“[…] Quiera Dios que, cuando mis manos se tornen temblorosas y se me encorve la espalda, cuente con una mujer que me mire a los ojos de ese modo”.

Conan Doyle.

Si deseamos advertir a nuestros coétanos sobre la intolerancia a la ignorancia resulta necesario aplaudir todo conocimiento con forma humana, no solamente al ideal que se construye con fuerza constante, sino a los verdaderos místicos y sabios, conocedores, es decir, a los maestros, los guías, los iluminados. De aquí resulta preciso enfatizar el pensamiento de los educadores para comprender el fundamento y el sentido de los protofilósofos griegos; de genios y hombres destacados; de creadores y grandes artistas; de los que abandonan su vida en pro de la génesis de algo tremendo y de los que construyen un mundo imaginario en uno real. No cabe duda que el que dedica su vida a ejercitarse en alguna actividad no evita hablar de su maestro.

¿Quién puede eludir, entonces, la influencia del maestro sobre sus ejercicios artísticos, filosóficos, literarios, gastronómicos, etc? El concepto “maestro” está en relación directa con la imagen de un personaje que, dotado de conocimiento y realidad, lega un punto de vista sobre el mundo; bastante fiable para el pupilo, falso para el necio. El verdadero maestro desprende realidad y se convierte en el pilar fundamental de la sencillez, la elocuencia, la gracia; impulsa, además, a recorrer solitariamente un largo camino que conduce, algunas veces, a la nada.

El maestro suele ser un personaje común y corriente, sin embargo, a los ojos del alumno suele ser distinto, diferente. De modo que sin su presencia el mundo parece insulso. Y no porque relacione la figura del maestro con el sentido de la vida, sino porque a través de él se comprende el mundo. No obstante, vencer el mundo es el objetivo del verdadero maestro.

Por esta razón, a la pregunta ¿quién ha sido la mayor influencia en tu vida?, tiene una respuesta rápida y sin titubeos: Conan Doyle. Este me enseñó que ninguna creencia es absolutamente ridícula. Basta echarle un ojo al cuento que titula “Dos enamorados”¹, en el que el sentido de la perfección se reduce a pura banalidad, y donde se reafirma su maestría en la narrativa.

Conan Doyle es un hombre que aviva, que con su escritura impulsa a vivir más allá de la realidad, más allá de lo ordinario, convierte lo fútil en alegría, y eleva los sueños a la categoría de lo sublime cuyos cimientos se encuentran en la fantasía infantil y en la niñez olvidada, extraviada o perdida por un no sé qué que nadie logra reconocer; él, sin embargo, no pretende pupilos, seguidores, discípulos que aplaudan o que le reconozcan como un iluminado, casi como un caído del cielo, como un santo, incluso, todo aspecto negativo se ve desmentido por el aire intelectual que rodea a su persona. Es un inspirador, sin duda. Ninguna palabra malvada vale contra su obra: escrita con un rigor que raya en la perfección. No obstante, hay en él una maestría innata que aumenta el valor de su vida, de su persona, y que cubre todo proceso creativo suyo en un misterio. Poco se sabe sobre su vida, sobre su doctrina, sobre su maestro.

En su obra se descifra la belleza de la naturaleza, la influencia de la observación, la majestad de la reflexión, alguna que otra vez, está recorrida por un brío y por una alegría a la vida que salva el sentido de la existencia con el desarrollo de la inteligencia, que ayuda a recuperar al que pierde por alguna razón sus razones para vivir e invita a oponerse a la ignorancia que nace de lo abstruso y de la falta de sentido, de la tristeza y del dolor, del resentimiento y el rencor, etc. Estimado, lector, puedes poner en duda estas palabras, pero la mejor manera de hacerlo es leyendo a Conan Doyle.

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¹Conan Doyle además de escribir bastantes relatos policiacos, médicos e históricos, también escribió historias sobre piratas y sobre box. Este relato que he citado aquí aparece en su libro titulado La lámpara roja. Realidades y fantasías de la vida de un médico.

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