Al levantarme no veo el agua infinita, ni me despierta el rumor de las olas, ni huelo a sal las veinticuatro horas del día. Quizá antes me importara y quisiera tener una habitación con una ventana que diera directamente al mar. Aunque no en un bloque de apartamentos para guiris en verano, ni que tuviese una piscina comunitaria en el patio. No querría ver a familias de vacaciones, tampoco a abuelitos paseando lentos por la arena, ni a parejas que sudasen sexo por los poros de la piel.

Mi sueño era tener una ventana suspendida en mitad del agua, como en un cuento de Borges. No querría tener más visitantes que los que se acercasen por mar, quizá en pequeños veleros, porque a mi ventana no podría llegar la tierra. Pero ya saben, quizá en otra vida todo sea posible. En esta, sin embargo, mi ventana no da al mar. Y no me importa.

Ahora vivo en una habitación con una humilde abertura en un lateral. Tras los cristales veo la ventana de enfrente que esconde la casa de la vecina. Y al asomarme, una repetición aritmética de todas y cada una de las ventanas que dan, no al mar, ni al bosque, ni siquiera a un parque, sino al patio interior del edificio. Cambié el océano por una pared crudamente blanca por la que reptan tuberías y cables como si fuesen de hiedra. Cambié el piar de las gaviotas por el ruido de los calentadores de agua y las cisternas. Y antepuse a la variopinta fauna marina, las vidas a grito pelado de mis vecinos.

Simplemente me gusta vivir al borde de un patio interior. Siempre he preferido la masificación de gente a la tranquilidad de Ibiza en invierno, que me pone de los nervios. Quiero pensar que no es por chafardería ni cotorreo, aunque durante el tiempo que paso en mi habitación es inevitable ser espectador de las vidas ajenas, como también mis vecinos lo serán de la mía. La privacidad es una muerte colateral de la guerra que las ciudades tienen consigo mismas. Sería absurdo pretender que en un enjambre unas abejas no escuchasen el zumbido de las otras, y en la colmena de mi edificio…

Y es que si de algo están forjados los patios interiores es de sonidos y de vidas proyectadas al vacío. El cemento, las tuberías, los cristales… solamente son el decorado que engloban el espectáculo sonoro, tan solemne y cotidiano, tan realista y vívido, y a cuya función tengo asiento de primera fila todos los días del año. De mi patio interior soy yo el privilegiado.

Pero además de sonidos, al teatro se le suman elementos mucho más sugerentes. Hay olores que me dejan saber, según huela a cocido madrileño o a pizza descongelada, si es la vieja del tercero o los estudiantes del quinto los que me invitan, amablemente y sin saberlo, a participar de sus comidas y cenas. Incluso el olor a hierba de los del segundo llega a mi ventana y entonces me convierto en parte oculta de su fiesta. Aprovecho el artículo, por cierto, para agradecerles el detalle.

Que los abuelos no siempre sonríen es algo que aprendí escuchando. También que los nietos no son siempre bendiciones y que los hijos, además de simples hijos, también pueden ser muy hijos de puta. Y cuando te cruzas con ellos por la escalera, lo que antes era sonrisa se tuerce en una mueca triste. Ellos no sabrán lo que yo sí sé de ellos –y que quizá no debería saber. También en este teatro hay actos desagradables en los que prefiero cerrar la ventana y esperar a que el viento les sople la ira.

Aunque si a algo se parecen los patios interiores es irremediablemente a un teatro de sombras. Son las siluetas que se proyectan en los cristales las que me roban la atención noche tras noche, y no puedo dejar de mirarlas. Qué habrá tras ellas, me pregunto cuando pienso que todo sería más fácil si fuésemos simples borrones de un dibujo mal pintado. No sé por qué nos seducen las siluetas y los contornos; pero es por darme la oportunidad de ser un espectador habitual por lo que prefiero, incluso por encima del mar, el patio interior al que mira mi ventana.

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