“A veces siento que mi vida es un delirio y que el pasado es más real que el presente. Pero el pasado sólo lo siento real cuando lo sueño, no cuando lo recuerdo, ¿entendés? Trato de explicarme: cuando intento recordar los momentos antes del accidente, las imágenes se me pierden en una neblina mental; en cambio, cuando las sueño son tan nítidas que me asustan, los colores brillan, intensos como los de una pintura, un hiperrealismo que me encandila pero al mismo tiempo me trae paz, me relaja, me da seguridad. Y despierto es al revés: me siento un muerto en vida, como un sonámbulo que camina al costado del mundo. El presente lo siento gris, apagado, estéril, y mis días son todos iguales: me levanto, desayuno, salgo a trabajar, ceno y después me voy a dormir. Una rutina que me aburre, sí, pero también me da estabilidad. El trabajo en la oficina es repetitivo y automático, ni siquiera pienso, tan solo me encargo de hacerlo y el tiempo pasa rápido. Cuando me doy cuenta, ya estoy otra vez en casa y el día se me fue de las manos como un puñado de arena. Así pasaron semanas, meses, años, una existencia líquida que se va por el fregadero”.

Rubén camina por la calle cabizbajo mientras reflexiona sobre lo que acaba de decir. En toda la sesión el psicólogo lo miró raro. «No dijo nada en toda hora, no sé para qué le pago». El camino que recorre todos los días es una prisión, pero también un refugio. Y en el fondo le hace bien hablar con alguien, una catarsis que lo alivia unas horas. Repasa lo que dijo en sesión:

“Siempre sueño con dos momentos. Por un lado, los años antes del accidente, los que pasé con mi mujer. Por el otro, el momento del choque. Ayer soñé que estaba en el auto con ella: primero la veía sonreír, y un segundo después ella agonizaba mientras nos sacaban del auto. Fue horrible. Fue a partir de ese momento que mi realidad se derrumbó. Pasaron cuatro años, pero siento como si hubiera sido ayer. El tiempo para mí se volvió algo relativo, discontinuo, abstracto. Vos debés creer que tengo estrés post traumático. Y sí, puede ser, pero ya tomo algo para la depresión”.

Por la Avenida Corrientes, las luces y el sonido del tránsito le resultan lejanos. El frío del invierno lo adormece y lo obliga a presionar las gruesas vestimentas contra la piel.

Al llegar al edificio, abre la puerta y entra resignado. Como vive en el primer piso  considera que no vale la pena esperar el ascensor. Sube por las escaleras y entra al apartamento, un espacio reducido con una cama, una mesita de luz y la modesta biblioteca; a la izquierda la pequeña cocina y junto a ella el baño.

Recuerda haber salido a la mañana, pero las imágenes del día se vuelven borrosas. Se sirve un Fernet en un vaso de vidrio opaco y luego se sienta en la cama. El cuerpo le pesa. Rendido ante el agotamiento se recuesta, los ojos se le cierran, y de pronto un calor que emerge de su estómago comienza a subir hacia el pecho. Es algo intolerable, parece una quemadura, y no deja de subir a la garganta, un hormigueo cruel le produce una tos carraspera, y cuando le llega siente que se ahoga. Los ojos se le llenan de lágrimas pero no puede abrirlos, y ni siquiera gritar, siente el cuerpo paralizado, y comienza a dominarlo la desesperación.

Despierta bañado en sudor, y ahora el calor del ambiente lo sofoca. Tarda unos segundos en darse cuenta de donde está. Recuerda que el aire acondicionado se descompuso. La humedad lo incomoda, pero al menos la angustia se disipa y al recordar el sueño comienza a reír. Analía, su mujer, siente curiosidad al saber que él se sobresaltó en medio de la noche, y Rubén siente la obligación de explicarse:

“Es una estupidez. Soñé que vivía solo en un departamento por la zona de Abasto. Vos habías muerto en un accidente hacía cuatro años. Todo era gris…creo que yo trabajaba en una oficina pero no estoy seguro. Sí, me acuerdo bien del apartamento, un monoambiente, imaginate…”.

Ella sonríe con picardía y no puede evitar preguntarle si había otra mujer, a lo que él responde que no con cierto fastidio. “Solo recuerdo que veía a un terapeuta, creo que era un tipo al que vi en el congreso hace un mes, el de la conferencia sobre los hábitos. Mi subconsciente debe haberlo registrado; quizás  sea una señal y deba ver a un psicólogo. ¿Qué pensás?”

