Me sacan de mí aunque después lo termino aprovechando gracias al carácter anecdótico que puedan tener. Pero mi mundo es muy reducido. Es la intensidad que tiene la literatura la que me hace querer sumergirme en ella. A veces leo cosas que me hacen parecer que estoy saltando en paracaídas. Siento que cuando leo eso mi vida es más intensa que la de un paracaidista, ya sea que esté leyendo en el subte o en mi cama.

¿El cine te ha inspirado?

Sí, y de hecho su influencia es más inconsciente que la de la literatura. Después de la literatura es la expresión artística que más me atrae y me interesa. No para practicarla pero sí para apreciarla. Sobre todo el cine norteamericano. No soy rebuscado para elegir cine. Pero sí, por lo menos parte de mi estructura narrativa la he tomado de Hollywood. Además mi viejo es muy cinéfilo. De chico también fui adquiriendo esa estructura narrativa típica de lo audiovisual. Lo adoro a Paul Thomas Anderson. Me encanta, no sólo cuando es excesivo sino también cuando es minimalista. Me encantó “Embriagado de amor”. Adam Sandler es un tipo que me encanta, que me divierte, que me provoca ternura. Y en esa película está maravilloso.

¿Con qué escritor vivo o muerto te gustaría tener una charla?

En mi vida tuve la suerte de haber conocido a algunos de mis ídolos. Miguel Ángel Molfino y Orlando van Bredam fueron algunos de ellos, fueron con los que crecí. Desde que me vine a vivir a Buenos Aires tengo menos posibilidad de verlos porque ellos viven en Resistencia y en Formosa. Tuve la suerte de conocerla a Mariana Enríquez. Es una persona maravillosa y un personaje. Tiene una erudición sobre el género increíble, sabe un montón sobre el terror y sobre lo gótico. A su vez,  sabe muchísimo de literatura general. Al ser periodista tiene un bagaje cultural importante. La conocí hace diez años porque Pablo Black y yo la habíamos invitado a Resistencia  para un ciclo de literatura y cine. La invitamos para que hablara de la novela y la película de “Las vírgenes suicidas”. Ahí fue cuando la conocí. La idea era que hiciera una presentación, y la verdad, terminó superando todas nuestras expectativas. Parecía una enciclopedia. Me quedé hablando con ella luego del evento y la verdad que fue increíble. Es una persona maravillosa.

¿Hay algún fantasma personal o algún demonio que se refleje en tus escritos?  

A veces me pregunto por qué hago hincapié en una sexualidad medio retorcida. Aparece en las novelas y los cuentos que escribo. Hay como una sexualidad brutal. Alguna vez me pregunté: “¿qué me pasará que sale esto?”. Igualmente yo no dramatizo tanto. Mi único demonio aparece cuando no estoy dando con un tono o cuando tengo una historia y no me sale narrarla. En realidad esa es mi pesadumbre. Y creo que también lo es la lucha por evitar que la vida cotidiana interfiera con la vida literaria. Cuando tenés demandas económicas tenés que sobrevivir y eso te lleva a abrumar al tiempo de la literatura con actividades burocráticas. Ese es el demonio que más me abruma. Los escritores en general tienen una historia de lidiar con lo económico, tienen la necesidad de hacer otra cosa para sobrevivir. En definitiva, se trata de buscar la forma en la que esa necesidad se acople de manera armónica a la vida literaria. Cuando te dedicás a la literatura existe una posibilidad muy remota de que lleves una vida económicamente holgada. Es más bien una vida a los saltos o austera por lo menos.

¿Por qué no te metiste en el periodismo?

Yo estudié periodismo y soy comunicador social pero lo que no tengo es el carácter o la urgencia del periodista. Esa demanda que exige el periodismo como actividad diaria no me entusiasma mucho. En cierta forma es mi frustración no poder ejercer como periodista. Por eso me fui para el lado de la comunicación social, trabajé como un comunicador institucional. Tampoco me entusiasma tanto como lo hace la literatura y la escritura. Supongo que me entusiasmaba más cuando lo estudiaba.

¿El escritor debe innovar o debe perfeccionar?

La experimentación no implica que sea bueno y la vanguardia te puede cansar tanto como un buen autor de best sellers. La vanguardia puede ser mala y reiterativa también. Aun así es bueno probar cosas nuevas. Se dice que todos los escritores son buenos porque le temen a la crítica, entonces por eso terminan haciendo todos lo mismo. Por eso hay que ser un mal escritor para poder innovar.

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