Imagen vía Shutterstock.

En la consulta médica ojeo un artículo sobre los fraudes en los que se ven envueltas las publicaciones científicas que actualmente otorgan patente de credibilidad, particularmente notorios son los casos de las ciencias biométicas (Nature, Science, etc.). La responsabilidad no es solo de los autores y de la nociva ambición promovida por el mercado académico-comercial, porque, tal y como dijo alguien a propósito del escándalo del financiero Madoch «¿Dónde estaba la policía?».

El propio doctor me cuenta, ya en el despacho, cómo en un congreso al que acaba de asistir uno de los participantes se ha inventado directamente las cifras y los datos que ha aportado.

Salgo a la calle, y algunos minutos más tarde alguien que dice estar bien informado me asegura que los datos del paro están siendo manipulados, lo que nos lleva a una breve reflexión sobre la utilización que se hace de las estadísticas, técnicamente, la mejor forma de no decir la verdad, o toda la verdad.

Considerado como aquella doctrina que niega la existencia de la verdad, o que de haberla ésta sería inaccesible, el escepticismo fácilmente se enreda con el relativismo. No estoy hablando de este escepticismo, ni aún de una duda metódica, sino de la sana desconfianza que el propio conocimiento de la realidad perentoriamente aconseja.

Ante La Caverna la mejor respuesta no es buscar la salida (y cual superhéroe platónico regresar al rescate de aquellos que –en su ignorancia– ni siquiera quieren ser salvados). En cierto modo, no hay ningún mundo exterior a La Caverna, solo podemos iluminarnos desde dentro, y el primer paso es el escepticismo.

Vivimos tiempos de desconfianza, de incertidumbre, pero al mismo tiempo de pasmosa credulidad. Por una parte, vivimos en unas circunstancias socioculturales en las que le exceso de información se une a la falta de tiempo en una cultura del consumo rápido, la multitarea y la distracción. Cada vez más, aunque no exclusivamente, nuestra relación con la cultura y con la información viene determinada por el “empaquetamiento” que impone la naturaleza de las redes sociales: frases “interesantes”, eslóganes, listas (a modo de decálogos -aunque contengan más de 10 imperativos-, por ejemplo), lo que de tiempo a ver en el teléfono mientras vamos en el metro, fumamos un cigarro o ponemos un ojo en la televisión. Es una tendencia que, en general, no favorece la indagación y la reflexión críticas. Por otra parte, y este me parece un fenómeno menos coyuntural, la incertidumbre impulsa el deseo de creer, y genera individuos que, tratando de evitar la desconfianza y la incertidumbre, se convierten en presas fáciles para coaches, chamanes, líderes de crecimiento personal, gurús, «guías espirituales» u otros iluminados (si bien es cierto que en este saco no todo el mundo es igual, y podemos encontrar desde aquel que se cree realmente iluminado hasta el que premeditadamente ejerce una nueva forma de estafa, pasando por «profesionales» que, al menos, intentan ser honestos).

Frente a la desconfianza que naturalmente surge de este momento histórico de incertidumbre que vivimos, el Escepticismo Higiénico promueve una desconfianza activa, productiva.

El escepticismo es una actitud típicamente filosófica, más que el asombro (como se indica en el primer capitulo de numerosos libros de texto). El asombro puede llevar a casi cualquier cosa, pero el escepticismo saludable es el que lleva a dar un paso atrás, para tomar distancia y perspectiva, el que lleva a rascar en la superficie de las cosas: «vamos a ver qué hay debajo, si es que hay algo», «vamos a ver qué hay detrás», «vamos a ver qué hay entre líneas, qué dice la letra pequeña, vamos a contrastar, a profundizar, a averiguar…o quizás, por ahora, solo a esperar».

Comentarios

comentarios