Ella lo besa con dulzura, luego duermen otra hora más antes que suene la alarma. Ambos se levantan y preparan el desayuno: unos deliciosos huevos con jamón, cereal con leche y frutas. Camino al trabajo, Rubén todavía se alegra de haber despertado de la pesadilla.

Al llegar al colegio los alumnos de tercer año lo esperan ansiosos, eso lo motiva. A diferencia de sus colegas él ama su trabajo; según él lo ve, el acto de enseñar es algo poderoso, el motivo por el que se levanta cada día. Rubén sabe conectar con sus alumnos, conoce sus sufrimientos, sabe que para ellos no ha sido fácil.

Al entrar al aula encuentra a dos de sus alumnos en plena pelea. De inmediato se les acerca al tiempo que retira de su saco una tarjeta amarilla que les muestra con una actitud severa. Los estudiantes se detienen y lo hacen porque lo respetan mucho. Rubén es para ellos mucho más que una figura de autoridad, es alguien que está ahí, alguien a quien le importa lo que a ellos les pueda pasar.

“El jueves llegué y los encontré a las piñas. Los otros docentes no saben cómo manejar estas situaciones, ni locos se meten, sólo esperan que se tranquilicen y listo. Hace poco un colega se metió y ligó una trompada, así que imaginate. Como mucho llaman a un preceptor que tampoco hace nada. Yo les saqué la tarjeta amarilla y se calmaron. ¿Si no qué hago? ¿Decirles que la violencia es mala? Si la violencia es su forma de hacerse respetar…¿Y te acordás de Mariela? Está embarazada. El rector la trató de irresponsable, dice que lo hace para cobrar un plan social. Es un infeliz, ¿qué sabe? Ella quiere ser madre para tener un propósito en la vida, y a mí me gustaría que no dejara el colegio pero lo veo difícil”.

Analía, que siempre fue buena oyente, lo escucha con cariño y admiración. Ella y Rubén disfrutan de unos mates en el Parque Centenario bajo la sombra de los árboles, donde la brisa veraniega compensa el calor. Abarcan todos los temas, desde cine y literatura hasta política y economía. En un momento ella le pregunta sobre la noche pasada y él dice:

“Nunca antes me había despertado así de triste, y sentí un dolor en el pecho todo el día. Es raro, sentía que las imágenes eran reales, como recuerdos. En el sueño hablaba de este presente como si fuera el pasado, ¿entendés? Ahora que lo pienso, tal vez deba ver al psicólogo. Igual prefiero hablar con vos, los psicólogos son muy creídos”.

Rubén acaricia con suavidad la mejilla de Analía y se recuestan sobre el pasto; él se relaja y cierra los ojos.

Un dolor agudo lo despierta, y tiene el rostro cubierto de sangre y moretones. Mira a un costado y encuentra la silueta de su mujer cubierta con una sábana blanca; al ver como la suben a una ambulancia, una sádica tristeza se apodera de él: ya no volverá a verla, su vida está terminada. Mientras las luces titilantes lo encandilan susurra: “Denme un calmante por favor”. Su rostro desecho se llena de lágrimas, y él tan sólo quisiera escapar, liberarse del sufrimiento.

Se despierta con el abrazo del frío: otra vez apagaron la calefacción central. Busca una frazada para cubrirse pero se da cuenta de que ya son las seis de la mañana. Al poner la radio anuncian la temperatura: menos cinco grados. Enciende la hornalla y calienta la pava para preparar café. Cuando el agua hierve coloca el café instantáneo, el azúcar y luego la leche. Después de ducharse se pone la camiseta que Analía le regaló en su primer aniversario. Para evitar la nostalgia lee las noticias en su celular. Vestido y desayunado, abre la puerta de su departamento, baja por las escaleras y sale a la calle donde lo envuelve una bruma invernal. Todavía está oscuro y tiene la impresión que desde hace años no ve el sol.

