Aquella mañana me desperté con el cuerpo extraño, quizás había sido un mal sueño, pero ansiaba llegar a mi café para pasar página y sentirme persona.  Harry me siguió al baño, y yo, más zombie que persona, no le hice mucho caso. Cuando me lavé la cara, me agaché y le rasque el lomo, a lo que respondió con un lametón distraído. Decidí tomarme el café con calma, repasando las noticias del día, el me miraba insistente, a mí y al comedero, pero decidí ignorarlo, después le daría de comer. No sabía aún cómo se iba a torcer la cosa.

Se escuchó un sonoro: –«¡Eh idiota! ¡¡Dame mi comida y deja esa bebida tonta ya!!»

Lógicamente escupí el café, me froté los ojos y mire a todos lados buscando la raíz de esas palabras.

–Sí, sí, puedo hablar, y ahora me escuchas, que novedad, Harry ya no solo hace «guau guau» –dijo con ironía –. Pero va, espabila dame mi comida.

–Harry –lo miré con extrañeza y cierto miedo –, ¿has sido tú? Dime… ¿Hablas? –Pregunté sintiéndome estúpido –¿O estoy alucinando?

–Claro que hablo idiota.

Le di comida, le pedí que no hablase más y me fui a trabajar, o mejor dicho, salí huyendo. Eso no solucionó mucho, no di pie con bola en toda la jornada pensando en lo que le había pasado esa mañana. Por supuesto quería contárselo a alguien, pero… ¿cómo cuentas que tu perro te habla sin que te tomen por loco? De momento esa opción estaba descartada. Y más allá de eso, resulta que mí, hasta ahora adorable perro, era lo más impertinente que había escuchado en los últimos tiempos. Cuando cerraba la puerta escuché un «¡vete, ya me limpiarás el culo esta noche!».

Los hechos se precipitaron, porque Harry salía a la calle pero no le hablaba a nadie y de verdad sentí que estaba loco, así que en un momento de preocupación máxima, llamé a Carla, era la persona más sensata, paciente y poco prejuiciosa que conocía. Aún así, decírselo por teléfono no fue buena idea. Y cuando ésta llego a mi casa, más extrañada que otra cosa, el cabrón de Harry siguió sin articular palabra. Ella no tardó en recomendarme un psicólogo y un retiro espiritual, culpó al estrés y a mi perfeccionismo de lo que estaba pasando, yo no la culpo por tomarme por loco, le daba la razón de hecho.

En los siguientes días Harry continuó hablándome, solo a mi, solo cuando estábamos a solas, no quiso darme explicaciones de porque de esa manera, porque no en público, pero si debió dar señas a todos sus vecinos de que yo ya había dado el paso a escucharlos (forzadamente), dado que todos comenzaron a hablarme, en el ascensor la chihuahua del vecino se esforzaba por explicarme porque se escapaba (estaba enamorada de un Bulldog blanco de la finca de enfrente) en el rellano, y mientras su octogenario dueño no llegaba, Lucho, un Labrador Retriever,  me contaba con mucha pena que su pelota preferida había desaparecido, y por la calle los perros callejeros me insultaban. La cabeza me estallaba, así que, una vez más, llamé a Carla.

Ella tomó la decisión que cualquier ser humano normal habría tomado, tirar de sus contactos y llevarme al área de psiquiatría, donde sigo hoy en día, un año después. La decisión me alivió al principio, necesitaba una explicación y una cura, y ahí estaban. Pensé que me había curado, pero un mes y un día después de mi internamiento, alguna visita consideró buena idea traerse al perro, y este debió oler mi poder de comunicación porque me advirtió sobre los peligros de relacionarme con su dueño. Empecé a escupir la medicación puesto que aquello no era una enfermedad, y empecé a mentir en las sesiones del psicólogo y así hasta que me dieron el alta. Ya en mi casa, le conté a Harry los pormenores de mi estancia en el psiquiátrico. Él me confesó que días atrás escuchó que una mujer en china decía poderlos escuchar también. Tardé unos veinte minutos en arreglarlo todo y coger la maleta rumbo a ese país, esta vez con Harry. Quizás estuviese loca de verdad o quizás fuese como yo, pero necesitaba averiguarlo, necesitaba encontrar comprensión real, la confirmación de que no era locura.

Hoy en día todo esto os producirá risa, porque hace muchos años que los animales nos hablan, comenzaron los perros, pero la cosa no paro ahí, y ahora todos aquellos mamíferos que gozan de cuerdas vocales, se comunican con nosotros, llamémoslo evolución, y yo, ahora, con más canas que ganas, me pregunto cuanta gente habrá estado en un psiquiátrico por algo así, creyéndose loco y sin embargo viviendo un hito y descubrimiento que ahora aparece en todos los registros electrónicos del mundo.

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