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La lucha vehemente entre «lo apolíneo» y «lo dionisíaco» es, en El origen de la tragedia, el eje central sobre el que descansa la teoría estética de Nietzsche. Ambos espíritus (lo apolíneo y lo dionisíaco)  y su combate constante es el origen de toda obra de arte, tal y como “la dualidad de sexos engendra la vida”1. El triunfo de una o la otra fuerza determinará, en cada etapa de los Siglos Clásicos, la estética predominante en las producciones de arte.

Con el ejercicio del lenguaje y la filosofía podremos proyectar dichas concepciones estéticas a la obra poética de Jaime Gil de Biedma. Tal ejercicio es, en definitiva, el propósito de este ensayo. Se descubrirá cómo las fuerzas apolíneas y dionisíacas están del mismo modo presentes en la trayectoria poética del escritor barcelonés. Sobre los cimientos de la experiencia de una existencia angustiosa y dolorosa – sufrimiento similar al de la Antigüedad – se disputará el combate entre las dos fuerzas que dará lugar a la perfeccionada y nutrida obra del poeta. Del mismo modo, este ensayo legitimará la obra de Gil de Biedma como una construcción artística de gran profundidad estética. Para tal propósito, trataré de evidenciar cómo la evolución de su antología, tanto a nivel formal como narrativo se establece en conjunto a la evolución general de la vida del poeta. En concreto, con la evolución de la visión que sostiene sobre el mundo que lo rodea y el dolor que este hecho le produce. En otras palabras, cómo lo apolíneo reina sobre lo dionisíaco, o viceversa, en función de la necesidad y urgencia que su dolor exige expresar. Tras esta exposición de las tendencias cronológicas de su antología, surgirá la idea de que nos encontramos ante una «obra inacabada», pues su analogía con la evolución estética griega suscitará al lector el pensamiento de que Jaime Gil de Biedma quedó a las puertas – sin llegar a traspasarlas – de la perfección lírica y estética fruto del genio creador. Esta perfección es la que Nietzsche encuentra en la Tragedia Ática, de la cual hablaremos a continuación.

«Lo apolíneo» y «lo dionisíaco»

Friedrich Nietzsche postula en su ópera prima, El origen de la tragedia, una teoría estética que basa su cimiento en la dialéctica entre dos extremos: lo apolíneo y lo dionisíaco. Estos extremos, completamente opuestos, encuentran su deificación en los dioses griegos Apolo y Dionisio. El primero es considerado como hijo de Zeus y, como tal, desempeña un papel fundamental de la mitología griega. Apolo es el dios que encarna la verdad, la perfección, la armonía y la razón. Por este motivo es considerado como el dios de las artes plásticas, en las cuales predomina la medida y las formas tangibles. Por otra parte, el dios Dionisio es también hijo de Zeus. En la mitología griega se le considera como el dios del vino, de los festejos, del baile y de la música. Por antonomasia, se le atribuye ser el portador de la música y la lírica. Es evidente, pues, que representan para la filosofía clásica los extremos opuestos de la más básica dualidad ontológica y metafísica: la racionalidad y las pasiones. Por sus características, Nietzsche otorga a Apolo la condición de onírico mientras que a Dionisio le reserva la embriaguez.

De este modo, lo onírico proporciona al arte lo que se conoce como apariencia de la realidad. Al ser la realidad empírica, a su vez, una apariencia de la verdad absoluta, del Uno Primordial, la visión del ensueño – lo onírico – es la apariencia de la apariencia. Como resultado, lo onírico, a través de la fuerza apolínea, resulta una representación formal de lo expresado, donde predominan las fuerzas figurativas. Así, suele atribuirse a Apolo ser la deificación de la solemnidad, de la calma y el sosiego, aún cuando (como explicaré en el apartado siguiente) permanezca en una realidad agitada y tumultuosa. De esta manera, acontece el arte apolíneo como una representación ordenada, racional y formalizada de la cotidianeidad.

En el opuesto contrario, la embriaguez vinculada a Dionisio encuentra su carácter en la exaltación desmesurada de la verdadera Naturaleza Humana. De esta manera, une al sujeto con el Uno Primordial y, en ese momento, “el ser humano no es ya un artista, es una obra de arte”. Así, se define la embriaguez como la fuerza dionisíaca que profundiza en el individuo para sustraer el sustrato natural que lo conectará con el resto de seres humanos. Por lo tanto, comporta la supresión de la individualidad en aras de la conexión universal con la savia humana, savia que comparten todos los seres humanos sensibles. La embriaguez es, pues, una especie de grito sin medida, de alcance inconmensurable, cuyo único límite es la necesidad de expresar el horror de la existencia humana.

