La democracia es un cambio social imparable y Alexis de Tocqueville (1805-1859) lo visualizó. Como «gran anticipador» (Rodríguez, 1998, p. 54), Tocqueville realiza en torno a ella una prospectiva social e intenta hacer un análisis sociológico basado en premisas, para que la sociología, y todas las disciplinas sociales y humanísticas, no abandone sus orientaciones científicas y se acerque «peligrosamente a la literatura» (Lenies, 1992, p. 7). Tocqueville elabora una profunda radiografía de la incipiente democracia americana y se plantea si se pueden mantener los valores de la libertad dentro de la nueva sociedad democrática, caracterizada por la igualdad como patrón homogeneizador y por las pasiones y vicios que derivan de ella. Tocqueville advierte de las masas hermetizadas en sí mismas, incapaces de escuchar a nada ni a nadie, que no atienden a razones y que solo tienen por legítima su opinión. Es decir, el contexto social puede asfixiar al individuo.

Ir en contra de la democracia significa no reconocer el signo de los tiempos. Tocqueville tiene claro que este sistema basado en la igualdad de oportunidades viene para quedarse; y que las antiguas, débiles y caducas sociedades absolutistas y aristocráticas no solo desaparecerán, sino que no son rivales para la democracia. Tocqueville está convencido de que

«todos los que en los siglos en que nos encontramos intenten apoyar la libertad en el privilegio y en la aristocracia fracasarán. Todos los que quieran atraer y retener la autoridad en el interior de una sola clase, fracasarán () Es preciso que todos aquellos de nuestros contemporáneos que quieran crear o asegurar la independencia y la dignidad de sus semejantes se muestren amigos de la igualdad»(Tocqueville, 1989, II, p. 378).

Tocqueville afirma que la igualdad es una pasión desmesurada, un valor incondicionado que se autoafirma a costa de la libertad si es necesario y plantea una relación dialéctica entre libertad e igualdad que no siempre se resuelve de forma satisfactoria:

«los pueblos democráticos tienen un gusto natural por la libertad () la quieren y ven con dolor que se les separe de ella. Pero tienen por la igualdad una pasión ardiente, insaciable, eterna, invencible. Quieren la igualdad en la libertad, y si no pueden obtenerla, la quieren incluso en la esclavitud» (Tocqueville, 1989, I, p. 134-135).

La pasión más fuerte de la democracia es la igualdad, y el deseo de alcanzarla es el impulso que lleva a terminar con los sistemas estructurales propios del Antiguo Régimen; pero también al  comienzo del totalitarismo de las (falsas) libertades y a la esclavitud de los individuos. Las personas son capaces de tiranizarse a sí mismas.

Cuando la desigualdad es la norma que rige la vida social, las grandes desigualdades se aceptan como algo natural; pero a medida que las condiciones son cada vez más iguales entre los hombres y por tanto las desigualdades más pequeñas, estas tienden a considerarse como algo injustificable. Esto es lo que hace que la pasión por la igualdad se radicalice:

«El odio que los hombres sienten por los privilegios aumenta a medida que los privilegios se hacen más raros y menores, de tal suerte que se diría que las pasiones democráticas se inflan más cuando encuentran menos alimento (…) el amor a la igualdad crece sin cesar con la igualdad misma; al satisfacerlo se la desarrolla» (Tocqueville, 1989, II, p. 343).

La pasión por la igualdad tiene dos caras. La primera representa el deseo legítimo de los individuos para perfeccionarse y elevarse por encima de las más grandes desigualdades (como de las sociedades aristocráticas) mientras que la segunda representa la homogeneización completa que supone la disolución y eliminación de vectores políticos que contribuyen al fortalecimiento de una sociedad sana y justa. La apuesta absoluta por la igualdad como valor social absoluto es como una riada que se lleva por delante otros valores necesarios, consiguiendo que

«los hombres se parezcan y, además, en cierta forma, sufran por no parecerse. Lejos de querer conservar lo que todavía puede singularizar a cada uno de ellos, solamente piden perderlo para confundirse en la masa común, que a sus ojos es la única que representa el derecho y la fuerza. El espíritu de individualidad está casi destruido» (Tocqueville, 1989, I, p. 327).

Es la pasión por la igualdad en la que se encuentra la latencia del despotismo democrático. Tocqueville quiere alertar del peligro que puede derivar del excesivo y posible desarrollo negativo de la democracia sobre la autonomía y libertad del individuo, la tiranía de la mayoría, la degeneración de la democracia que amenaza, en primer lugar, a las minorías, cuando los principios democráticos y la soberanía popular se confunden con el poder absoluto de la mayoría; y en segundo lugar, al pensamiento crítico y a la libertad de los individuos, cuando la opinión pública y la libertad de expresión se confunden con el dominio moral.

La democracia plantea un despotismo que se basa en la presión ejercida por la mayoría sobre la minoría y sobre el pensar y sentir de los individuos (a través de la presión psicosocial dominante, el dogmatismo y el miedo a la diferencia). Es por esto que la tiranía de la mayoría debe ser temida tanto como al absolutismo o al autoritarismo puesto que no es otra cosa que la evolución (democrática) del autoritarismo, evolución de la que surge la masa, y con ella, el hombre-masa de Ortega y Gasset, «aquel que lincha» (Ortega y Gasset, 2019, p. 180).

La tiranía de la mayoría se transforma en la expresión (política, jurídica…) de la sociedad, circunstancia peligrosa para la democracia, pues es un régimen representativo, y esto no significaría otra cosa que la prevalencia de lo cuantitativo, la mayoría, sobre lo cualitativo, lo correcto. Se trata de una mayoría que ejerce una presión continua y casi irresistible sobre las almas de los individuos; una mayoría abstracta, fluctuante, indecisa, maleable, peligrosa y eficaz; una mayoría que acaba con toda opinión individual, personal e incluso racional.

