Objetos preciados. Apenas dos lomos abrazando una suculenta sopa de letras ordenada en blanco y negro. Muchos de nosotros los vemos, u olemos, y echamos espumarajos por la boca. El vello se eriza, nos ponemos nerviosos. Los cogemos y somos instantáneamente más felices. Me refiero, por supuesto, a los libros.

adicto a los libros

Qué despiertan estos objetos en las personas que nos hemos enamorado de ellos ha sido estudiado de tanto en tanto, y sus resultados son dispares. Universos que explorar, lugares a los que evadirse, espacios donde aprender, rincones a los que replegarnos desde cualquier sofá.

¿Por qué amamos los libros?

Supongo que los motivos son tan diversos como las personas. Y me atrevo a decir, conmigo como prueba N=1, que los motivos van cambiando a lo largo de nuestra vida. Cuando era pequeño los libros fueron un espacio seguro donde hacer madurar la mente sin tener que soportar a otras personas, aunque suene regulero. El fútbol y correr por el patio no era lo mío (oh, sorpresa).

Después vino la época de la fantasía y los cuentos, que duró hasta bien entrados los 15. Me gustaba el modo en que la fantasía épica me trasladaba a lugares no solo en los que no había estado, sino que era imposible que pudiesen existir. Y tras aquello miré al futuro con la ciencia ficción. Y de los motivos por la ciencia ficción ya hemos hablado aquí largo y tendido.

Si resulta importante es porque hacia los 20 años empecé a leer divulgación científica y social, y raro ha sido el desvío hacia otro género. El fútbol sigue sin gustarme y aún huyo del gentío, pero los motivos por los que amar los libros han ido cambiando en mi persona. No dudo que algo similar ocurrirá en otros lectores voraces.

Los sentimientos que aporta un nuevo libro

No puedo evitar contener la emoción cuando llega un nuevo libro, o cuando voy a buscarlo (esto es cada vez menos frecuente). Simplemente me hace ilusión poseer un fragmento más de texto que no tenía antes, un sentimiento que otros objetos, por muy útiles que sean, no son capaces de despertar en mí. Sumar un libro a la biblioteca es algo que me produce placer.

Y no soy el único. He mantenido charlas similares con otros lectores y el sentimiento es similar, más o menos contenido. Que levante la mano el lector ávido que, embriagado por el olor de una tienda, compró más libros de los que tenía pensado leer. Yo tengo al menos diez libros que esperan que devore sus páginas en las estanterías, y es probable que la cifra crezca.

La compra compulsiva de libros, muy cercana a la adicción y a la pérdida de control, supongo que podría compararse con cualquier otro tipo de lujuria desatada y fetiche. Los hay que compran zapatos de tacón que admirar y ponerse, y los que compramos historias con las que volver a casa y coleccionar como un trofeo.

Blinkist y tsundoku como exponentes clave

Tranquilos, no me ha dado una apoplejía. Los japoneses, que probablemente sean el pueblo de la Tierra más afín a las adicciones, nombró tsundoku a la enfermedad que obliga a sus enfermos a comprar libros de forma compulsiva. Otros se conforman con aplicaciones como Blinkist, que nos cuentan en pocos minutos libros que aún no hemos leído.

Tras estos comportamientos obsesivos puede haber tanto amor por los libros como presión por saber de ellos. Hemos de reconocer que en nuestro afán los lectores nos hemos erigido en una nueva clase de geek social, y que a menudo publicamos nuestras estadísticas de lectura como un trofeo. Con entornos así no es descabellado que haya quien compre libros, o los lea, por presión social.

No seré yo el que minimice el problema del fetiche lector en cualquiera de sus manifestaciones. Los libros son objetos maravillosos, casi mágicos para algunos, que también pueden acarrear problemas de consumo. Basta con que el cerebro se acostumbre a esta droga para empezar a ver sus efectos cuando se le retira al enfermo. Si no me crees, quita a un lector su libro y espera las consecuencias.

Imágenes | Annie Spratt

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