Imagina ser un chico joven, lleno de talento y con ganas de triunfar en el mundo de la música. Imagina que compones dos álbumes muy personales, con letras llenas de sinceridad y un mensaje muy crítico contra la sociedad americana de los años 70. Suena prometedor, ¿no? Pues bien, ahora imagina que, a pesar de todo esto, tu discográfica considera que las ventas no son las adecuadas y decide despedirte, poniendo fin a una carrera que no ha hecho más que comenzar.

Sé que suena desalentador, pero tranquilo, ya te adelanto que esta historia que estás a punto de leer tiene un final feliz. Hoy quiero presentarte a Sixto Rodríguez, más conocido como Rodríguez, quizá su nombre no te resulte familiar, y la verdad es que no me extraña y seguramente a él tampoco. Hasta hace como quien dice cuatro días era un completo desconocido para casi todo el planeta, y digo casi todo porque en la Sudáfrica del apartheid era visto como un auténtico líder.

Recordemos que el Apartheid sudafricano tuvo lugar entre los años 1948 hasta 1992, siendo un sistema de segregación racial que ponía por delante a la raza blanca en cuestión de derechos legales e incluso de espacios. Los matrimonios mixtos no estaban permitidos, así como las relaciones sexuales. El voto, como era de esperar, también recaía en la ciudadanía blanca. Es innegable que quienes más sufrieron con esta segregación fueron los negros, pero como todo autoritarismo, también tuvo sus consecuencias para el total de la población. Las libertades se vieron coartadas, haciendo del país un reducto aislado del resto del mundo. Ejemplo de esto es la llegada de la televisión al país, que se vio retrasada hasta el año 1976, por considerarla un invento peligroso. Podemos suponer que peligroso en el sentido de que una población informada es una población con poder.

¿Y qué tiene que ver Rodríguez, un músico americano de origen mexicano, en todo esto? Pues podríamos pensar que, teniendo en cuenta que el cantante jamás había visitado Sudáfrica, poco tendría que ver, pero no es el caso. Rodríguez fue, sin saberlo, todo un icono del Apartheid sudafricano. Sus letras fueron adoptadas como himnos principalmente por los Afrikaaner, descendientes de centro-europeos (holandeses, alemanes y franceses) asentados en el país y conformando incluso su propia lengua. Sus letras, que hablan sobre drogas, sexo, problemas económicos… hicieron que estos jóvenes, recordemos que se encontraban en un país separado del resto del mundo, se sintiesen identificados con ellas.

La voz del movimiento carecía de rostro, pues en Sudáfrica nadie había conocido o visto a Rodríguez. De hecho, la mayoría de sus seguidores pensaban que estaba muerto, habiéndose quemado vivo durante uno de sus conciertos. ¿Cómo era posible que nadie conociese a este hombre si sus discos se vendían por doquier? Pues por una cuestión muy simple, Sixto Rodríguez había dejado de ser músico tras su fracaso en Estados Unidos, para pasar a ser un obrero en la construcción.

La historia para nuestro protagonista cambia cuando un periodista musical decide investigar cómo desapareció, publicando un artículo que superó el aislamiento sudafricano y que llegó a las manos de una de las hijas del mismísimo Rodríguez.

Desde luego esta historia merece un final, pero creo que no soy la persona más adecuada para dároslo. Searching for Sugarman es un documental estrenado en 2013 que narra de principio a fin la increíble historia de este héroe anónimo, símbolo de un movimiento, que vivió toda su vida con una humildad asombrosa. Sus letras, profundas, críticas y certeras, acompañadas de melodías que rozan el rock psicodélico, bien podrían ser apropiadas como himnos por casi cualquier generación. Mientras tanto Rodríguez seguirá siendo Sixto, el obrero, quien sabe si pensando en aquel pudo haber sido y no fue, o con la satisfacción de haber sido lo mejor que pudo ser.

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