Cada transacción virtual, cada campaña ejecutada, cada conquista cibernética, en resumen, cada momento de su vida había sido en vano, la experiencia no servía de nada en el mundo real. Luciano no tenía chances de sobrevivir pero no lo sabía, y de hecho no sabía nada. Sólo podía contemplar el majestuoso interior del edificio, con paredes de mármol que volvían fresco un ambiente que se contraponía con calor asfixiante del exterior. Raúl dijo:

–Un museo, en eso la convirtieron. Antes era una biblioteca y la gente podía venir a leer cualquier día. Y aunque no lo creas, lo hacían. Después dejaron de venir y la cerraron. Una pena, era una de las más importantes, por eso la hicieron museo. Igual eso no cambió nada, no vino nadie. Durante décadas nadie visitó este lugar, y apenas si salen de sus casas. Ahora sí salen, pero porque los desconectaron por la fuerza, no saben qué hacer y el caos los consumió. Son como nenes, pero medio mogólicos…

Al escuchar esa palabra Luciano sintió vergüenza. Miró a Raúl con indignación y, paranoico como era, se fijó que no hubiese nadie cerca. Raúl lo notó:

–Sí, dije mogólico, pero no hay nadie que se pueda ofender. Y aunque hubiera alguien más ¿qué va a hacer? Estamos en el mundo real. Además, hay problemas más importantes, aunque también hay cosas hermosas, como el silencio y la libertad.

–¿A esto llamás libertad? Estás loco. Si no podemos hacer nada, ¿qué decís?

–Podés decir y hacer lo que quieras, ahora nada está prohibido. Que no sepas qué hacer es tu problema. Es loco, en una época todos usábamos Internet para ser anónimos, pero con el tiempo la vida real se volvió más anónima. Todavía ahora nadie sabe quién es quién, y por eso somos libres, ¿entendés?

Luciano se quedó en silencio. Pese a que tenía cuarenta, parecía un huérfano en busca de la protección de un padre. Raúl, con cabellos blancos y piel arrugada, era toda una figura paternal. Pertenencia a otra generación: a sus setenta y cinco años sólo quería disfrutar de los placeres mundanos el tiempo que le quedaba. Sabía bien que a esa edad uno ya no es dueño de su vida.

Raúl continuó, y aunque su voz evidenciaba fastidio estaba feliz.

–La segunda digitalización nos jodió a todos, dejó una camada de tarados funcionales. Mirate, ni leer sabés, un programa lo hizo por vos durante toda tu vida. Y ahora que todo se fue al carajo…

–Tengo hambre. Hay que encontrar distribuidores.

–No andan, ¿estás ciego o qué? No hay nada. Además, ya saquearon todo.

–Entonces tenemos que volver al Centro.

–¿Estás loco? Los infradotados que se juntan ahí son los más violentos. Acá estamos bien, no va a venir nadie. Después podemos ir a los bosques, ahí tiene que haber algún árbol frutal o algún animal. Sabés cazar ¿no?

Luciano estaba confundido. Raúl siguió:

–Qué vas a saber vos, si ahora que no estás conectado sos un inútil. Bueno me voy a leer un rato. Adentro hay sillones para dormir, vos hacé lo que quieras…

Durante un momento Raúl sintió lástima por Luciano pero, ¿qué podía hacer? Ya había intentado a ayudar a otros como él pero sin éxito: eran disfuncionales con la realidad. Trató de ser suave:

–No te pongas mal, vi casos peores que el tuyo, pensá que están los que repiten comandos en voz alta esperando que por arte de magia el entorno responda a sus caprichos, no les entra en la cabeza que el mundo en el que nacieron terminó. Desde chicos vivieron en una proyección de datos, pero andá a explicárselos…

Al final el viejo decidió acceder al corazón de la biblioteca mientras Luciano se quedó en la entrada. Veinte minutos después Luciano salió del edificio y se largó a caminar sin rumbo. Sin darse cuenta llegó al centro de la ciudad donde uno de los violentos lo apuñaló en el estómago con un vidrio roto. Pese al dolor no entendía nada. Mientras Luciano moría, Raúl leía recostado en un sillón. Disfrutaba cada página como quien saborea un verdadero manjar. Sólo lamentaba no tener con quién compartir la experiencia.

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