Con independencia de su idioma, dialecto o topónimos, en casi todas las regiones del mundo existe el sentimiento de agradecer una acción o favor. De tal manera que podría aceptarse que, universalmente, cada país tiene su propia cultura del agradecimiento, la cual en muchos casos se fundamenta en comportamientos, gestos, expresiones y diversas manifestaciones artísticas; tales patrones, forman una moralidad social, y como resulta obvio esa moralidad se va –transmitiendo y transformando– de generación en generación. Pues desde un punto de vista antropológico, las personas recurrimos a ser agradecidas no sólo por ser beneficiadas de algo, sino también como símbolo de autocomplaciencia, y eso, a decir verdad, refuerza nuestras relaciones interpersonales, bien cuando nos regalan algo, bien cuando nos hacen un favor, bien cuando nos dicen un halago o se nos reconoce una cualidad. En este caso, más que una emoción o sentimiento, que también, se trata de la variedad lingüística o el tono del hablante en cuestión lo que más cobra importancia. Se trata, por tanto, de la expresión «gracias».

Dicho término tiene su etimología del latín  gratia que a su vez adquiere su génesis en el Indoeuropeo «gwere» y cuyo significado es alabar en voz alta. Por otra parte, la expresión dar las gracias aparece inicialmente en las traducciones latinas de La Biblia, que, en un primer momento, versan con un enfoque altruista; o sea, agradecer a una divinidad las muestras que confieren los sacramentos apostólicos.  Cada época goza de sus momentos más crueles y más esplendorosos en lo que se refiere a comportamientos sociales; y con ello cambian visiones, actitudes, inclusive lo socialmente aceptado. Así que en buena parte del mundo «dar las gracias» se adopta como un convencionalismo moral, una moralidad  arraigada sobre todo en Occidente, de ser comedidos mediante una de las palabras  más antiguas que atestigua el lenguaje escrito, y, que, durante los siglos, se ha visto reflejada como síntoma de una formidable educación, apropiados modales que responden a unas pautas de conducta de gracilidad y finura. Hoy día la RAE tiene catorce acepciones referidas al mismo vocablo, siendo por añadidura, la más propia de nuestro día a día manifestar el agradecimiento por el beneficio recibido; esta concepción es común en todos los hablantes sin importar su estatus social porque no hay ningún grupo social que más muestre gratitud que otro.

Aunque tradicionalmente, tal expresión era más característica en la aristocracia, en los hidalgos y en la realeza, debido a que eran un estamento, respecto a otros, con disposición de lacayos, de veneración, un estamento que tenía buena estima cuando algo bueno hacían por ellos o sus atenciones, siempre habiendo excepciones, claro. También está claro que hay grandes diferencias entre  Occidente y Oriente. Por ejemplo, en la cultura asiática hay un hecho que merece especial mención: la forma de dar las gracias cuando alguien nos invita a comer en su casa. Es decir, está bien visto que el comensal eructe sobre la mesa aun habiendo otros comensales delante degustando los alimentos. Esto significa que la comida le ha sentado bien y le ha saciado, con lo cual transmite al anfitrión que ha cocinado bien y su empeño por las viandas ha tenido buen efecto. Este gesto, como puede ser eructar delante de otras personas mientras se comparte una comida o cena, está, a menudo, considerado como de mala educación en Europa al igual que en Occidente. De la misma manera también existe una diferencia entre dar las gracias y ser agradecidos. La primera, es una expresión instantánea, automática, plausible, y que, en muchos casos, va acompañada de una sonrisa. A su vez, se adopta como cordialidad y educación. Y se puede dar las gracias desde la más absoluta sinceridad, esto es, de forma incondicional, o por el contrario, como una forma escueta de quedar bien socialmente, esto es, de forma artificial. En cambio, ser agradecidos supone transmitir o demostrar un tácito sentimiento positivo, donde por lo general se manifiesta una reacción afectuosa cuando alguien hace algo por nosotros. Consiste en valorar los detalles que por nosotros hacen, donde a veces las palabras no terminan de expresar toda esa gratitud. Cobra importancia los hechos en sí. En cualquier caso, tanto dar las gracias como el hecho de ser agradecido supone el valor que cobran las relaciones personales; sobre todo, entre amigos y familiares.

Pero algo sucede en estos tiempos donde las relaciones personales se ven tan fraguadas, tan esquivas y superficiales. En parte, como es evidente, porque cada persona se mueve por unos intereses (económicos, sexuales, sentimentales, etc) y quizás por eso sea más trascendente la brecha generacional o, lo que es lo mismo, todo el conjunto de actitudes, valores y comportamientos que se pierden de una generación a otra. Por ese motivo, podemos encontrar cada día gente más desagradecida, más recelosa, más egocéntrica y con menos capacidad para valorar multitud de detalles, de privilegios que hasta hace unas décadas no estaban al alcance. Puede que quizás se deba a la arquitectura social, donde el entorno, como gran condicionante, nos moldee de manera tan ruda. Hay personas que no dan las gracias cuando se le cede el paso por la calle o en la parada del autobús o en el tranvía. Hay personas que no dan las gracias cuando el camarero les retira el plato de la mesa una vez ya terminado. Hay personas que no dan las gracias cuando con ellas se tiene un detalle o una intención benévola. Hay matrimonios donde los dos miembros no se dan las gracias por los repartos de la crianza de los vástagos, por las tareas del hogar, por los esfuerzos compartidos. Hay hombres que no agradecen a sus mujeres lo que éstas hacen por ellos al igual que hay mujeres que no son nada agradecidas con el marido. Tal vez, porque, el egoísmo colectivo nos haga perder de vista muchas cosas. Por eso nuestra sociedad no valora, o no de la manera más adecuada, las buenas intenciones. Ya no se valora ni agradece la cortesía. Ejemplos podríamos mencionar muchos. Y tampoco sabría decir si en tiempos pretéritos fuimos más agradecidos los unos con los otros.

Resulta que dar las gracias no es algo meramente cotidiano; en todo caso beneficia las relaciones sociales, refleja el buen trato y cordialidad entre los mortales. De modo que de los 7.000 idiomas que existe en el orbe, el arte de dar las gracias refleja el efecto de la civilización. Esto es, saber convivir entre todos y valorar los buenos detalles, las intenciones que unos tienes para con otros. Cosas así nos abren muchas puertas. Como me enseñaron de pequeño:

‒¿Qué se dice?

‒¡Gracias!

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