“¿Te acordás de nuestra primera sesión? Me preguntaste por qué quería hacer terapia y te dije que no sabía que esperar, que nunca había hecho terapia, pero que sentía que mi vida no avanzaba, que estaba estancado, atrapado en un existencia pegajosa sin sentido, donde todo se repite. Hoy volví a soñar con Ani: estábamos en el Parque Centenario, donde íbamos seguido, y yo le contaba algo que había pasado en el colegio. Me acuerdo la vez en que le conté sobre una pelea, y en el sueño la situación era igual, salvo porque yo había soñado que ella había muerto y que estaba en un futuro, a varios años de su muerte. Le comentaba que en “la pesadilla” yo creía que esa era la realidad y que nuestro presente era el sueño. Es loco ¿no? Cuando uno sueña cree que eso es la realidad; después soñé con el accidente: yo iba en una ambulancia y ella en otra. Y al despertar me amargó darme cuenta de que estoy acá, en este presente, y que lo otro es un delirio. No sé si te lo dije, pero en la internación me sentía tan mal que hasta contemplé la idea de suicidarme. Obvio que ni siquiera lo intenté, no tenía fuerzas…Por cierto, extraño mucho dar clases; después del ataque de pánico ya nadie quiso contratarme y lo único que me quedaba era el trabajo en la oficina. Eso me deprime”.

Pasa la semana, y el sábado el aburrimiento arrastra a Rubén hacia la frivolidad del entretenimiento banal. Lee con desdén artículos publicados en redes sociales y le llama la atención uno, cuyo título es El significado de los sueños. Su contenido es escueto pero le despierta curiosidad y comienza a buscar más artículos y videos sobre el tema; hasta lee ensayos académicos y cuentos de ficción. Antes de dormir decide colocar un cuaderno en su mesa de luz.

Los ojos de Rubén florecen y los rayos de sol le irritan las retinas: ya es mediodía. Por sugerencia de Analía buscan una nueva sombra bajo otro árbol. Él comenta:

“Volví a tener esa pesadilla, ese meta sueño fascinante: primero me trasladaban en una camilla, a vos te vi muerta y sentí que me moría de tristeza. Después desperté angustiado en ese departamento frío. Debes pensar que estoy loco…”.

Ella lo mira con ternura y Rubén sigue:

“Hubo algo curioso: investigaba sobre los sueños y todavía recuerdo lo que encontré. Tal vez lo haya leído en algún lado, o alguien me lo dijo y la información me quedó en el cerebro. También decidí escribir en un cuaderno lo que soñaba, es decir dentro del mismo sueño. Eso sí que es raro…¿Vos no hacías eso en una época?”.

Al llegar la noche, antes de dormir, Rubén deja un cuaderno y una birome al costado de la cama. Sin que se dé cuenta pasa la semana y el cuaderno ya está lleno de inscripciones. “Está muy bueno este ejercicio; si apenas me despierto no anoto lo que soñé después se me olvida. Me encanta releerlo, ¿puedo leer el tuyo? Ah, cierto que lo habías perdido. Voy a pasar todo a la computadora y después me lo mando por mail para que no se pierda”. Se acuestan, y más tarde el sonido de una sirena lo despierta: la ambulancia va tan rápido que le provoca náuseas. Ve una aguja insertada en su brazo y entiende que lleva un cuello ortopédico.

El frío se siente una vez más porque otra vez desconectaron la calefacción. Al recuperar la consciencia se pone a escribir. “Empecé un ejercicio muy conocido: dejo un cuaderno al costado la cama y cuando me despierto anoto lo que soñé. Es algo que me gusta. Soñé que seguía en el parque con mi mujer y que le hablaba sobre este presente como si fuera un sueño. Hasta llegué a contarle que había dejado un cuaderno al costado de la cama para anotar mis sueños. Entonces lo hice también en el sueño. Lo último que anoté fue que después del accidente me llevaban en ambulancia”.

La semana termina pero Rubén sigue en el trabajo, no quiere irse, el calor de la calefacción lo relaja. En la calle un frío impiadoso. Al fin logra juntar valor para abandonar la oficina y volver a su departamento. El regreso se siente solitario. Al llegar, abre una lata de atún y la come sin ganas. Sentado en el borde de la cama suspira y cierra los ojos.

El ruido de la ambulancia no lo deja dormir; los médicos le recitan palabras dulces para tranquilizarlo, pero el dolor, que se extiende por todo el cuerpo, lo aprisiona. Intenta focalizar la atención en otra cosa cuando de pronto siente una violenta frenada.

Con parpados entreabiertos Rubén alcanza a ver como Analía baja la persiana para dejar entrar la luz: ya es de mañana. Sin perder tiempo, él toma el cuaderno y escribe dos carillas para luego ir a ducharse. Al salir del baño, sentado a la mesa mira las tostadas con dulce y dice: “El ciclo lectivo parece no terminar, ahora que me doy cuenta, se extendió casi un mes por culpa de los paros. Encima este calor. La primavera y el otoño cada vez duran menos por culpa del cambio climático”. Analía pregunta sobre sus anotaciones y él dice:  “Otra vez el accidente y el futuro en el departamento frío. Igual lo que escribo me gusta. Ya lo pasé a la nube para no perderlo”. Más tarde Rubén sale del departamento y entra al ascensor, mientras desciende ve como los espejos enfrentados multiplican su imagen infinidad de veces. El día pasa rápido y la noche llega antes de lo esperado, ya está en casa y una vez más se dispone a dormir.

