Que la realidad supera a la ficción es algo que ya tenemos asumido. Que la ficción mira a la realidad y se mide en ella, también. La puerta del cielo, novela corta de Ana Llurba (Córdoba, Argentina, 1980) y editada por Aristas Martínez nos presenta la historia de una secta misógina, chabacana y obsesionada por los hombrecillos verdes, cuyo líder espiritual utiliza un ajado ejemplar de la revista Muy Interesante sobre ovnis para trazar una absurda ideología basada en el apocalipsis, la exploración espacial y el abuso sexual. ¿Qué tiene esto que ver con la realidad? Más de lo que nos gustaría. Pero sigamos: un grupo de adolescentes conviven en la Nave, una suerte de búnker que las mantiene “a salvo” del apocalipsis y la barbarie que acontece en el exterior. Siempre con la promesa de llegar a la puerta del cielo, la salvación, el nirvana…como guste el lector.

La puerta del cielo obliga al público a hacer un pacto con la trama: lo que leemos tiene mucho de pieza teatral, de relato largo, o novela corta; mucho de absurdo y mucho de ciencia ficción sugerida. Pero todos estos elementos se comportan como atrezzo, entrando y saliendo de escena a medida que la narración de las protagonistas, las santas, las vírgenes, las condenadas, las abducidas, se desbroza con episodios cotidianos plagados de significado. No es sencillo lo que propone la autora: la novela se arriesga a terminar en el mismo momento en que está comenzando. En la distancia corta, sobre todo cuando el mercado parece obsesionado por los libros al peso, La puerta del cielo se desenvuelve entre el humor y el horror. Y aquí entra la realidad: gracias a Netflix nos hemos acostumbrado a conocer “desde dentro” el mundo sectario gracias a documentales como Wild Wild Country o Three wives one husband, por lo que la obra de Ana Llurba no resulta ajena al lector más cercano a la exploración de estas cuestiones: me atrevería a señalar un cruce entre un episodio de Cuarto Milenio y una novela de Rafael Pinedo. Y es que la prosa de Llurba le debe mucho al fallecido autor compatriota.

Si hablamos desde la estética, lo contrario a la espiritualidad que, se supone, las adolescentes protagonista deben abrazar (aunque con sus cuerpos y solo cuando mande el Líder), hablamos de una prosa que juega con la terminología bíblica. Las protagonistas, secuestras, abusadas sexualmente y manipuladas por un hombre que representa aquí una personificación del Patriarcado, así, en mayúsculas, hacen uso de su propia biblia para explicar un mundo que parece dado la vuelta, contrario a lo que el lector conoce, pero similar al mismo tiempo. Una deformación, pero narrada con bastante humor. Es imposible que no se nos despierte una sonrisa en la lectura de La puerta del cielo, como imposible es que nosotros mismos no nos horroricemos y, en cierta medida, avergoncemos por ella. Emplea una limpia sucesión de hechos aislados que, al juntarse, forman un rompecabezas que deja atónito por su cercanía con las peores historias de misoginia y manipulación, por lo que representa, por el mensaje feminista que carga a sus espaldas y la absurda trama que lo presenta.

Al completar su lectura me he preguntado, ¿es demasiado corto? ¿Cuándo tiene que acabar un libro? Ni el que lo escribe ni el que lo edita creo que tengan la respuesta. Lo cierto es que encontrarse ante una novela que apenas supera el centenar de páginas empieza a agradecerse: muchos autores confunden calidad con cantidad. Ana Llurba nos da la dosis adecuada para que disfrutemos del plato, pero no como para hartarnos. Quizás nos quedemos con hambre, aunque eso recomiendan los expertos. ¿Cuánto se puede sostener una trama que sucede en un solo espacio, con un número muy reducido de personajes y sin una meta clara? Si se es Stephen King o George R.R. Martin, quizás las 140 páginas de La puerta del cielo pudieran convertirse fácilmente en 500. Y el lector abandonaría su lectura sin remedio. La dosis justa, el soporte adecuado. Me resulta imposible hablar de una novela editada por esta editorial independiente de Badajoz sin atender a la forma, al libro como objeto: la excelente portada de Nuria Riaza, uniendo el icono religioso con la figura femenina, la sencillez de la edición, la elegancia de la letra y la paginación…

¿Y qué se hecha de menos? Ninguna obra es perfecta, y ya se sabe que el autor publicada para dejar de escribir. Al mismo tiempo que esta, leía otra novela de corte, e incluso temas, similares. Se trata de Historia de España contada a las niñas, de María Bastaró, ganadora del Puchi Award de 2018 y editada por Fulgencio Pimentel. Estas dos obras tienen mucho en común: desde la manera de abordar el feminismo a la reflexión sobre lo extraño, lo rural, las creencias y cómo ponerlas en tela de juicio…La segunda, sin embargo, profundiza de una manera visceral en los personajes, y creo que La puerta del cielo podría haber sido más visceral si no se tomara tan a broma a sí misma. Al final, le pasa como al programa con que la comparaba, Cuarto Milenio: se sabe tan absurda en sus temas, que pasa por ellos con una pátina de cinismo y sátira que, a veces, enturbia el conjunto.

Por todo esto, con sus enormes aciertos y sus contados fracasos, La puerta del cielo resulta fresca, llena de vida, de amor por la palabra escrita y de ideas que despiertan en el lector una extraña sonrisa. Una carcajada silenciosa que obliga a levantar la vista hacia los cielos y preguntarse. Quién tiene la respuesta, nadie lo sabe. Cuál era la pregunta, quizás tampoco.

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