«Estudiante en su estudio holandés», por Jan Davidsz de Heem

 

ISAAC: Debo confesar que no recuerdo cuándo fue la última vez que conversamos, aunque tal vez lo que más me sorprende haya sido su invitación.

RENÉ: Varios inviernos han pasado desde entonces, en efecto, pero ya me veía incapaz de retener por más tiempo la necesidad de querer charlar personalmente con usted, harto ya de las limitaciones y malentendidos a los que pueda inducir la impersonalidad de la correspondencia.

ISAAC: Se oye decir entre los círculos doctos que usted ha encontrado un método que conduce hacia el conocimiento verdadero. Imagino que de eso le gustaría hablar; no se me ocurre otra razón por la que una ilustrísima personalidad como la de su clase querría charlar con un hombre de mi simpleza.

RENÉ: Me ofende la ironía con la que se dirige. Bien debe saber que sobre estas tierras son pocos los que comparten el escaso don de la humildad como mi persona. ¿Cómo no podría sentir deseos de comunicar mis descubrimientos con el hombre que me encarriló hacia esta disciplina de mártires?1 Y con igual humildad le digo, que no siento vergüenza en afirmar que son muchas las cosas que todavía desconozco.

ISAAC: Admitir la ignorancia no debería generar vergüenza en absoluto, sino el persistir en ella, y peor aún, mezclar lo que se conoce con lo que se ignora en una misma aseveración.

RENÉ: Esa es, precisamente, una de las reglas del método que me ha impulsado a preparar este encuentro. Más de 20 reglas había desarrollado2, pero las sinteticé en cuatro3. Este método, si me permite decir, logrará otorgarle al ser humano un conocimiento certero en todos los ámbitos del saber. Y en efecto, en la dirección del intelecto sólo deberán tomarse en cuenta las afirmaciones que se presenten de manera clara y distinta, para así, a partir de ellas, formular nuevas afirmaciones; tal es la primera regla de mi tratado4.

Journaal de Beeckman, octubre 1628 – febrero 1629. Examina la magnitud de los ángulos de refracción a través del cristal del triángulo.

ISAAC: Búrlese de mí si así lo desea, pero no se burle de mi inteligencia, se lo pido. ¿No se habrá olvidado de nuestras conversaciones de hace tantos años ya, donde comentaba los principios sobre los que deberíamos partir para hacer avanzar todas las ciencias? Mencionaba que las conclusiones correctas son las que parten de explicaciones claras y evidentes, comparando esto con las matemáticas5. De aquí que veía la necesidad de integrar las matemáticas con la física, pero no quedándose allí, insistía en fundir el conocimiento teórico con el trabajo práctico, tan subestimado por aquellos que adoran caminar en zancos sobre el lodo conformado por los escombros de los antiguos para no ensuciar la hoja en blanco que pretenden llenar únicamente con su firma. ¿Ahora viene a presentarme estas ideas como una novedad?

RENÉ: Ese ha sido siempre su problema, Isaac, y mi reproche, creer que decir ciertos pensamientos en reuniones de té con ilustres personajes adquieren por sí solos carácter de teoría. El conocimiento no es algo que pueda ser reclamado, sería mezquino, le pertenece a la naturaleza humana. Yo le di forma al pensamiento, es diferente. Yo creé un sistema, casi tan perfecto como la geometría y la aritmética sobre las cuales mi método se yergue6.

ISAAC: Lo que puedo entender, ilustrísimo René, es que usted es libre de utilizar los aportes intelectuales de cualquier persona y despojarlos de autoría abogando por la universalidad del pensamiento, para entonces, a partir de estas, intentar crear una propuesta que pretende mostrar como algo totalmente nuevo y de lo cual se atribuye su invención7. ¿Acaso esto no le parece una hipocresía?