Tragedia ática y el genio creador

Como se ha especificado en la introducción, ambos extremos no concebirían ningún proceso estético a no ser que interactuasen entre sí. De esta manera, es la lucha constante entre ambas fuerzas opuestas la que engendra toda la obra de arte, específicamente el arte griego. Así, los opuestos acontecen como necesarios el uno para el otro y se constituyen en base a las carencias de su contrario. El fin de dicho combate será, como indica Nietzsche, llegar a un entendimiento entre ambos espíritus, el apolíneo y el dionisíaco, para engendrar una obra de arte donde reinen ambas fuerzas, es decir, en la que la necesidad de descubrir la realidad desagradable y oscura, esencia misma de la existencia (embriaguez dionisíaca), se satisfaga por medio del embellecimiento figurativo, propio del ensueño apolíneo. Esta consumación se dará en la tragedia ática, considerado por el filósofo como ejemplo de la perfección estética. En palabras de Nietzsche: “Dionisio habla el lenguaje de Apolo, pero al final, Apolo habla el lenguaje de Dionisio”2.

Sin embargo, ¿cuál es la posición que ocupa el artista en este sistema de fuerzas naturales contrapuestas? Efectivamente, Nietzsche parece afirmar que en el proceso artístico la figura del artista se reduce – solemne y místicamente – a la del imitador de las fuerzas apolíneas y dionisíacas. Esto es, que por medio de la figura del sujeto creador se liberan Apolo y Dionisio, quien perpetuarán su lucha de modo natural e independiente. Nietzsche encuentra una analogía entre el artista como una especie de médium “por el cual y a través del verdadero sujeto, el único realmente existente, triunfa y celebra su liberación por medio de la apariencia”.3

Tanto para comprender la estética nietzscheana como para el desarrollo de este trabajo es crucial resaltar esto último. En El origen de la tragedia será el artista el que se vea conducido y transportado por la fuerza apolínea y la dionisíaca, y no al revés. De esta manera, la obra de arte representa la necesidad de expresión de una fuerza – o par de fuerzas – superior al individuo, y solamente desde tal premisa se comprende la evolución del arte griego que concluirá con la tragedia ática.

Una estética conducida por el dolor

No obstante, ¿sobre qué descansa la legitimidad de la teoría estética de lo apolíneo y lo dionisíaco? Nietzsche parece hacer especial énfasis en esta cuestión y es que, de no desarrollarla, su teoría estética dejaría de guardar relación con la historia «verdadera» y, por lo tanto, dejaría de ser una investigación filológica del arte clásico, propósito inicial del escritor. De esta manera, como se ha concluido en el apartado anterior, esta teoría estética responde a la necesidad de expresión de una fuerza superior al individuo consciente, a saber, la de su esencia natural humana, fuerzas que existen “sin intermediación del artista humano”4.

¿Cuál es, sin embargo, la esencia misma de tal naturaleza? La respuesta que Nietzsche da a esta pregunta es, en efecto, el horror que supone la propia existencia y el dolor que este último conlleva. Tal y como asegura en su Ensayo de autocrítica:

Punto fundamental es la medida de la subjetividad del griego frente al dolor, su grado de sensibilidad, esta cuestión de saber si su deseo de belleza, siempre creciente, su deseo de fiestas, de jolgorios, de cultos nuevos, no estará hecho de tristeza, de miseria, de melancolía y de dolor.5

Por lo tanto, se hace evidente que aquello que la cultura de la Antigüedad necesitaba expresar era el dolor de una existencia perturbadora y terrible, en donde el individuo se siente completamente ajeno a la realidad, realidad que aparenta basarse en la contradicción y a cuyas preguntas parece nunca responder con satisfacción.

Es en este punto donde encontramos, de la misma manera, el punto de partida de nuestra proyección de la estética nietzscheana hacia la obra poética de Jaime Gil de Biedma, artista también conducido y conmocionado por un sufrimiento semejante al de los griegos de los Siglos Clásicos. El espíritu apolíneo y el dionisíaco se harán presentes en su antología poética y conducirán, como en el arte griego, su trayectoria artística.

Jaime Gil de Biedma: poesía, estética y dolor

Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1939 – ídem, 1990) fue el poeta más influyente de los que componían en la literatura española la Generación del 50, en la segunda mitad del Siglo XX. Esta generación es la que sucede a la del 27, con su poesía social y de posguerra. Con autores como Ángel González, Carlos Barral o Claudio Rodríguez, conocidos como hijos de la guerra (Guerra Civil española) fundamentan su creación poética en lo que se conoce como «poesía de la experiencia», dotada de un gran realismo que sucederá al simbolismo de la Generación del 27. La escritura en esta etapa está fuertemente influenciada por un mundo moderno – o posmoderno – agitado por varias guerras mundiales, des-colonializaciones y campos de exterminio que pondrán en entredicho todos los principios sobre los que se sostenía la existencia. De esta manera, tanto en la literatura o filosofía española como en la europea, se encuentra una carencia de sentido existencial y de significado conceptual6. En concreto, Jaime Gil de Biedma sufrirá este vacío representado, en un primer momento, como un profundo pesimismo y, en las últimas etapas de su vida, como un auténtico odio exaltado y desmesurado hacia su propia persona.