La tiranía de la mayoría no es la única amenaza a la que se enfrenta la democracia ya que esta se acompaña del individualismo, la obsesión por el bien material y el crecimiento excesivo del poder del Estado. La democracia puede verse afectada por el individualismo, la desatención de los asuntos públicos por parte de los individuos; y por la obsesión por el bien material, ya que en un sistema donde todos los miembros son iguales, si cada uno tiene una obsesión por su confort material, es muy posible que vean a los demás como competidores u obstáculos a la hora de conseguir sus objetivos materiales (envidia, vanidad, obsesión, mezquindad…). La tercera amenaza que afecta a la democracia surge para que las dos amenazas anteriores no surjan o empeoren, y esta es aquella que se encuentra por encima de mí y de los demás, una entidad central que concentra poder, el Estado, el cual, para enfrentarse a las dos primeras amenazas, es posible que necesite crecer y acaparar más poder hasta el punto de que degenere en un Estado paternalista e incluso providencial. El Estado es fundamental pero lo que no puede permitirse es que sea una entidad totalmente independiente de la sociedad, porque es ella la que justifica y es al mismo tiempo el Estado.

El igualitarismo reúne dos tendencias, dos ideas: los individuos aman la independencia privada y por tanto miran con desconfianza a los demás (incluso si son sus semejantes); y temen la enormidad de lo social y por ello conciben como única salida la institución de un único poder, un poder central que garantice orden. La primera tendencia genera anarquía, algo que ningún individuo desea y la segunda, totalitarismo, las (falsas) libertades e igualdades plenas. La tendencia preferida por la mayoría es la segunda porque

«tras la idea de un poder único y central, la que se presenta más espontáneamente a la inteligencia de los hombres en los siglos de igualdad es la idea de una legislación uniforme. Como cada uno de ellos se ve poco diferente de sus vecinos comprende mal por qué la regla que es aplicable a un hombre no lo sería naturalmente a todos los demás» (Tocqueville, 1989, II, p. 338).

El problema es que un poder único y central se puede convertir en una entidad paternalista bajo la posesión de individuos privilegiados, políticos y burócratas; que deja de garantizar la ley de todos los ciudadanos y la protección de sus derechos para sobrepasarlos. A Tocqueville le horroriza la idea de un Estado central todopoderoso e ilimitado que ejerza un poder opresivo sobre los individuos, sobre todo si este se esconde tras el discurso del igualitarismo y la democracia, lo que hace que los individuos vuelvan

«su mirada hacia ese ser inmenso que se alza solo en medio del abatimiento universal. Sus necesidades y sobre todo sus deseos les impulsan hacia él constantemente, y acaban por mirarlo como el único y necesario sostén de la debilidad individual» (Tocqueville, 1989, II, p. 342).

Así se forma un Estado que terminaría abarcándolo todo (finanzas, empresas, organizaciones…), convirtiéndose

«en el jefe de cada ciudadano () su intendente y su cajero (…) penetrando así hasta lo más profundo del alma de cada hombre» (Tocqueville, 1989, II, p. 355-358).

Tocqueville nos anticipa el problema de la relación entre la igualdad y la libertad como piezas elementales de la democracia. Tanto libertad como igualdad son los elementos y derechos fundamentales para establecer un orden justo. Sin embargo, puede ocurrir que la igualdad degenere en un igualitarismo despótico, en una igualdad impulsiva y oscura que conduzca a los individuos hacia el crepúsculo de la autonomía y la libertad, el reino de la mayoría, formado por masas de individuos uniformadas, ciegos bajo el paternalismo de falsos discursos sobre la igualdad y moldeados engañosamente por Estados con ansias providenciales.

Tocqueville nos muestra la paradoja según la cual la democracia garantiza la libertad política, pero no necesariamente la libertad humana, o conduce a formas inéditas de esclavitud. A Tocqueville le interesan la moral y los sentimientos, pero está menos preocupado por la democracia como proyecto político-institucional que por darle un fundamento antropológico.

El hombre es un ente que no está aquí o allá como el resto de cosas. Está comprometido con las cosas, tiene apertura al ser de las cosas, se adapta a ellas, con la democracia también; y Tocqueville, a pesar de la dificultad, se atreve a responder a la pregunta «¿qué es el hombre?» (Manent, 2006, p. 4). Y es por esta valentía y por su estudio en torno a la verdad sobre la democracia, un sistema que no tiene por qué poseer todas las virtudes que se le presuponen, que Tocqueville merece sobrevivir. Fue

«uno de esos hombres a quienes anima constantemente una llama generosa y pura. La pasión por la libertad y la dignidad humana, la angustia ante nuestro destino» (Roland-Marcel, 1910, p. 120).

Bibliografía utilizada.

LEPENIES, Wolf: Between literature: The rise of sociology. Editorial: Cambridge University Press. París, 1992.

TOCQUEVILLE, Alexis de: De la democracia en América, I. Aguilar. Madrid, 1989.

TOCQUEVILLE, Alexis de: De la democracia en América, II. Aguilar. Madrid, 1989.

MANENT, Pierre: Tocqueville et la nature de la démocratie. Editorial: Gallimard. Mesnil-sur-l’Estrée, 2006.

ORTEGA Y GASSET, José: La rebelión de las masas y otros ensayos. Editorial: Alianza editorial. Madrid, 2019 [1929].

RODRIGUEZ IBÁÑEZ, José Enríquez: La perspectiva sociológica. Historia, teoría y método. Editorial: Taurus. Madrid, 1998.

ROLAND-MARCEL, Pierre-René: Essai politique sur Alexis de Tocqueville. Editorial: Alcan. Paris, 1910.

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