RENÉ: Hipocresía es continuar desarrollando ideas de los antiguos, como si tuvieran algo más que ofrecer, ejercicio en el que se sumergen cientos de esos que se hacen llamar doctos. Mis propuestas amenazan con sepultar todos esos textos ancestrales de una vez por todas8, y encaminarán al ser humano hacia un futuro glorioso, por encima de la naturaleza y tan solo por debajo de Dios. Usted, por otra parte, no abandona esas ideas añejas, ¡Epicuro, Lucrecio!, y se empeña en desarrollar nuevas investigaciones a partir de estas teorías atomistas cuyos postulados no son claros ni visualmente distintos9; me parece que es usted quien se contradice.

Journaal de Beeckman, abril 1614 – enero 1615. Experimentos con bombas de agua.

ISAAC: Le recuerdo que fui yo quien le propuso a su ilustrísima imagen investigar los fenómenos naturales mediante la aplicación de las matemáticas. A esto no llegué de manera inmediata, como si se me fuera revelado en un sueño10. Fue gracias a los estudios del atomismo y de la obra de Simon Stevin11 que pude sentar puntos de apoyo para experimentar con nuevas propuestas, en lugar de seguir cayendo en la necedad aristotélica y la rancia escolástica. La visión mecánica del mundo, aquella de la que usted confesó sentirse maravillado, no pudo haber surgido si no fuese por la experimentación con los objetos en caída libre y el estudio de la hidráulica, fruto del pensamiento de muchos hombres y del trabajo manual que me permitió el oficio de la ingeniería. Pero imagino que la experimentación, la observación o la inducción están ausentes en su método, así como cualquier otra cosa que insinúe ensuciar las manos.

RENÉ: Lo probable no conduce a lo certero, viejo amigo. Ese es el error en el que caen aquellos que, atormentados por la monotonía del oficio práctico que tienen que ejercer para sobrevivir, menosprecian la preeminencia del intelecto, que es lo más cercano a lo divino que posee el ser humano. Con años de estudio en la geometría, caminando casi a ciegas en la búsqueda de la divina Mathesis Universalis, comprendí que únicamente mediante el intelecto y su habilidad de reconocer lo claro y distinto basta para llegar a conclusiones precisas. Siempre critiqué la prioridad que usted le daba a la experiencia. La deducción es la forma más cercana posible a la pureza encontrada en la geometría y la aritmética. Como en ellas, todo problema puede dividirse en varias partes hasta llegar a sus bases absolutas, para después ordenarlas según su grado de dificultad; tales son, precisamente, la segunda y tercera regla de mi método infalible12, rescatando así al imperfecto ser humano del engaño suscitado por nuestros sentidos y pasiones.

ISAAC: De ser así, mi querido amigo, de no necesitar más que de la razón y tener a la experiencia totalmente relegada, ¿cómo explicar los fenómenos que se presentan en la naturaleza cuando la mente humana es incapaz de comprender sus atributos absolutos?

RENÉ: Nunca he dicho que la experiencia sea relegada del método, sino que debe estar totalmente subordinada a la deducción, siendo su complemento cuando ya se ha avanzado en la investigación13. El intelecto proviene de la comprensión, y ésta actúa cuando ha desarrollado la capacidad de reconocer, casi instintivamente, las cualidades de los objetos de la naturaleza. En efecto, es con el intelecto mismo, con una mente verdaderamente atenta, que podemos percibir esos atributos absolutos, y esto se debe a que provienen de Dios, la causa absoluta de la naturaleza.

Journaal de Beeckman, junio-agosto 1627. Experimentos con poleas

ISAAC: Bien debe saber que uno de mis principios filosóficos era poder explicar las cosas sin acudir a argumentos de temática espiritual, cuestión que creí que compartíamos. Hasta este momento no ha hecho más que alabar el método de su tratado, que pretende inspirarse en el modelo puro de las matemáticas, y sin embargo, ¿para explicar las causas que se desconocen acude al deus ex machina?

RENÉ: Todos los objetos de la naturaleza son obra de Dios, como ya debe saber, y su comprensión se obtiene con el intelecto mismo, que es por sí mismo divino14, así que no es extraño, por el contrario a su aseveración, que las cuestiones que se presenten de la manera más certera sean aquellas reveladas por Dios. Es por ello que hay que persistir hasta en ideas que puedan mostrarse dudosas15, porque la mente nos llevará tarde o temprano hacia las respuestas mediante la luz natural.