La obra poética de Gil de Biedma estará fundamentada sobre el dolor que le causa sentirse ajeno e incomprendido, hecho que sumiría al poeta en una vida de desenfreno sexual y jovial, cuyas experiencias acontecerán como el núcleo de su obra. Su condición de homosexual en un contexto de represión franquista influirá notablemente sobre esta concepción. Finalmente, este hecho inducirá al poeta a una depresión debida al rechazo sistemático del paso del tiempo. Este será el último dolor que deberá soportar antes de su muerte prematura, pues falleció debido al sida en enero de 1990.

Lo apolíneo y lo dionisíaco en Jaime Gil de Biedma

La persona de Jaime Gil de Biedma engendra en sí mismo la lucha más feroz entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Diferentes fuentes cercanas al poeta, así como su biografía publicada, sitúan la vida de Gil de Biedma en lo que popularmente se define como una «doble vida». Los dos aspectos que conforman su cotidianeidad se representan como el espíritu apolíneo y el espíritu dionisíaco, ambos conviviendo en una lucha real dentro de la persona del poeta. De esta manera, a la luz del día, Jaime Gil de Biedma es un ejecutivo que trabaja en la Compañía de Tabacos de Filipinas. Sus compañeros de trabajo relatan7 que su identidad como funcionario rutinario se basaba en la rectitud, disciplina y la exigencia para con sus labores en la empresa. Este espíritu de razón y disciplina es la percepción del dios Apolo en la vida del poeta.

Por otro lado, en la misma entrevista se relata a modo de anécdota cómo a la luz de esta faceta era para ellos inalcanzable el imaginar la otra identidad que conformaba la vida de Jaime Gil de Biedma, esta es, la que se corresponde con Dionisio, el dios de la embriaguez. Así, a la hora inexacta del ocaso, cuando el telón de la rutina diurna cae, se cede el paso a la tenebrosidad y a las sombras, acervos del reino de la luna. De este modo, la ‘otra identidad o vida’ del poeta, es decir, la nocturna, descansaba sobre un amalgama de excesos tales como el alcoholismo, el libertinaje sexual y prácticas de amor no convencionales. Estas, siendo en un principio respuesta y evasión del sufrimiento que le causaba el simple hecho de existir se convirtieron, en la etapa madura del poeta y por intersección del reproche apolíneo, en el origen de su dolor. En resumen, es visible a la luz de esta exposición la presencia de lo apolíneo, en la vida rutinaria vespertina, y lo dionisíaco, en la exaltación, el desenfreno y el descontrol de los deseos más oscuros del poeta liberados a la luz de la luna.

Sin embargo, estas oposiciones que conforman la vida de Jaime Gil de Biedma son a su vez el eje central de su obra poética. En los apartados siguientes expondré la analogía entre la evolución del arte griego con la evolución poética de Gil de Biedma. Adoptaré, para ello, el sentido que Nietzsche otorga a tal evolución. Esta es que, con el cambio paulatino de la cultura griega, también su arte se transforma desde una presencia importante de Apolo en el arte dórico hacia una presencia mayor de Dionisio – es decir, un diálogo entre ambos dioses – personificada en la figura de Arquíloco. Del mismo modo, la obra poética de Jaime Gil de Biedma evoluciona desde los poemas prematuros, dotados de gran carga formal y simbolismo apolíneo, que reprimen la presencia dionisíaca, hacia una evolución paulatina donde la verdadera esencia natural de la realidad del poeta se deja entrever en su exaltación dionisíaca. No obstante, el poeta no perderá en ningún momento la fuerza apolínea en su obra, que dotará de gran belleza estética y figurativa la expresión de sus poemas. Más bien, será la necesidad de Dionisio de expresarse, en tanto que la necesidad de explicar y comprender la realidad, la que impulse a este dios a igualar la presencia de Apolo.

Como se verá en la conclusión, la exposición de la comparación dará lugar a que surja en el lector la idea de que la muerte prematura de Jaime Gil de Biedma negó la posibilidad del mismo a alcanzar la perfección trágica, esto es, la reconciliación total entre Apolo y Dionisio. No obstante, los hechos mostrarán que disponía de las condiciones necesarias y del transcurso natural de su obra para alcanzar dicho fin. Serán tanto el VIH como la presencia de su depresión las que despojarán de ilusión al poeta que, incluso ni el arte, dotará de sentido a su amarga existencia.

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1 (Nietzsche 2013) p. 47
2(Nietzsche 2013) p. 68
3(Nietzsche 2013) p. 71
4(Nietzsche 2013) p. 53
5(Nietzsche 2013) p. 37
6La concepción de dicha etapa histórica se evidencia en mayor medida en el ámbito de la filosofía. Obras como El mito de Sísifo, de Albert Camus o El ser y la nada, de Jean-Paul Sartre se articularán en torno a lo absurdo mismo de la existencia.
7(F. y. Biedma 2010)

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