Aparentemente la cuestión puede resultar insignificante. Pero, desde luego, no lo es. Lorena es una profesora en un colegio público, labor que lleva desempeñando desde hace varios años; por su veteranía sabe más que suficiente lo arduo, complejísimo y en muchos casos, agotador, que es el oficio de la enseñanza; y es que ciertamente en los últimos tiempos el trabajo de los docentes se ve entumecido por los convencionalismos sociales. Con motivo del día 14 de mayo,  Día Internacional de la Familia, Lorena tenía previsto una actividad didáctica  con la cual quiere poner en valor –especialmente para sus alumnos– el núcleo familiar. Sin embargo, no cuenta con toda la libertad para poder llevarla a cabo porque puede acarrear alguna incomodidad a terceras personas. Me comenta, algo frustrada: «Ya no se puede hacer nada, ni decir nada, porque enseguida hay algún colectivo social propenso a ofenderse. Lo mismo luego tengo algún problemilla con algún padre o madre o con cualquiera, acusándome de osada y pretenciosa». Naturalmente, en parte lleva razón y entiendo además su postura. Resulta que, en su caso, plantear una actividad didáctica que ponga el foco de atención en la familia puede acarrearle más pesadumbre que satisfacción, debido en parte a que algunos de sus alumnos pueden vivir en entornos familiares desestructurados, donde  exista la ausencia de la figura materna o paterna, quizás, por diversos motivos. Puede que también tenga el doble  inconveniente por la actividad en cuestión que tenía preparada; porque además de  chocar con la realidad de sus alumnos, deberá evitar no crear estereotipos referidos al concepto de familia; porque cada cual, claro está, entiende a su manera lo que es un entorno familiar y la utilidad de éste. De modo que Lorena se expone a que alguna madre, padre o persona cualquiera, le reproche la naturaleza de la actividad acuciándola de inapropiada porque en cada casa se cuecen habas distintas y ella no es quién para tratar con los niños el tema de la familia. Total. Que a esta profesora le puede caer un rapapolvo.

Y aunque algunas personas no estén de acuerdo, los profesionales de la educación cada vez más se ven –o nos vemos– expuestos a muchos escollos a la hora de educar en valores ya que, por motivos complejos,  hay más crispación social o más sensiblería social. Suponiendo que cobra fuerza la dictadura de lo políticamente correcto, hay determinados temas, cuestiones o crónicas, que carecen de relevancia, de interés y sobre todo de legitimidad para tratarlos o inclusive exponerlos abiertamente en público, cuanto menos, publicarlos en redes sociales. Digo, pues. Que los educadores encuentran muchas limitaciones para abordar –desde un punto de vista pedagógico– determinados asuntos; y es que, efectivamente, al igual que Lorena y sus intenciones, periodistas, artistas, escritores, humoristas y también científicos –y muchos más sectores– no disponen de toda libertad para exponer algunos temas, o para defender sus ideas; algunos de ellos tienen incluso una gran frustración, o prefieren silenciarse, antes que jugarse el puesto de trabajo o su reputación; muchos de los cuales lo hacen por evitar consecuencias personales, como insultos o críticas crueles. Pese a que la libertad de expresión y de pensamiento están reconocidos en el artículo 20 de la Constitución, hay una supremacía moral, algunas veces impuesta por diversos colectivos de ideologías múltiples, que determina lo socialmente correcto, lo socialmente útil, lo socialmente imprescindible. Y, claro, eso hace germinar a corto o largo plazo convencionalismos sociales que luego condicionan a las mentes. Entretanto, que las personas nos dejamos llevar por las primeras impresiones visuales y oídas –porque en España lo de boca en boca– tiene más fuerza que la conciencia propia, a veces nos dejamos influenciar por la mayoría con el fin de identificarnos con el mundo ajeno, y así formar parte de una comunidad o colectivo para sentirnos menos aislados, menos inseguros, etc. Es lo que se conoce como el sentimiento de pertenencia. Por ese motivo, adoptamos voluntaria o involuntariamente el pensamiento colectivo. Y a veces no tenemos en cuenta si los convencionalismos sociales nos hacen o no más vulnerables, no sólo a la manipulación masiva, sino a ser más sensibles socialmente, a asumir como forma de vida lo políticamente correcto. Como es sabido, el exceso de filosofía progre, el exceso de feminismo, el exceso de ecologismo, animalismo, esnobismo,  sobrepasan unos límites. Eso origina más fanatismo y vulneración sociológica. Pues decía John Lennon que toda doctrina terminada en –ismo acaba quitándose la razón a sí mismo. El caso es que a nuestro ego le importa más llevar la razón antes que ser pacífico.

Esa estructura de lo políticamente correcto nos despoja de muchas virtudes a la hora de tener nuestra propia personalidad, de decidir por nosotros mismos; ante lo cual se origina la fuerza de sectores sociales que acaban siendo la clase dominante, la que impone sus morbosas reglas y que luego pisotean las ideas de otros. La misma clase que por su posición dominante tildan algunos temas como tabú para el resto de la sociedad. Eso, ni más ni menos, supone que seamos más reaccionarios, más exaltados, propensos a ofendernos con presteza. Dado que siempre hay colectivos sociales que ponen barreras y que niegan otras realidades diferentes a las suyas –como los terraplanistas, por ejemplo– la sociedad actual se vuelve más acrítica; no sabe dónde queda el horizonte y se transmuta más sensible. Y me atrevería a decir que más guerrillera. Porque no hay colectivo social que no tome la justicia por su mano ante hechos que no son de su agrado; verbigracia, no hay obra artística o  literaria que, por el mismo tema que trata, llegue a ofender a alguien. Con facilidad hay más gente propensa a sentirse agraviada cuando el mundo no gira a su gusto, cuando algo no entra dentro de sus ideales. Con facilidad hay personas que, automáticamente, tienen el deseo de buscar los tres pies al gato, tergiversar un mensaje o spot y darse por aludidas, aunque dicho mensaje no tenga, equívocamente, ninguna intencionalidad de ofender. En relación a esto me viene a la memoria una exposición de una artista conceptual  de origen  francesa que realizaba un perfomance ante las puertas del Museo del Prado: la chica se desnudaba públicamente y procedía a pintar un lienzo de vastas dimensiones con sus genitales. Al poco rato, tenía ante sus ojos medios de comunicación, curiosos y viandantes; cómo no, no faltaron personas a las que esa manifestación artística llegaba a ofenderlas por considerarla aberrante y desconsiderada. Así son las cosas. Sucede en el día a día, que salga el sol por donde salga habrá alguien que se ofenda porque no le agrade.

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