ISAAC: Alto, amigo mío. He de confesar que me he extraviado un poco. Si hace unos minutos le escuché decir que solamente debemos tomar en cuenta todo aquello que se conozca con total certeza. ¿No es esto que acaba de decir una contradicción a la primera regla de su método?

RENÉ: Permítame, mi estimado, para explicarlo de manera más sencilla. Para desarrollar el intelecto es necesario seguir nociones totalmente certeras, pero en caso de contar tan solo con las probables, es conveniente perseverar en ellas con el fin de, partiendo de las oscuras y múltiples, llegar a las claras y distintas. ¿Lo logra entender?

ISAAC: Lo que creo entender por fin es eso a lo que llaman dualismo cartesiano…

RENÉ: Primero injuria mi tratado, ¿y ahora se burla?

ISAAC: Se me acaba el tiempo, mi estimado, o más bien, a usted ya casi le llega la mañana. ¿Podría honrarme con la última regla de su método para dar por terminada esta entrevista?

RENÉ: En vista de que no ha dejado de insinuar que no he hecho más que apropiarme de conceptos ya existentes, inclusive suyos, para llegar a mis conclusiones, ¿no debería usted, mi gran y excelentísimo maestro, decirme cuál podría ser la regla final de mi tratado?

ISAAC: Usted, viejo amigo, habrá oído hablar de Bacon, ¿supongo bien?

RENÉ: Algo, sí…

ISAAC: Propuso un ambicioso proyecto que pretendía integrar todas las áreas de conocimiento humano16. Desarrolló un método también, no idéntico a su propuesta, claro está, no quiero que me malinterprete en vista de que su persona está un tanto sensible; pero el canciller inglés compartía esas ganas con las que hemos vivido muchos, de querer buscar una manera de romper con las tradiciones que ofrecen falsas doctrinas. Entre las últimas partes de su método se encuentra hacer una revisión y enumeración de los distintos elementos que se han llegado a conocer con el fin de establecer comparaciones entre los casos certeros, o bien, positivos, y de esta forma obtener mejores nociones para investigaciones futuras. Me parece, por lo tanto, que si las mentes brillantes piensan igual, esta debe ser una aproximación a su cuarta y última regla.

RENÉ: En efecto. Yo me veo incapaz de contradecir a un hombre “extremadamente filósofo” 17 como su persona, mi querido colega, siempre con la razón.

ISAAC: Pero hay una gran diferencia entre Bacon y su ilustrísima personalidad.

RENÉ: Muero de ansias por oírla.

ISAAC: Él veía tal empresa, la integración del conocimiento universal, como una obra en la que se debía trabajar de manera colectiva, a diferencia suya, que como bien señala en sus cartas, opina que se obtienen mejores resultados trabajando solo18. Imagino que usted, apoyándose únicamente en su propia mente, puede obtener la mayor cantidad de, digamos, inspiraciones, acerca de nuevos postulados.

RENÉ: Se ha acabado el tiempo, mi estimado amigo, la luz del Sol emerge. A pesar de haber sido indudablemente provechosa nuestra conversación, y que disfruto de su encantador sentido del humor, me temo que será la última vez que podremos charlar.

ISAAC: Yo no lo temo, querido amigo… No obstante, hay algo que debo pedirle.

RENÉ:

ISAAC: ¿Le molestaría dejar de contar esa ridícula historia inventada sobre cómo nos conocimos?, aquella en donde supuestamente mirábamos un cartel pegado en un mercado, con un problema matemático a resolver.

RENÉ: Bien, fue un placer, mi querido maestro, es una lástima que no podrá ver publicada mi obra, en unas cuantas semanas estará bendiciendo los ojos del vulgo. También es una lástima que usted no haya decidido publicar ninguno de sus pensamientos, aunque eso hubiera sido algo desafortunado.

ISAAC: Una cosa más. Le sugiero que le cambie el título a su obra. No “tratado”, sino “discurso”. Suena menos pretencioso.


