«Bla blabla blablabla, 2010, Blablablabla blablabla blablablabla blabla blabla bla blabla bla bla bla blablabla bla blabla blabla bla, blabla blablabla bla blabla, blabla bla blablabla, bla blablablabla blablablabla bla, blablabla Blabla Blablabla, “blablabla bla blablablabla blablabla bla bla blablabla blabla” bla blablablabla bla “[bla]blablablabla bla blablabla bla bla blablabla blabla bla blabla bla bla bla blablabla blabla bla blablabla” (Blablabla, 1971: 262).». Hasta aquí, un fragmento de un artículo que Roberto Equisoain publicó en 2016. Este escritor que se define a sí mismo como un no-escritor, patólico, patafísico y errorista, lleva desde el año 2004 usando la reescritura, la tergiversación, el plagio y el reciclaje como técnicas para crear sus artefactos de poesía visual, ese híbrido de literatura, arte y performance difícil de acotar, atractivo para unos y deleznable para otros, pero que no suele dejar indiferente a nadie.

Bla Blablabla, escrito por Bla Blabla, es una de sus muchas obras, o más bien habría que decir traducciones, porque lo que hace Equisoain en una serie de libros es traducir textos conocidos a un lenguaje blablablá, un invento creado mediante una simplicación extrema del libro original consistente en cambiar cada sílaba de cada palabra por un bla. De esta forma, advierte Equisoain, todos los elementos se igualan anulando la gramática y borrando el sentido original en una masa amorfa de texto, en la que únicamente sobreviven los números, los signos de puntuación y la distribución en párrafos, capítulos y versículos. Con este principio el autor ha traducido libros tan dispares como el Génesis, La Metamorfosis de Kafka, Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda o la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

A primera vista se podría pensar que el artista destruye los textos, y lo hace, pero al mismo tiempo es una reivindicación de la capacidad para comunicar de la ilegibilidad y del silencio. A pesar de que se ha destruido el lenguaje original mediante la traducción, no se ha perdido por completo la capacidad para comunicar del texto. Las traducciones de Equisoain son reescrituras de los libros originales que, más que cerrar sentidos, se les priva de su singularidad y plantean la dificultad de averiguar de qué libros y autores se tratan y, una vez hecho, dan un significado completamente distinto a las interpretaciones que se puedan derivar de ellos.

Una buena parte de la obra de Equisoain se basa en una lectura literal de los libros que interviene. Por ejemplo, en Caos manipula libros ya editados que contengan la palabra caos en su título, desencuadernando sus y volviendo a encuadernarlas con un orden aleatorio. En Al vacío envasa al vacío libros cuyos títulos contienen las palabras al vacío. En Hermetismo sella herméticamente todos los libros cuyos títulos contienen la palabra hermetismo. Rigurosamente prohibida es una colección de advertencias legales que restringen la reproducción del contenido de los libros según la ley de derechos de autor, por lo que el texto que prohíbe copiar es el texto copiado. En muchas ocasiones sus obras además propician la destrucción de libros. Textos herméticos es una serie de libros-objeto, más objetos que nunca porque no se pueden abrir, en los que cada ejemplar de Textos herméticos es sellada con cola transparente, de modo que quede como un bloque cerrado de hojas de papel y aunque conserve el aspecto de un libro convencional, no se puede abrir, hojear, ni consultar.

Es aquí donde la obra de Equisoain entra en la polémica, en proponer la destrucción de libros. El placer de borrar el texto consiste en una bolsa de plástico transparente que contiene un bote de típex, una pegatina y un guardapágina; el proyecto invita al lector a introducir en el paquete un libro que considere apto para ser borrado de alguna manera y que lo haga. Más lejos todavía llega con El Aleph engordado, en apoyo al escritor Pablo Katchadjian ‒procesado injustamente en Argentina tras engordar un cuento de Jorge Luis Borges‒, donde propone una receta en la que se cocina el conocido libro de Borges.

En ocasiones la reescritura modifica aspectos formales del texto. Su libro La lectura rápida se caracteriza por el análisis de las compensaciones que se deben realizar entre la medida de velocidad y la comprensión obtenida del texto, reconociendo que los diferentes tipos de lectura resultan en diferentes niveles de velocidad y tasas de comprensión, y que dichas tasas pueden ser mejoradas con la práctica somete a un texto elegido al azar a una operación que consiste en eliminar progresivamente la distancia entre los caracteres, lo que se traduce verbalmente en una lectura cada vez más rápida, que llega a convertirse en un balbuceo indistinguible. En su edición intervenida del libro de Sigmund Freud Sobre el sueño desenfoca de forma parcial el texto, lo que obliga al lector a interpretarlo como se interpretan los sueños. En Tratado Discurso contra el del Método Método edita dos textos juntos, superpuestos, Discurso del método de René Descartes y Tratado contra el método de Paul Feyerabend, generando un nuevo discurso, emborronado, confuso, pero lleno de luz.

O también puede ocurrir que los libros de Equisoain partan de ideas muy simples. En Apocalipsis no hace una variación del texto del Apocalipsis redactando cada oración en negativo, lo que da como resultado una lectura esperanzadora de lo que no va a suceder. O en su edición intervenida de la Constitución Española, donde añade signos de interrogación a cada frase, con intención más que evidente. Aunque la simplicación por excelencia la hace en Mejor que no. Aquí Equisoain parte de Bartleby, el escribiente para llevar su estrategia más allá del mundo de la ficción, a la práctica real de la no-escritura. Mejor que no es un libro no escrito, un no libro, pero al mismo tiempo es un libro con título, con una primera tirada de 100 ejemplares, con un precio y con una breve introducción. A pesar de que Mejor que no carece de índice, capítulos, texto, letras, comas, espacios, diseño, hojas, cubierta, sobrecubierta, solapas, cola o hilos, el autor ha conseguido vender una parte de la tirada de 100 ejemplares a un precio de tres euros cada ejemplar.

Conflictiva como una buena parte del arte moderno, no se puede negar que la obra de Equisoain da pie a reflexionar sobre el concepto del libro, de cómo se transmiten y cómo comunican. Lo que nos descubre su trabajo es que los libros son mucho más que eso que cogemos entre las manos, que son un conjunto de ideas e impresiones con capacidad para influir en el mundo real. No lleva a pensar que a pesar de que el libro material se pueda quemar, romper, destruir o tergiversar, las ideas que contienen perdurarán.

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