El pesimismo como preforma del nihilismo.

Nietzsche.

F. Nietzsche. (Fuente)

Friedrich Nietzsche nació en Röcken en 1844 y murió en Weimar en 1900. Estudió filología clásica en la Universidad de Bonn, posteriormente en la Universidad de Leipzig. Su filosofía afirmó que Dios ha muerto y que la vida es un Eterno retorno de lo mismo. Influenció a grandes personalidades del siglo XX, entre las que destaca Hitler y el mago inglés Aleister Crowley. Este último interpretó la voluntad de poder como voluntad de vida, cuya esencia se puede verificar en su frase más enigmática e influyente: «Haz lo que quieras, esa es toda la ley»¹. Este ensayo pretende mostrar la relevancia del mundo en la filosofía de Nietzsche, cuya influencia se verifica en la filosofía del siglo XX y cuya vitamina podría ayudar a nutrir al despistado para que recupere el valioso amor a la vida.

¿Cuál era la percepción de Nietzsche sobre el mundo? Sin duda, este mundo es voluntad de poder, es afirmación pura. Para Nietzsche resulta innegable la existencia de esta orbe. Efectivamente, en el mundo no se evita el dolor y la angustia; el amor y la fantasía; el anhelo y la esperanza; el brío y la alegría, en fin. Podría aseverar con bastante seguridad que el mundo, tal como lo conocemos, es el fundamento de la filosofía nietzscheana.

Las sensaciones se sujetan a un sentido. El odio a la vida niega cualquier sensación. Por esta razón, el amargado y el resentido niegan el poder del júbilo y anuncian la decadencia del poder de la alegría sobre cualquier ciudad solitaria.

El lector puede refutarme: «Cómo creer lo que dices si jamás conociste a Nietzsche, es más, ni Overbeck² conoció los deseos más profundos del loco de Turín». Mi contestación es la siguiente: ¡Bien, lo demostraré!

Retrato aquí el aforismo 1060 aparecido en la obra titulada La voluntad de poderío que el mismo Nietzsche escribió acerca de su concepción del mundo y del nihilismo. Al lector le resta interpretar dichas palabras en el sentido que más le convenga.

«¿Y sabéis, en definitiva, qué es para mí el mundo?… ¿Tendré aún que mostrároslo en mi espejo?… Este mundo es prodigio de fuerza, sin principio, sin fin; una dimensión, fija y fuerte como el bronce, que no se hace más grande ni más pequeña, que no se consume, sino que se transforma como un todo invariablemente grande; es una cosa sin gastos ni pérdidas, pero también sin incremento, encerrada dentro de la nada como en su límite; no es cosa que se concluya ni que se gaste, no es infinitamente extenso, sino que se encuentra inserto como fuerza, como juego de fuerzas y ondas de fuerza: que es, al mismo tiempo, uno y múltiple; que se acumula aquí y al mismo tiempo disminuye allí; un mar de fuerzas corrientes que se agitan en sí mismas, que se transforman eternamente, que discurren eternamente; un mundo que cuenta con innumerables años de retomo, un flujo perpetuo de sus formas, que se desarrollan desde la más simple a la más complicada; un mundo que desde lo más tranquilo, frío, rígido, pasa a lo que es más ardiente, salvaje, contradictorio, y que pasada la abundancia, toma a la sencillez, del juego de las contradicciones regresa al gusto de la armonía y se afirma a sí mismo aun en esta igualdad de sus caminos y de sus épocas, y se bendice a sí mismo como algo que debe tornar eternamente como un devenir que no conoce ni la saciedad, ni el disgusto, ni el cansancio. Este mundo mío dionisíaco que se crea siempre a sí mismo, que se destruye eternamente a sí mismo; este enigmático mundo de la doble voluptuosidad; este mi «más allá del bien y del mal», sin fin, a menos que no se descubra un fin en la felicidad del círculo; sin voluntad, a menos que un anillo no pruebe su buena voluntad, ¿queréis un nombre para ese mundo? ¿Queréis una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis, en suma, una luz para vosotros, ¡oh desconocidos!, ¡oh fuertes!, ¡oh impávidos!, «hombres de medianoche?». ¡Este nombre es el de «voluntad de poder», y nada más!…».

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¹Según la anécdota esta frase fue dictada por un dios llamado Aiwass y tiene una connotación sapiente y profunda.
²Su extensa correspondencia con el filósofo alemán verifica el lazo duradero de su amistad.

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