Jordán Peterson y Rita Segato no se conocen, no tienen nada en común. Hablan idiomas distintos, nacieron en lados opuestos del mundo y estudiaron disciplinas diametralmente opuestas.

Sin embargo comparten algo: se han vuelto referentes para millones de jóvenes. Jordan es seguido en su mayoría por hombres entre quince de treinta años. Rita por mujeres de un rango etario similar.

Peterson es un psicólogo clínico que toma una posición cercana al determinismo biológico. Sin llegar a extremos es evidente que le da a lo biológico un rol preponderante.

Segato es una antropóloga y le da a lo cultural un rol determinista relegando lo biológico. Si bien no llega a un relativismo cultural extremo, está cerca de serlo.

Ambos son académicos respetados y sus ideas y trabajos pueden aportarle mucho a un observador reflexivo.

Escuché y leí los trabajos de ambos: hay muchas cosas con la que disiento y otras con las que acuerdo.

Jordán aporta lo suyo en materia de defensa de la libertad de expresión ante lo políticamente correcto pero cae una crítica infantil al marxismo.

Rita, como toda buena antropóloga, hace que cuestionemos nuestros prejuicios al evidenciar que pertenecen a un determinado contexto cultural, pero a veces peca en reducir todos los males a un concepto teórico abstracto que depende de su propia subjetividad: el patriarcado. También hereda el rechazo a la sociedad occidental que constituyo la semilla que dio origen a la antropología.

Pero el motivo por el que ambos son famosos poco tiene que ver con sus trabajos académicos. Si vamos al caso escuchar a Edgar Morin me parece mucho más constructivo que escuchar a cualquiera de ambos.

Ellos llenaron un vacío que los jóvenes han venido arrastrando desde hace décadas: la ausencia de propósito y de una figura paternal y maternal. Este no es un tema nuevo. Sergio Sinay lo desarrolló muy bien en el libro La sociedad de los hijos huérfanos.

Durante los años ochenta y noventa una crisis muy fuerte afectó a los jóvenes. Los dejó desprovistos de significado y sentido de pertenencia. El consumismo los dejó vacíos. No por nada surgieron los movimientos punk en los ochenta y los movimientos feministas en los noventa.

Este segundo factor, la explosión del feminismo en los noventa, dejó a los hombres desprovistos de todo, no solo de significado sino de su propia masculinidad. Aquí entendemos el boom generacional de la película El club de la pelea que revindica la rebeldía, la lucha contra «el sistema» y el valor de la masculinidad. En la película los hombres tienen a sus hermanos y a su papá, Tyler, quién les enseña, los guía, y les da significado a sus vidas.

En la década del 2000 aparecen movimientos basados en los lemas de la película los cuales buscaban devolverle a los hombres la dignidad que perdieron.

En los últimos años el regreso del feminismo trajo consigo un discurso análogo al del club de la pelea pero ubicado en la antípodas. Esta vez el enemigo no es el sistema sino el patriarcado, lo masculino. Esta vez el discurso busca devolverle a las mujeres el propósito que perdieron, ya sea por la ausencia de una figura paterna y materna en sus vidas, por el consumismo o por la banalidad de las redes sociales.

Ahora las mujeres son hermanas y, análogamente a la hermandad masculina, esta sororidad les devuelve el propósito y les da un sentido de pertenencia. Como éste opera como discurso hegemónico los hombres se sienten menos porque vuelven a ser degradados por su condición de hombres.

Esto explica la popularidad de Peterson. En un escenario en donde los hombres no tienen trabajo (y por lo tanto no tienen dignidad), donde tienen un vacío existencial atroz por la falta de propósito y, para colmo, donde son huérfanos con padres (tienen padres que son más amigos que una figura de autoridad) irrumpe en YouTube una figura paterna: Peterson.

¿Qué dice papa Peterson? «Sé un hombre, deja de victimizarte, párate derecho, ordena tu casa y tu vida». Da discursos de dos horas que los millennials y centennials escuchan pese a que, supuestamente, no pueden prestar atención más de dos minutos. Quizás no prestaban atención antes porque nadie les decía algo que pudiera ayudarlos.

Mamá Rita les habla a las mujeres con un discurso de desobediencia análogo al de Tyler Durden. La idea es revelarse contra los mandatos, no ser conformistas, desafiar las convenciones que se nos imponen (en este caso los de la sociedad occidental y patriarcal). La causa le da significado a muchas mujeres y ella es la madre que nunca tuvieron. También sus charlas duran dos horas y todas escuchan.

He hablado con personas que han asistido a las charlas de papa Jordan y Mama Rita. Se parecen más a un concierto de Rock que a un debate académico (y Segato y Peterson asumen su rol de Rock stars). Aun así, entiendo a ambas audiencias: buscan el padre y la madre que nunca tuvieron, alguien que les trasmita valores, que les enseñe el camino de la vida.

La popularidad de ambos es el fenómeno que debemos estudiar más allá de sus discursos porque el hecho de que los jóvenes busquen figuras de autoridad que les den propósito a sus vidas habla de los solo y perdidos que están.

 

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