Me enamoré de Juego de Tronos a primera vista. Conoces los motivos: como tú fui seducido por los colores y detalles de su mundo. Quedé fascinado con los matices de sus personajes y con su complejidad moral. Quedé maravillado por su tratamiento del género fantástico. Abrió nuevas puertas a la escritura y a la manera de contar historias presentado posibilidades jamás antes vistas.

Pero las cosas comenzaron a desmoronarse en el momento en que no hubo más libros que adaptar y esto se hizo evidente a partir de la sexta temporada. Por el contrario, la música y los efectos especiales están impecables, y la edición jamás ha sido tan divertida.

Desde la finalización de la séptima temporada he leído más de veinte notas sobre la caída en la calidad de la escritura. Y los problemas enumerados fueron siempre los mismos: los grotescos agujeros argumentales, el ritmo ridículamente rápido y la incomodidad creada por el hecho de que los personajes se trasportaban de un lugar a otro del mapa en forma instantánea.

También se destacan los planes sinsentido y estereotipados que a los personajes se les ocurrían (o que lo escritores de la serie forzaban a que se les ocurriesen) para poder mostrar más escenas espectaculares con muchos dragones y zombis de hielo.

Pero estos problemas son apenas superficiales. Los dos problemas más graves son la falta de consistencia de los personajes y la ausencia de consecuencias.

Personajes como Varis y Meñique se han convertido en cascarones vacíos de su esencia original. Sus roles en la historia se han reducido brutalmente volviéndose esclavos de una trama que no controlan.

Es triste ver a personajes como Tyron, Sansa y otros verse forzado a actuar de maneras que contradicen quienes son solo para manufacturar conflictos temporarios.

Personajes como Jaime, Tormund y Jon Snow fueron puestos es situaciones imposibles y sin embargo se las arreglaron para escapar sin cambios o transformaciones en su esencia. Esta es una clara traición al espíritu de una historia en donde los errores siempre tuvieron un costo.

Juego de Tronos parece un sitio totalmente distinto a lo que era y eso no me produce enojo sino tristeza, una producida por el hecho de desenamorarme de una historia.

Ya nos hemos sentido así cuando se trata de series (con Dexter por ejemplo). El problema siempre es el mismo: la presión de crear una historia serializada con una agenda de trabajo prefijada. El tiempo de las series da la oportunidad de crear mundos y personaje creíbles de los que nos enamoramos. Pero esta misma condición hace difícil llegar a una conclusión satisfactoria (miremos el caso de Lost).

La lógica siempre se convierte en la primera víctima de este problema y la conveniencia se trasforma en el lugar común.

Tanto las primeras temporadas de la serie como los libros se destacan por la capacidad de crear empatía hacia los personajes. Nos hacen invertir emocionalmente en ellos. Y el hecho de ver a una serie irse al demonio lentamente me hace comprender cuan poderosa fuerza es la empatía.

Si nos involucramos profundamente con los protagonistas somos capaces de tolerar errores en la escritura de la serie tan solo para pasar un poco más de tiempo con los personaje que amamos. Juego de Tronos ha cometido errores de escritura y narrativa antes pero se sentían aislados del conjunto. Si la trama de Dorne era mala no había problema, había otras cincuenta que la compensaban.

Pero si todas las tramas se vuelven malas el barco hunde. Los problemas ya están esparcidos y corroen la empatía que teníamos hacia los personajes.

Es porque vimos a la serie como algo distinto que esperábamos que el final fuera trascendente, que nos diera lo que esperamos de todas las historias: significado.

Juego de Tronos prometió ser una historia significativa. Y durante las primera temporadas y los libros lo fue. Nos mostró una lado siniestro de la humanidad y de nosotros mismos. Hizo que nos cuestionáramos nuestras inclinaciones hacía el bien y nos hizo pensar que éstas podrían estar atadas a nuestro ego. Nos mostró nuestro lado más oscuro. Hasta nos hizo considerar que lo siniestro y lo sabio pueden ser dos caras de una misma moneda.

Pero todo esto quedó relegado y ahora han regresado los clichés y las convenciones cómodas del género fantástico: el bien triunfando sobre el mal, héroes invencibles haciendo proezas imposibles, y, como sucede a menudo en las telenovelas o series cómicas, cada personaje encontrando su media naranja.

Algo se perdió. Ahora todo se siente rutinario. Demasiado familiar para tener un significado.

Y esto hace que me dé cuenta que desenamorarse de una historia no implica odiarla sino volverse ambivalente hacia ella. Es la conciencia de que ya no te emocionas como antes, o no te sientes asustado o alegre como solías hacerlo. Y sentimos que la vemos por una especie de sentido de la obligación, atados a una empatía que solíamos tener, esperando que todavía haya un significado.

Quizás todo eso sea demasiado pedir a una historia.

Las historias, después de todo, son una alquimia extraña y son imposibles de mantener por tanto tiempo. Quizás sea demasiado exigirle significado tanto a la serie como a los libros. Recordemos que la serie es una “fan fiction” pero nunca se sintió tan así como en las últimas temporadas.

Entonces, ¿porque no apelamos a nuestra propia imaginación para encontrar el significado que buscamos, porque no creamos nuestras propias historias?
Tratamos a la televisión, al cine y a la literatura como medios pasivos pero no tienen que serlo.

Cuando jugamos vídeos juegos tenemos un rol activo en la creación de las narrativas. Esto puede lograrse con otros medios también.

La ficción era interactiva mucho antes de que tuviéramos la noción de que el autor tiene algún tipo de moraleja final o algo que decir.

Tomemos la Ilíada y la Odisea de Homero. Esas historias tienen cientos de autores porque ambas habían sido parte de una tradición oral que había comenzado miles de años antes de pasarse a papel. Cada uno de ellos revisó y actualizó la historia.

Así que si te sientes decepcionado por cualquier serie, sal de ese lugar escribiendo. Remplaza la decepción, la tristeza y el odio con reflexión. Parte de convertirte en un mejor escritor o una mejor persona tiene que ver con volverse un lector más contemplativo.

Porque cuando pienso en el rumbo que esas historias deberían haber tomado, todos mis desacuerdos desaparecen. Puedo volver a ellas como si retornara a la casa de mi infancia, como en un sueño, y reafirmar así que la alegría de amar una historia y la fuente más grande de significado no se encuentra en la experiencia de verlas sino en la experiencia de pensar en ellas.

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