Epílogo

El presente diálogo ficticio tiene como fin visibilizar la vida y obra de Isaac Beeckman, prácticamente olvidado en la historia de la filosofía, y cuyos aportes influenciaron, no solo a la obra de Descartes, sino también a intelectuales de la época como Marin Mersenne y Pierre Gassendi. No publicó nada durante su vida. Su existencia fue redescubierta en 1905, cuando el matemático e historiador Cornelis de Waard encuentra su Journaal (diario) en el que Beeckman escribió sus ideas durante gran parte de su vida hasta la fuerte ruptura que tuvo con, hasta entonces su amigo, René Descartes. Murió en mayo de 1637, unos meses antes de la publicación de “Discurso del método”.

El journaal de Beeckman se encuentra disponible aquí. Todavía no existe traducción al inglés ni al español.

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Citas.

  1. Como nos comenta Moreno (2014): Antes de abandonar Breda y partir de viaje por Alemania, Descartes escribió una carta a Beeckman en la que señalaba la crucial influencia que su amistad había ejercido para que se despertara en él un renovado interés por el estudio de la naturaleza y las artes al que dedicaría su vida (p.149). Sin embargo, en 1630 Descartes negaría cualquier influencia que Beeckman pudo haber ejercido en él, dejando constancia de ello en una carta que le escribió y que afectó a este último.
  2. 21 reglas son las que componen la obra de Descartes: Reglas para la dirección del espíritu/ingenio, publicada póstumamente a pesar de haberlas escrito mucho antes que el Discurso sobre el método.
  3. Las 4 reglas descritas en la segunda parte del Discurso sobre el método (1637).
  4. La primera regla del método cartesiano: (…) consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente.
  5. Este, al igual que los demás pensamientos de Isaac Bechman, se encuentran en el Journaal (diario) que escribió durante gran parte de su vida, y que fue redescubierto en 1905 por el historiador Cornelis de Waard.
  6. Varias de las Reglas para la dirección del ingenio, mencionan a la geometría y la aritmética como el modelo ideal a seguir debido a su pureza evidente.
  7. Son escasas o prácticamente inexistentes las fuentes, autores o influencias en las obras de Descartes.
  8. Como se puede desprender de la regla no. 3 de Reglas para la dirección del ingenio, Descartes previene de leer mucho a los antiguos, afirmando que inducen al error.
  9. De hecho, y como menciona Moreno (2014), las teorías basadas en el atomismo en las que trabajó Beeckman por medio de sus experimentos con bombas de agua, fueron mucho más cercanas a las reglas actuales de la mecánica que otras obras de la época.
  10. Descartes afirmó que tuvo tres sueños de carácter divino en donde se le presentó “el espíritu de la verdad”.
  11. Específicamente Estática o el Arte de pesar (1586).
  12. Segunda regla del método: (…) exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente. La tercera regla: (…) requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos. (p.15)
  13. Como se puede apreciar en las reglas 2 y 7 de Reglas para la dirección del espíritu.
  14. Para Descartes, la res cogitans (alma/ingenio) posee características divinas, a diferencia de las res extensa (cuerpo/materia).
  15. Segunda regla “de moral”, encontrada en la tercera parte del Discurso sobre el método, y que contradice de alguna manera a la primera regla del método encontrada en el segundo capítulo.
  16. Descrito en su obra Novum Organum (1620).
  17. Descartes le responde a Andreas Colvius una carta acerca de la reciente muerte de Beeckman (1637), meses antes de publicar el Discurso sobre el método, en donde de manera irónica describe a Beeckman como “extremadamente filósofo”.
  18. Segunda parte del Discurso sobre el método.

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Bibliografía.

Descartes, R. (1987). Discurso del método, dióptrica, meteoros y geometría. Madrid: Ediciones Alfaguara S.A.

Descartes, R. (2004). Reglas para la dirección del espíritu y otras obras. Madrid: Editorial Gredos.

Moreno, J. (2014). El encuentro entre René Descartes e Isaac Beeckman (1618-1619): El tratado hidrostático. Revista THEORIA no.79 (2014); pp.149-166.

Van Berkel, K. (2013). Isaac Beeckman on Matter and Motion. Mechanical Philosophy in the Making. USA: The Johns Hopkins University Press.

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