Entra muy perturbado al consultorio: necesita hablar. “Esto te va a sonar muy loco; la otra noche me desperté y anoté todo antes ir al trabajo. Cuando volví leí lo escrito: en el sueño también llevaba un registro de lo que soñaba, lo había pasado en limpio y me lo había enviado por mail, así que no tuve mejor idea que buscarlo en la casilla de correos. Sabía que no lo iba a encontrar porque ese archivo no existe, pero igual lo busqué. Sentía que era algo absurdo…..hasta que apareció ¿Entendés? El archivo con las anotaciones existe…Sí, ya sé, que es una locura. Tiene fecha de hace cuatro años, y yo no recuerdo haber hecho algo así. A ver…con Analía teníamos conversaciones esotéricas pero nunca llegué a soñar con un accidente o con una vida futura, y menos llevaba anotaciones de mis sueños. Ya sé lo que creés, que me olvidé de haberlo hecho. Eso pensé al principio, hasta que leí: el otro día soñé que le contaba al psicólogo que en la computadora encontraba un archivo donde estaban las anotaciones que hago; él no me creía y yo me estresaba por eso. ¿Ves? Ya sé: hay una explicación racional. Pude haberlo olvidado pero igual no importa. Esto prueba que hace años soñé con lo que ahora me pasa. Quizás fue una premonición. Me puse a leer sobre parapsicología. Sí, ya sé que parece una locura, ¿pero y si no lo es? Esto no lo inventé yo, el registro está en la casilla y además no hay otras entradas. Estoy confundido, siento que todo pasa ahora y esa sensación se vuelve cada vez más real. Siento que el tiempo no existe, que todo pasa ahora, el pasado y el presente, ¿entendés?”.

Abre los ojos, toma el cuaderno y anota en detalle. Escribe lo que recuerda. Su mujer se despierta y le pregunta si se siente bien.

En el hospital, los recuerdos de un colorido pasado se confunden con los de un futuro gris. Las imágenes le producen emociones imprecisas. Con las pocas fuerzas que le quedan toma y desarma la sonda que conecta su brazo con el suero. Coloca el orificio de la goma y sopla. Segundos después un intenso dolor le oprime el pecho, como si una mano le apretara el corazón. Su ritmo cardíaco se acelera y se retuerce sobre sí. Escucha una alarma y los gritos de una enfermera que llama a los médicos.

Abre los ojos. Su mujer todavía duerme. Tiene vagos recuerdos de una pesadilla, se levanta y camina hacia la ducha. Al salir, Analía lo espera con una expresión dulce y un buen desayuno. Tostadas y mermelada. “Te amo, ¿sabés? Estoy feliz de estar con vos, ojalá toda la vida pueda consistir en momentos como este. Cuando me desperté sentí una tristeza horrible, y por eso ahora me siento así de feliz. Es como comer algo dulce después de haber tragado sal”. Al llegar al colegio se dirige al aula, y al entrar encuentra a dos alumnos en plena pelea. Algo de esta escena le resulta familiar, siente como si ya la hubiese vivido.  Saca de su bolsillo una tarjeta amarilla. Por la noche le comenta a su mujer: “Fue raro, cuando pasó sentí que ya lo había vivido”.

Despierta cansado y abre la ventana de un cuadro otoñal. Analía ya se levantó y le dice que se apure, que van a llegar tarde. Rubén se viste rápido y baja junto a ella en el ascensor donde ve su reflejo multiplicado hasta el infinito. Cuando entran al auto, siente malestar y le parece que no debería subir. A la mitad del recorrido Rubén mira a su mujer que sonríe cuando de repente escucha un chirrido y un golpe le sacude las entrañas.

Cubierto de sudor se levanta en la sala de espera. Las paredes del consultorio son grises y hay un cuadro con flores. La secretaria le pegunta si se encuentra bien y él dice que sí. Al cabo de unos segundos el psicólogo le indica que puede pasar. “Perdón, estoy un poco alterado, tuve una pesadilla, soñé con el accidente donde murió mi mujer y recién tuve un deja vu. Disculpame,  no respondí tu pregunta, la verdad es que no sé qué esperar: nunca hice terapia”.

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