A mis sesenta años, la muerte ya no debe recorrer un largo camino para encontrarme. Ayer tenía cincuenta, la semana pasada cuarenta y cinco, hace un mes cuarenta, hace seis meses treinta y cinco, hace dos años treinta, hace cinco años veintiocho, hace diez años tenía quince. Al principio pensaba que era una sensación pero no, es real y no puedo detenerlo. Creo que me quedan unas pocas horas de vida.

19 de marzo del 2010. El reloj marca las nueve, pero el tiempo no significa nada. En unas horas tendré ochenta.

Creo que habrá pasado media hora, el tiempo es difícil de medir. Pudieron haber sido minutos, imposible saberlo. Ya no estoy en mi casa sino en el trabajo. Tengo sesenta y cinco años y es mi último día: me jubilaron. Malísimo: hubiera podido seguir unos años más, mis exámenes médicos salieron bien y tengo un buen estado físico. No tiene sentido enojarse por eso: el problema son los saltos temporales.

¿Cómo será cuando llegue el final? ¿Los segundos serán meses, los nanosegundos días? Tengo que concentrarme en el presente, disfrutar cada minuto, cada segundo. Quizás si me concentro lo suficiente pueda detenerlo. Si me quedo en el presente el tiempo dejará de existir.

Pasaron  minutos, segundos quizás, y ahora estoy en mi habitación. Miro la pantalla: 15 de junio del 2018. Me distraje y se fueron varios años. Pienso en el retiro de meditación que hice a mis cuarenta, es decir la semana pasada. La mente en blanco, decían, el observador desapegado. No lo hago bien porque pienso cosas que no debería pensar, y así es como el tiempo se me escapa de las manos.

Tengo setenta, estoy en el club de ajedrez y charlo con un amigo. Trato de concentrarme en su voz pero la pierdo. Pienso que todo es inútil. Siento ansiedad y me deprimo.

A los setenta y cinco me siento débil. Es por la operación, la hernia estaba complicada. Ahora tengo que tomar medicamentos. Cinco años en unos minutos: cuando me lleno de pensamientos depresivos el tiempo se acelera. Puedo ver el final del camino. Pienso en la partida de ajedrez y veo la imagen de un caballero que juega con la muerte. Al final ella le gana, pero antes él hace algo que le da significado a su vida.

Ochenta. Postrado en una cama del asilo. Cada tanto vienen a visitarme. Este lugar me saca la ganas de vivir. No tengo que pensar así. Me concentro en las sensaciones, busco conectarme con los sonidos del ambiente pero otros pensamientos se atraviesan. Los dejo pasar, los observo sin involucrarme. Percibo cada sensación de mi cuerpo, siento cómo la sangre circula por las venas, cómo vibra la energía. Focalizo mi atención en el reloj de la pared y veo que el segundero reduce su velocidad. La energía es cada vez más intensa, hasta que de pronto la aguja se detiene.

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